¿Por qué andas descalza por casa?

Esta pregunta me la hace el que te dije unas veintitantas veces cada otoño-invierno. Y eso que llevo viviendo en esta casa más de 10 años. Multiplica.

“Porque me gusta andar descalza”. Era mi respuesta al principio. Luego, como volvía a preguntar lo mismo días más tarde, cambiaba la respuesta por un “para que puedas preguntármelo otra vez”. Como no le era una respuesta convincente, pasados unos días, a la misma pregunta le respondía un “para que sigas preguntando lo mismo, a ver si te cansas…”

Está visto que tenemos memoria selectiva. No reciente ni lejana. Selectiva. Nos olvidamos de cosas que deberíamos recordar, y nos acordamos de otras que deberíamos olvidar.

Pero olvidar no es tan fácil. No es un acto voluntario. Tú no dices: “Anda, me voy a olvidar de esta imbécil que me ha fastidiado los tres meses de trabajo”. O “me voy a olvidar de la putada que me ha hecho mi ex”. O “pues ahora me enfado y te olvido”. No. Te olvidas de pequeñeces sin importancia, o sí. Por estrés, por distracción, o por demasiadas cosas en la cabeza. Pero el daño que alguien te ha hecho se graba a fuego lento y cuanto más quieres olvidarlo, más lo recuerdas.

Después de darle vueltas, creo que la única manera de olvidar ese dolor, es perdonar. Perdonarme y perdonarte, a ti, a quien quiero olvidar. Y una vez logrado, debo dejarme fluir, sin aferrarme, para conseguir olvidarte.

Cuanto más quiero olvidarte, más te pienso. Y cuanto más te pienso, menos te olvido y más te recuerdo. Son palabras de Natalin, una bloguera que he descubierto por estos lares y que podéis seguir en su blog https://reflexionesdevida8.wordpress.com/

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Los giros de la vida

 

  • Abuela, ¿en qué momento te das cuenta de que la vida no es una línea recta?

Clara supo que debía dejar el libro a un lado y volcar toda su atención en la pequeña Jana. Aunque estuviera a punto de cumplir los dieciséis, para ella seguiría siendo su pequeña.

Jana era una jovencita risueña y alegre, algo insegura y sensible. A veces era capaz de mostrar su lado oscuro enseñando los dientes, o su parte más dramática asemejándose a una cantante de opereta barata. Pero tenía la cabeza bastante bien amueblada para su edad, y Clara siempre supo que se convertiría en una preciosa mariposa tras sufrir ese período llamado adolescencia. Jana le recordaba a ella misma cuando era niña. Siempre curiosa, siempre preguntando, con sed de saber más y más de todo: de la vida, de la muerte, del amor y el desamor, de la frustración y del dolor. La diferencia entre la una y la otra, básicamente, era que Clara no pudo hacer esas preguntas en voz alta, ya que los mayores la miraban extrañados y le decían que “una niña no tiene que preguntar esto”. Por ese motivo, cuando Jana empezó a despuntar con esas preguntas impropias para su edad desde bien pequeña, Clara sintió que la conexión que tenía con ella crecería con el tiempo. Y se prometió a sí misma intentar responder la mayoría de ellas, y si no, ayudarle a buscar la respuesta. A veces, las preguntas que nos hacemos en un momento dado de nuestras vidas se quedan sin contestar. De momento. Pero la vida misma te las va respondiendo durante el camino. Sólo hace falta estar atenta. Muy atenta.

  • ¿Por qué crees que no es una línea recta, Jana? Los minutos dan paso a las horas, las horas a los días, los días a los meses y éstos, a los años. Todo parece fluir en línea recta, ¿no te parece? –A Clara le gustaba dar vueltas a las preguntas para que Jana se planteara más cuestiones. Ese tipo de conversaciones la devolvían a sus años de juventud y se quitaba décadas de encima, aligerándole el peso del tiempo a sus espaldas.
  • Sí, eso es lo que parece, que todo fluye en línea recta. Pero estaba pensando en ese chico del que te hablé, de ese tal Edu que me gusta. Si yo no llego a ir de vacaciones al pueblo este verano, no me hubiera fijado en él, ni él en mí. Por tanto, mi vida en septiembre seguiría por otro lado. ¿Me entiendes, abuela? Y así, con muchas cosas que me pasan. Es como si tuviéramos que decidir continuamente hacia dónde ir, qué dirección tomar. Si nos dejamos llevar por la vida, iríamos en línea recta mucho tiempo. Recta y aburrida. Pero en el momento que tomamos cualquier decisión, el curso de la vida cambia, hacia un lado o hacia otro, pero cambia. ¿No crees, abuela? ¿No te ha pasado nunca a ti?

Clara sonrió con los ojos y los labios. Su mente se marchó al desván de la memoria, a buscar cajones escondidos tras cajas llenas de experiencias y recuerdos. Encontró una de ellas, llena de polvo por el tiempo que llevaba cerrada y la sacudió por encima, acariciando la tapa con la palma de las manos. Seguía sonriendo mientras la destapaba despacio y dejaba que anécdotas y pensamientos, recuerdos y sensaciones la abrazaran de nuevo. Y empezó a explicar una de esas historias que atrapaban a Jana, que conseguían que no se moviera de su lado, que la escuchara con todos los sentidos, mientras esos ojos adolescentes brillaban de emoción al imaginarse a su abuela de joven.

  • No recuerdo en qué momento apareció en mi vida. Ni cómo pasó. Ni por qué. Si hubiera sabido en ese momento que se convertiría en alguien tan especial para mí, hubiera hecho todo lo posible por memorizar o anotar esos datos. Pero la vida nunca te avisa de esas cosas. Así que debes estar siempre alerta.
    Nos conocimos de casualidad, un día de verano. Yo iba con mis amigas y nos topamos con un grupo de chicos. Todos ellos hacían el servicio militar en la ciudad; porque aquí teníamos un cuartel y todo, no te creas. En esa época era normal ver desfilar a jovencitos imberbes vestidos de soldado yendo o viniendo de maniobras. Yo solía verlos pasar desde el balcón cuando era como tú. Y los fines de semana, a los que no vivían cerca y les daban permiso para irse un par de días a ver a su familia, se quedaban en la ciudad y salían a pasear y a tomar algo antes de tener que volver al cuartel.
    A mí me gustaba un chico de Vigo y enseguida me di cuenta que yo también a él. A esa edad (debería rondar los 19 años) todavía crees que puedes conseguir todo lo que te propongas y que no hay obstáculos insalvables para el amor, y que todos comen perdices porque son felices. Como salíamos en grupo, aparte de este chico, Vicente se llamaba si no me falla la memoria, me hice muy amiga de un tal Carlos, un chico de mi misma edad y un poco… ¿cómo te diría? Iba de tipo duro y yo lo creía y admiraba, aunque el tiempo me enseñó que sólo eran corazas tras las que se escondía.
  • ¿Os enrollasteis, abuela? –preguntaba Jana, retorciéndose las manos de curiosidad.
  • Vigo estaba muy lejos de esta ciudad, y un mes más tarde yo me marcharía de aquí, y me iría a estudiar fuera. En esa época y a esa edad, todo iba más despacio que ahora. Se licenció del servicio militar y se marchó a la otra punta. Yo me fui a estudiar fuera y me escribía cartas a diario. A diario, ¿te imaginas? Todavía las guardo. Igual que guardo las de Carlos, su compañero de mili del que me hice súper amiga. Tan amiga que se lo contaba todo, cuándo había recibido carta de Vicente, cuándo me había llamado, cuántos planes teníamos… Y no era capaz de leer entre líneas las cartas de Carlos en las que se dibujaban guiños y miradas que no eran de amistad, sino de amor. Carlos se licenció y volvió a casa. Casualmente a la misma ciudad donde yo me marché a estudiar. Seguimos en contacto. Y no recuerdo ni cómo ni por qué, como te comentaba antes, pero despacio o de repente, me di cuenta que esa “pasión” que sentía por el de Vigo se había desvanecido. Y todos mis pensamientos y mis ilusiones, mis confidencias, mis deseos y mis sueños llevaban el nombre de Carlos.
    Empezamos a salir. Yo ya tenía 20 años y para mí era lo más importante que me había pasado en toda mi vida. Lo más importante y lo mejor. Los chicos que me habían gustado hasta entonces no le llegaban a la suela del zapato. Le quería de una manera que me era desconocida. Le admiraba. Era muy inteligente, divertido, apasionado.
    Salimos no recuerdo cuánto tiempo. Un año, dos… Sencillamente yo pensaba que duraría para siempre…
  • ¿Te dejó él o le dejaste tú, abuela?
  • Me dejó él. Y, sinceramente, no recuerdo el por qué. Pero siento que fue como un jarro de agua fría, sin ninguna explicación que me convenciera, sin ninguna excusa barata a la que agarrarme. Y recuerdo, como si fuese hoy, el dolor que sentí en el pecho, esa falta de oxígeno que me duró meses. No entendía qué había pasado, por qué me había dejado, y pensaba, ilusa de mí, que en cualquier momento volvería, arrepentido, diciendo que me echaba de menos. Nunca volvió. Y yo perdí un novio y un amigo a la vez. Y tuve que pasar mi proceso de duelo.
    Ahí empecé a plantearme que la vida no era una línea recta, sino que, a cada decisión que tomamos, el volante gira a la derecha o a la izquierda. Y, sin darte apenas cuenta, el curso de tu vida se va modificando.
  • ¿Volviste a saber algo de él, abuela?
  • Durante mucho tiempo, paseando por la ciudad, de golpe me parecía verlo a lo lejos y el corazón se desbocaba. En serio, no exagero. Tenía que apoyarme en alguna pared para reponerme. Me preocupaba que me costase tanto superarlo. Si hubiera tenido algo a lo que agarrarme… pero me sentía pequeña, insignificante, insegura; no había sido lo suficientemente buena para él. La culpa seguro que era mía aunque no supiera qué había hecho mal. Y a él, lo seguía admirando, idealizando, amando.
    Pasaron los años, conocí a más gente, salí con otros chicos, pero Carlos siempre ocupó un lugar especial en mi corazón. Guardé todas sus cartas, las que nos escribíamos mientras hacía la mili, y las he releído muchas veces. Y vuelvo a sentir esas cosquillas en el estómago.
  • Pero ¿lo volviste a ver alguna vez, abuela? –preguntaba Jana con los ojos muy abiertos, llenos de impaciencia.
  • Una vez, muchos, muchos años después, sonó el teléfono. Descolgué y pregunté: “¿Sí?”. Él sólo pronunció mi nombre y reconocí su voz enseguida. Sentí de nuevo ese cosquilleo en el estómago. Estuvimos hablando un buen rato, poniéndonos al día de nuestras vidas, de los caminos tan distintos que habían trazado la una de la otra. Un matrimonio, dos hijas, vivir en otra provincia… Fui consciente de que le había perdonado todo el daño que me había hecho, queriendo o sin querer, o porque a los 20-22 años no lo sabes hacer mejor. Y darme cuenta de ello me quitó un peso de encima. Me aligeró la carga. Sentía como si cerrase un círculo que había estado abierto demasiado tiempo.
  • Así que no os visteis… supongo.
  • En esa ocasión, no. Tuvieron que pasar muchos años más, que mi camino y el suyo siguieran dando giros a un lado y a otro, hasta que volvió a aparecer en mi vida. De repente. De casualidad. O no. Y retomamos el contacto. Con calma, con la serenidad que otorgan los años, con el cariño que guardas de las vivencias, con la sabiduría que te regala la vida. Y pudimos, por fin, darnos ese abrazo pendiente tras tantos años. Y presentarme a su nueva compañera de vida, y hablarme de su divorcio, de sus padres, que aún viven, de su trabajo, de su trayectoria vital.
  • Qué emocionante, abuela. ¿Y qué sentiste al verle?
  • Ternura, muchísima ternura. Me encantó poder presenciar que mi yo de 20 y su yo de 20 se habían reencontrado más de treinta años después, y eran capaces de charlar, compartir un café y unas anécdotas, sin rencores, sin dolor, sin tristeza, sin ira. La vida, es lo que tiene. Aunque el camino no sea una línea recta, muchas veces te permite estos pequeños o grandes regalos que son los reencuentros con personas que han sido muy importantes. Y aparecen de nuevo. Algunos, para no volver a marcharse. O sí.
  • Gracias, abuela. A veces me siento un bicho raro haciendo estas preguntas. Como si nadie me entendiera. Pero sabía que tú lo harías.

 

Personas tóxicas

Como ser humano, soy sociable por naturaleza. Esta necesidad de intercambio me aporta muchos beneficios, me enriquece, me hace sentir bien. Pero también me ha hecho aprender a lidiar contra las personas tóxicas.

Están por todas partes y, lo más triste, es que ellas no son conscientes de su toxicidad. Se convierten en vampiros de energía si dejas que se acerquen mucho.

Conocer, descubrir o tener cerca a una de ellas es una buena ocasión para replantearnos cosas y aprender a alejarnos.

Son personas egocéntricas, con una alta visión pesimista de todo. Todo lo ven negativo. Y, cuando me topo con una de ellas puedo esforzarme en enseñarle la parte positiva que soy capaz de ver en cualquier situación, o sencillamente, apartarme de ellas.

Son víctimas por naturaleza. Todo lo peor les pasa a ellas, necesitan ser el centro de atención y siempre se lamentan. Es agotador estar al lado de alguien así.

Son infelices y envidiosas. No se alegran nunca por los triunfos de los demás. Son mentirosas y manipuladoras, neuróticas o autoritarias. Siempre se esconde tras ellas una gran inseguridad. Utilizan a los demás como si fueran marionetas.

No es necesario que se den todos estos parámetros en la misma persona para considerarla tóxica. La buena noticia es que con un buen trabajo personal, se pueden cambiar, deshacer, corregir estas actitudes para llevar una vida emocional mucho más sana.

La vida me ha enseñado y yo he aprendido a decir NO, a decir BASTA. No soy muy hábil reconociendo a las personas tóxicas a la primera, aunque debería hacer más caso a mi intuición en lugar de esperar a dar demasiadas oportunidades a este tipo de personas. Ese Pepito Grillo que todos llevamos sentado en el hombro y que nos susurra cosas al oído y al que solemos ignorar. Pues este tal Pepito me avisó el primer día que la persona que acababa de conocer no le gustaba. Yo le dije al tal Pepito que todos merecemos segundas oportunidades, que no debemos juzgar a las personas tan a la ligera, que debemos conocerlos un poco más, ponernos en sus zapatos para comprender por qué actúan de ese modo, que tal vez tienen un mal día.

Mi Pepito Grillo tiene mucha paciencia conmigo, me conoce y sabe que soy terca, o tenaz, según se mire. Así que se queda sentado en mi hombro esperando que esa persona tóxica se saque la piel de cordero y me enseñe sus dientes de lobo. Y yo, o tú, que me estás leyendo, sigues justificando el comportamiento de ese vampiro de energía que te chupa la sangre hasta dejarte hecho polvo. Entonces llega el momento de actuar, de decir “basta”, de alejarme-alejarte de esa persona que no te aporta nada bueno, que te deja sin energía, aplastada, cansada psicológica y físicamente.

Las personas tóxicas pueden estar muy cerca de ti. Pueden ser familiares cercanos, (padres, hermanos), pueden ser parejas o compañeros de trabajo, jefes o conocidos. Yo he tenido relaciones tóxicas (que no tienen por qué ser exclusivamente de pareja) y hasta que no he reunido la fuerza suficiente para cerrar el círculo y decir “basta” me ha pasado por encima el tiempo como una apisonadora, me he dejado la piel, las lágrimas y la autoestima.

Creo que el secreto está en conocernos un poco más, en querernos un poco más, en no permitir que nadie nos merme la autoestima, que nadie nos eleve la voz, que nadie nos tire encima su mierda porque no sabe gestionarla. Somos responsables de nuestras vidas. Eso de que “yo soy así y no puedo cambiar” no me sirve. Si quieres, puedes. Así que aprende a decir NO, aprende a decir BASTA, aprende a reconocer a las personas tóxicas y a no permitir que su toxicidad te duela.

Perdiéndome entre líneas

Sigo sintiendo ese sabor agridulce cada vez que doy por finalizado un libro. En las últimas páginas ralentizo la lectura para saborearla, consciente de que esa historia que me ha atrapado, me dejará marchar.

Recuerdo que, con unos 10 años, empecé a devorar los libros del Círculo de Lectores que había por casa. Tiempo del Este, tiempo del Oeste; La Noria; Matar a un ruiseñor… No eran libros para mi edad, pero fui aprendiendo a viajar sin moverme del sofá.

En todas las casas donde he vivido, me han acompañado cajas de libros que se trasladaban conmigo. El ritual empezaba al entrar en una librería, acariciar las portadas, esperando que alguna de ellas me atrapara para quedarse conmigo, llegar a casa y oler sus páginas con los ojos cerrados y leer la contraportada antes de empezar a ventilarlo. Buscaba esos momentos míos, absolutamente míos en los que, no sólo leía líneas y párrafos, si no que olía los aromas, veía los colores, oía los ruidos, me perdía por esas calles y me convertía en protagonista de esa historia.

He tenido épocas en que engullía casi literalmente los libros y épocas en los que era incapaz de empezar uno. Y si conseguía entrar en alguna nueva historia, por dejadez, aburrimiento y falta de compromiso, abandonaba sin piedad la lectura.

Ahora estoy de nuevo en esa época hambrienta de lectura. Mi vida y mi tiempo me permiten poder pasarme horas leyendo sin pensar en nada más. Y eso es un verdadero lujo.

Disfruto de frases construidas con una arquitectura recia, párrafos que me arrancan carcajadas y que releo varias veces para paladear cada una de las letras que se entrelazan con una maestría artesanal. A cada página que paso, espero el momento de encontrar pistas o desvelar secretos, pero hay algo que me mantiene en vela y me empuja a continuar saboreando línea tras línea.

Adoro el momento en el que soy consciente que se me ha erizado el vello al leer una descripción, o tener que dejar de leer porque las lágrimas me emborronan la visión por algo que me ha conmovido. Cuando alguien es capaz de escribir así, de transmitir emociones, de levantar pasiones, de sacudirte de dentro a fuera como si fueras de trapo, de construir frases de colores bellísimos , de enlazar palabras hasta convertirlas en música, no puedo continuar como si nada. Leo y releo esa página o ese párrafo saboreándolo como si se tratara de un helado de chocolate.

Hoy he terminado la cuarta y última entrega de la saga de El Cementerio de los Libros Olvidados: El Laberinto de los Espíritus. Los otros tres ya me los había leído hace años, pero para cerrar el círculo decidí empezar de nuevo por el principio y releerme los cuatro seguidos. Ha sido un verdadero placer perderme entre esas páginas de secretos y misterios, que dibujaban una ciudad que reconozco por ser parte de mí; una Barcelona en la que, aunque ambientada en otras épocas, podía pasear por sus calles que fueron mis calles durante los más de 20 años que viví allí.

Momentos que no tienen precio

Llego a casa a tope de energía, las pilas recargadas. Los besos y abrazos de estos dos últimos días me han llenado por una temporada. Miradas de ternura, mesas largas, ruidosas, palabras a trompicones, conversaciones banales, confesiones, risas, muchas risas.

Una vez al año nos reunimos la familia. Y la reunión es en el pueblo de donde eran mis abuelos maternos, donde nacieron y crecieron mi madre y sus hermanos, donde correteábamos de pequeños por los mismos rincones que lo hubieran hecho mi madre y su hermana si no les hubieran obligado a llevar el almuerzo y la comida al campo mientras sus hermanos y demás mozos de casa trabajaban. La infancia de la post-guerra no se parece en nada a la de ahora. Se hacían mayores de repente, sin tiempo para jugar casi.

A lo que iba. Me gusta pasear con mis primos y tíos por el pueblo, volver a la “Font Vella” (fuente vieja) donde niñas y mujeres lavaban la ropa a mano, frotándola en la piedra, aclarándola con esa agua helada que te abría las manos.

Mi tía siempre me habla de mi madre, su hermana, que perdí hace casi 19 años, y la imagino por esos lares. Mi tía, a la que adoro, se autonombró suegra del que te dije en cuanto lo conoció. Mi tía, que es como una segunda madre, nos observaba este fin de semana continuamente. Sus ojos vidriosos, sus manos arrugadas y cálidas, su sonrisa y su mirada, llenas de ternura. Cuando iba a abrazarla, porque sí, porque me apetecía, porque quería sentirla muy cerca, ella se abandonaba al abrazo y me decía siempre lo mismo: “estos momentos juntos, no tienen precio”.

He podido, un año más, abrazar a todos mis tíos. Pero no abrazos de cortesía, si no abrazos entregados desde el corazón, de esos que das con los ojos cerrados, de esos que te llenan. Y a todos les he recordado lo mucho que les quiero. Estos abueletes son de una generación en la que estaba casi prohibido mostrar sentimientos y hablar de emociones. Sé que les cuesta dejarse llevar, pero a la que los abrazas, se entregan, se funden, se emocionan. Y en cuanto oyen la palabra “te quiero” te responden con esa voz temblorosa y llena de emoción: “yo también te quiero”. Y como dice mi tía, esos momentos no tienen precio.

En cada comida nos cambiamos de sitio. Hablas con unos, comentas con otros, te levantas y charlas con el de más allá. A mí me pierde mirar a los mayores, hermanos y cuñados de mi madre. Cada uno con su vida, con sus achaques, con sus historias, con la familia que han formado. Y un fin de semana de junio, todos juntos, podemos ser entre 30 y 50 si consiguiéramos venir todos. Y pienso una vez más en mamá, que no está presente, pero está en cada uno de nosotros, sus hijos, y en sus hermanos. Y pienso en tío Martín, que tampoco está, pero sus dos hijos y esposa siguen aquí, empujando el barco hacia adelante. Y tía Juanita, que también se marchó, pero su legado continúa a través de los suyos.

Y todo ello me lleva a mis abuelos, Ramón y Luisa. Y me gusta pensar que, desde algún rincón, junto a Pilarín, Martín y Juanita, disfrutan de nuestros encuentros, de nuestras risas, de nuestros abrazos.

¡Felicidades!

Es el cumpleaños del que te dije. Y aunque llevamos tres días celebrándolo, hoy, siendo lunes, nos haremos un homenaje con un menú obrero.

Los cumpleaños se han de celebrar. Todos. Porque no somos conscientes de lo afortunados que somos al cumplir un año más.

Hablando de fortuna, ahora que el que te dije no me oye, tengo la gran suerte de haberle encontrado.

Nos conocimos allí por el 87, en el siglo pasado, pero ni sus musas ni mis hadas movieron un dedo por hacernos bailar mariposas en el estómago. He ido a contracorriente en muchas ocasiones y no siempre da buen resultado. Así que ese encuentro del que guardo recuerdos atados con lazo en uno de los cajones de la memoria, pasó a ser eso: recuerdos.

Pero la fortuna quiso volvernos a unir en la famosa cena del 50 aniversario del colegio en el 2004,  donde yo iba como ex alumna y él, como padre de alumnas. Y aunque esa cena marcó un reencuentro, tuvieron que pasar unos cuantos meses para que el que te dije se decidiera.

Yo lo tuve claro meridiano desde muy al principio, por primera vez en mi vida. Él andaba a un ritmo diferente al mío. Así que me senté y esperé.

Y, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que no me equivoqué. Formamos un gran equipo. En el 87 teníamos demasiadas cosas que aprender por separado. Una vez aprendidas, ya podíamos iniciar el camino juntos.

No es que sea el tipo perfecto. Ni hablar. Pero he aprendido a querer sus imperfecciones, como él quiere las mías. Tiene sus cosas buenas y las menos buenas. A veces me entran ganas de darle con la sartén en el cogote y otras, le miro cuando no me ve y sonrío diciéndole, sin que me oiga: “te quiero”.

El que te dije es una gran persona. Tiene una paciencia infinita cuando salimos por ahí y llevo la cámara al cuello. Disfrutamos de las pequeñas cosas que no cuestan dinero. Cuando uno se ha ido abajo, el otro se da impulso hacia arriba para estirarlo.

Le gusta verme reír y le gusta hacerme reír. Respeta mi espacio y mi independencia. Se ha hecho amigo de mis amigos y, eso, para mí, es muy importante.

Me ha enseñado a mirar el cielo en noches estrelladas y a encontrar constelaciones. Me ha hablado de los sonidos, los olores y colores de sus montañas y he aprendido a sentirlos, a disfrutarlos.

Es familiar y casero. Pero si vamos de fiesta, bailamos hasta que se hace de día. Le gusta escuchar música y cantamos juntos en el coche.

A veces tiene un punto de negatividad que lo compenso por mi lado. Está aprendiendo que del blanco al negro hay varios tonos de gris.

Admiro su fuerza de voluntad y su tenacidad, dos cualidades que desconozco.

El que te dije y yo ya no somos lo que éramos, con lo que hemos sido… pero seguimos andando al mismo ritmo, uno al lado del otro. Ni un paso más adelante, ni uno más atrás.

Cuando le “reconocí” en el 2004, supe que quería hacerme viejita a su lado. Hoy sigo pensando lo mismo.

Feliz cumpleaños, guapo.

El baúl de los recuerdos (II)

Abrir una de las cajas de recuerdos no ha sido tan fácil como yo pensaba. Bueno, el hecho de abrirla literalmente ha sido ridículamente fácil. Hasta un bebé de siete meses la abriría. Me refiero en un sentido más sensitivo, más emocional.

La he abierto de repente, como muchas cosas que hago en mi vida, así, a bote pronto, sin meditarlas mucho, sin pensar en las consecuencias, sin buscar los pros y los contras.

Desde siempre, o desde que recuerdo, o como mínimo desde los 10 años que empecé a escribir mis primeras cartas a ese niño que conocí en los campamentos de Denia, Alicante, que era de Castellón de la Plana y tenía 14 años, y del que aún recuerdo su nombre y apellidos de carrerilla, y el que internet me ha devuelto en imagen 40 años después gracias a Google, que sigue teniendo esos ojos azules que me robaron el corazón de niña y… bueno, a lo que iba: desde que empecé a escribir mis primeras cartas, comencé a guardar las que recibía. No fue un acto meditado, más bien un indicio de síndrome de Diógenes que cada tanto pongo a raya haciendo limpieza y con  la misma pasión que guardo, me deshago de lo guardado. Ya me estoy desviando de nuevo… Como te decía, que me dio por guardar las cartas y postales recibidas. Reconozco que algunas de ellas las habré tirado por rabia, por indiferencia…o qué sé yo. Pero muchas se quedaron guardadas en la caja de recuerdos.

Cuando fui creciendo, decidí que esa caja sería algún día para mis hijos. Así que me hice con otra caja en la que empecé a guardar objetos. No he tenido hijos, por lo que lo dejaré a beneficencia o a alguien que se encargue de tirarlo al primer contenedor.

En esta caja he encontrado sin orden ni concierto:

  • Un antifaz, de un disfraz de Mata Hari de pacotilla que me hizo la madre de mi amiga Anna por el año 1985 y del que aún conservo alguna foto.
  • Mi primer abanico, que me cargué una de las guardas y antes de que me sacara un ojo decidí relegarlo al cajón desastre, que no de sastre, porque el mío era un desastre de cajón. Lo que ahí se acumulaba y llegaba a la categoría de reliquia, pasaba a la caja de los recuerdos.
  • El satén que envolvía el único ramo de novia que cacé al vuelo en mi vida, y que en el intento casi tiro a la suegra de la novia por los suelos. La señora se empeñó en saltar como una jovencita, y era una viuda con unos cuantos años a la espalda. Yo tenía casi 28 y pensé que ya era hora de pillar algún ramo. Me tiré en plancha empujando a la abuela-suegra. Conste en acta que ni lo hice a propósito ni sabía quién era la señora en cuestión, hasta que vi la cara de los novios.
  • Tarjetas gastadas del metro del año 92.
  • Vales del 50% de descuento del Papa Pollo (¿?)
  • Mi primer pasaporte, con foto asustada a mis 14 años. Supongo que para ir a Francia.
  • Mis primeras gafas de sol, de pasta negra, imitación de las Ray-Ban.
  • Un interruptor antiguo de baquelita, desmontado, por supuesto. De pequeña me encantaba mirar como mi padre cambiaba bombillas y arreglaba enchufes. Aprendí mirando y me convertí en una Mc. Giver de mucho cuidado.
  • El primer reloj que tuve cuando me tocaría hacer la 1ª comunión y que no hice, regalo de mi padrino de bautismo, porque bautizar, me bautizaron.
  • Una caja de cerillas. No sé ni de dónde la saqué ni por qué la guardé, pero me alegro de ello porque parece toda una antigualla. Aparentemente es una caja de cerillas normal, pero está hecha de madera, como las cerillas, y es de una fábrica de fósforos “Sao Paulo”, de la marca “Guarany”.
  • Dos cajas de cerillas más. Empiezo a preocuparme.
  • Mi primera calculadora Casio LC-820, dorada y en su funda marrón.
  • Una llave antigua, de latón. A saber qué puerta cerré o abrí con ella.
  • Tres mecheros. (¿Fui pirómana y no lo recuerdo?)
  • Un termómetro de mercurio, prohibido desde hace sólo tres años, pero algún día será una reliquia. Recuerdo jugar con las bolitas de mercurio cada vez que me cargaba uno.
  • Unos 300 números de la O.N.C.E. del año 1993. Fijo que no eran míos, me los debí encontrar y me los quedé. No me preguntes por qué.
  • Libretas de ahorro del 1989 al 1993. Impresionante lo apuradísima que llegaba a final de mes, pero nunca jamás estuve en números rojos.
  • Una chapa de Arco’86 que mi amiga Núria me trajo de su viaje a Madrid.
  • Uno de mis llaveros preferidos con una pequeña bola de base-ball, deporte que me dio por jugar una temporada hasta que me tragué la segunda base de un planchazo y vi pasar mi corta vida en segundos.
  • Un bolígrafo de publicidad de Interlaken, de mi semanita en Suiza con mi amiga Raquel cuando tendría unos 22 años.
  • Un colgante con un puño de jade que me regaló mi primer amor a los 14 y que llevé colgado al cuello 9 meses. No fue un embarazo sino lo que duró la tierna historia hasta que el susodicho encontró a otra.
  • Tres esferas de relojes que tuve y que juntos no valdrían ni 1€.

Después de todo este rato toqueteando los objetos, oliéndolos, mirándolos, queriendo y sin querer, se van abriendo esos cajoncitos de la memoria de los que siempre hablo; esos espacios de mi mente que estaban cerrados desde hace tiempo y, de repente tengo 14 años y salto a los 20, y vuelvo a los 16 para acabar en los 18 gracias a uno de esos objetos.

Mi adolescencia se entrelaza con los primeros años de mi juventud. Me asaltan recuerdos que no recordaba y se dibuja una sonrisa paciente en mi rostro. Me reconozco en cada una de esas edades aunque sea muy distinta a ellas.

Abrir estas cajas es lo que tiene. Si estás reconciliada con tu pasado, se convierte en un agradable paseo de primavera en otoño.

Del amor al odio

¿Cuántos pasos hay del amor al desamor? ¿Y cuántos del amor al odio?

He conocido tanto el amor como el desamor, aunque podría presumir de conocer más al primero. Y he tenido la gran suerte de no acercarme casi nunca al odio. Y digo casi nunca, porque en mi corta o larga vida, según se mire, lo habré tenido cerca alguna vez. Digo yo…

Miro atrás (lo hago a menudo por balance, no por anclaje) y recuerdo vagamente los momentos de desamor. Y digo vagamente porque tengo una gran habilidad en guardar los malos recuerdos en cajoncitos de la memoria, cerrados con dos vueltas de llave. Con mi memoria de aprendiz de elefante que no ha comido uvas pasas en su vida, tengo que hacer verdaderos esfuerzos hercúleos para encontrar la llave de esos cajoncitos y conectar con la que era entonces. En todos esos momentos de desamor me acompañó la rabia, la tristeza, la inseguridad, el miedo, la soledad… pero nunca, jamás, el odio.

El odio es primo hermano de la envidia, que también puedo presumir de no conocerla. Mis defectos, que no son pocos, distan lejos de este par. Y la venganza es amiga de ellos; uña y carne junto al odio. Así que tampoco quiero saber nada de ella. Ni ganas.

Por eso, cuando alguien me habla de amor o desamor, puedo conectar con esa persona. Si me hablan de tristeza o de miedo, también. A estos dos los conocí de cerca y acepté su compañía. No debes luchar contra ninguno de los dos. Deja que se acerquen, que te hablen, pero nunca te aferres a ellos ni te encariñes. Tal como vienen, se van.

Pero del odio no quiero saber nada. No odio al odio, pero le ignoro. El odio te transforma en otra persona, crece en ti el lobo negro, alimenta tu parte más oscura que siempre procuras tener encerrada en la jaula. El odio te empuja a hacer y decir cosas que ni piensas ni crees. Y te invita a creer que lo que haces y dices es la verdad absoluta. La única verdad. La tuya. Es una fiera que cuanto más le das de comer, más crece. Y cuanto más crece, más te transforma. Y las mentiras que llegaste a decir se convierten en sentencias, en manchas, en cicatrices, en llagas en los demás y quizá nunca, repito: nunca se olviden, se superen, o se curen.

Hoy he llorado. No de amor ni de desamor. He llorado de tristeza, de decepción. He hablado por teléfono con alguien que aprecio mucho aunque no se lo diga a menudo, y me he enterado de su desamor, de su tristeza y su miedo. Me he enterado del odio de su expareja, y de sus mentiras que cree verdades, de su venganza y de su rencor. Era capaz de conectar con las emociones conocidas, pero no sabía cómo se puede llegar a ser tan lobo negro con alguien a quien has amado, a quien le has dedicado la mitad de tu vida, a quien has convertido en tu persona.

No sé cómo debe sentirse después de acusarle con mentiras, de sangrarle hasta la médula, de humillarle delante de todos. No sé cómo puede mirarse al espejo cada mañana.

Hoy he sentido de nuevo la decepción por alguien a quien quise cuando alimentaba a su lobo blanco, y nunca pensé que acabaría dando de comer a su lobo negro. Y he sentido una infinita ternura por ti, que has tenido las agallas y la valentía de explicármelo.

Bichos raros

Neurótico, neurótica: que tiene relación con la neurosis.

Neurosis: trastorno mental que distorsiona el pensamiento racional y el funcionamiento social, familiar y laboral.

Se caracteriza por una presencia elevada de angustia. El sujeto que la padece, aun manteniendo una conexión con la realidad, presenta la necesidad de desarrollar conductas repetitivas con el objetivo de disminuir su nivel de estrés.

Carlos se dio cuenta muy pronto que habían sonidos que le sacaban de quicio. Tendría unos 12 años cuando se percató realmente. El tic-tac del reloj le sumergía en un estado de ansiedad preocupante.

Más adelante advirtió que le molestaba el sonido que producían algunas personas al masticar, sobre todo con la boca abierta. No soportaba verlas mascar chicle, ni comer cosas crujientes.

Los teclados del ordenador en clase le alteraban. La respiración profunda de su compañero de mesa le superaba. Padecía, lo que se llama, misofonía.

Pero no solamente eran sonidos lo que le desquiciaba. Existían disparadores visuales que le producían los mismos efectos, como es el caso de ver a alguien mascar chicle de lejos, sin oír ningún ruido. O el hecho de ver a alguien sentado balanceando las piernas cruzadas. Eso también le molestaba. Estaba convencido que padecía algún tipo de trastorno obsesivo-compulsivo, conocido como TOC.

Ya de adulto, conoció a Esteban y Laura, dos compañeros de trabajo con los que se llevaba muy bien. Pronto reparó en las “manías” de Esteban; sus tics nerviosos que repetía como un mantra. Mientras hablaba se tocaba, por este orden, el lóbulo de la oreja derecha, la nariz y la barbilla. Aparentemente sin ningún por qué, pero lo hacía tan a menudo que, sin padecer misofonía o TOC, te dabas cuenta de ello.

Laura, en cambio, necesitaba lavarse las manos continuamente. Y no solo con jabón. En casa lo hacía con lejía y las tenía siempre rojas e irritadas. Antes de entrar en una habitación se paraba, contaba hasta 21 de tres en tres con los ojos cerrados y abría el interruptor de la luz 3 veces seguidas. Si alguien entraba antes que ella, sin contar y abriendo el interruptor a la primera, se esperaba fuera e iniciaba su ritual.

Comían separados a la hora del almuerzo ya que Carlos no soportaba el ruido al masticar, aunque se masticara con la boca cerrada. A Esteban le molestaba hasta la ira el sonido de los cubiertos en los platos. Laura, con sus rituales cada vez más marcados, necesitaba un metro de distancia en su espacio vital para no sentirse violenta.

No iban nunca al cine ya que el olor de las palomitas les molestaba, el sonido que se produce al masticarlas les molestaba, el volumen tan fuerte de la película les molestaba, que se sentara alguien en la butaca de al lado les molestaba, que sorbieran refrescos con pajita les molestaba, que se respirase profundamente les molestaba.

Pero les gustaba pasear cerca de la playa, en silencio, sin decirse nada. Solo el hecho de sentirse acompañados por personas que entendían sus “manías” sin verlos como bichos raros, les hacía sentirse “normales” por un rato.

El baúl de los recuerdos

 

De vez en cuando, de tanto en tanto, se me da por abrir cajas que tengo cerradas durante años. y descubro de nuevo a esa Pilar que lleva tantos años acompañándome. La Pilar de hoy estaba a punto de cumplir 18 años. Leía a filósofos y estaba descubriendo un mundo nuevo. Conoció a un chico, un tal Andreu, del que se enamoró platónicamente y con el que aprendió tantísimas cosas y vivió momentos tan mágicos y especiales, que, casi 30 años después sigue ocupando un trocito de su vida. Aunque él no lo sepa. Siguen felicitándose la Navidad cada año. Anque sea con un mensaje.

Escribió este texto que he recuperado.

 

Un nombre. Una canción. Una ciudad. Un recuerdo. Tic tac. El tiempo pasa. Y yo, aquí, lejos, espero. Espero que pase más de prisa. Tic tac. El tiempo sigue pasando.

Una carta. Una llamada. Una sonrisa. Una mirada. Tic tac. El tiempo pasa. Cada vez me siento más cerca de ese nombre, de esa canción, de esa ciudad, de ese recuerdo.

Tic tac. El tiempo marca pausadamente el paso de segundos, de minutos, de horas. No se para. Continúa adelante. Hasta que el silencio de un beso le obligue a pararse. Un beso de segundo. Pero eterno. Y me perderé de veranos, de otoños, de años y de días.

Tic tac. El tiempo sigue pasando. Los segundos mueren   l  e  n  t  a  m  e  n  t  e .  Nacen nuevos. El tiempo pasa. Ha de pasar. No puede pararse. Tic tac. ¿Por qué? Ley de vida. Todo lo que es bueno, nace. Y muere. Y se acaba. Pero siempre quedará la dulzura del beso, el escalofrío de la caricia, el temblor de la mirada. Tic tac.

Un viaje. Una cita. Un abrazo. Una palabra. Tic… por fin. El tiempo se ha parado. No existe. Ha muerto. El SER es. El NO SER no es. No existe. El tiempo no es. Ha muerto. No existe.

Un nombre. Una canción. Una ciudad. Un recuerdo. Una palabra. Una sonrisa. Una mirada. Un abrazo. Y en el fondo, siempre yo.

Pienso, luego existo.

 

Octubre de 1984