Día del Libro y de la Rosa

Ayer, 23 de abril, fue el día del Libro y de la rosa. Es uno de los días más bonitos de mi tierra, donde, aun siendo un día laborable, las calles están abarrotadas de gente que van de aquí para allá, buscando un libro para regalar y una rosa a quien entregar.

Sant Jordi se vistió de Fiesta aunque fuera lunes. El que te dije aprovechó su descanso del desayuno para traerme una rosa. Hemos instaurado en casa una tradición que dura ya desde la primera que me regaló: saco la flor de su envoltorio y, en lugar de ponerla en agua, la cuelgo boca abajo, pegada a un espejo de nuestra habitación y se quedará así hasta el próximo 23 de abril. Ayer, después de dicho ritual, llevé la rosa del año pasado, cerrada y seca, al jarrón de rosas que, año tras año, van acumulándose.

Después salí a la calle expectante. Adoro el ambiente que reina en mi ciudad. Paradas de libros por todas partes, vendedores de rosas de todos los colores, texturas y tamaños. Rosas de verdad, rosas de papel, rosas de lana, rosas de caramelo.

Ayer, además, me estrené como voluntaria de la asociación de Amics de la Gent Gran, (amigos de la Gente Mayor). Me habían encargado llevarle una rosa y un libro a una señora de 87 años, que vive sola.

Pasé por el estand que la asociación tenía montado al lado de la Catedral, a recoger la rosa y el libro, y me fui a buscar el autobús. Me di cuenta que estaba emocionada de vivir esa experiencia y que sería muy enriquecedora. Me gusta salir de mi zona de confort y encontrarme en situaciones que no controlo y aprender a moverme entre ellas.

Cuando la sra. Rita me abrió la puerta, supe que todo sería muy fácil. Me acompañó a una salita donde me ofreció asiento y empezó a hablar. Y a hablar. Y a hablar. No me hacía falta preguntarle casi nada, porque ella era como Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como. Pero me hacía reír.

Me contaba, entre mil cosas, que a ella sólo le falta dinero, porque de lo demás tiene de todo. Tiene úlcera de hiato, dos quistes en el cerebelo, las rodillas trinchadas, arritmias y cataratas. Pero no ha perdido el sentido del humor.

Me explicaba que se puso a trabajar a los 14 años y que, aunque no estudió, se ha licenciado en Mundología. Opina que los médicos, después de terminar la carrera de medicina, deberían hacer alguna de Humanidad y Psicología.

Me sentí muy a gusto con ella. Me explicó muchísimas cosas en la hora que estuve haciéndole compañía. Así que, cuando me despedí de ella me dijo:

  • ¿Y ahora, qué?
  • Pues no sé. Hablaré con la asociación, a ver qué dicen.
  • Pues si me preguntan a mí, les diré que eres muy amable y muy cariñosa, y que me gustaría que fueras tú mi voluntaria.

Me agarró por el brazo y me dijo:

  • Cuando salgamos a pasear, me agarraré así para no caerme. Y si nos cansamos, nos sentamos a tomarnos un café.

No pude evitar abrazarla con una sonrisa. Y ella se dejó abrazar y me abrazó también. Supe en ese momento que quería ser su acompañante.

Volví al estand y expliqué todas las sensaciones y emociones que se habían removido por dentro. Así que nos pusimos de acuerdo en que la señora Rita y yo, pasaríamos más tiempo juntas.

Hoy la he llamado y hemos quedado para pasado mañana por la tarde. Y sonrío, sólo de pensarlo.

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8 de Marzo

Soy muy buena fregando platos y sacando el polvo. También limpiando el suelo sin dejar marcas de la fregona.  Pongo la lavadora siendo consciente de cada prenda y nunca en la vida perdí un calcetín. A la hora de la compra soy selectiva y calculadora: una hormiguita controlando cada céntimo. Sé planchar y lo hago muy bien, aunque me aburra supinamente. Y, a pesar de que esté mal que yo lo diga, cocino como los ángeles.

También sé usar un destornillador y un taladro. En mi época de universitaria, cambiaba comidas dominicales por cuadros y estanterías colgadas en casa de mis amigos. Manejo la pistola selladora de silicona con maestría, y si el cable de la lámpara no hace contacto, no te preocupes: yo desmonto el cajetín y conecto de nuevo esos cables que se han aflojado. Uno de los mejores regalos de mi vida fue una caja de herramientas.

No he nacido sabiendo hacer todas esas cosas. Nadie nace aprendido. Se aprende por imposición o por voluntad. Lo más fácil del mundo mundial es decir: “No sé hacerlo”. O “no me gusta hacerlo”. Ni siquiera se plantean el “voy a intentarlo”. Yo hago muchas, muchísimas cosas que no sé hacer muy bien o, sencillamente, no me gusta hacerlas. Pero tengo que hacerlas. Y punto.

Mi madre, de aquella generación en que las mujeres debíamos permanecer calladas y sumisas, me enseñó a planchar con 10 años bajo supervisión y subida a un taburete. A partir de esa edad ya se me consideraba mayor para hacerme la cama los fines de semana. A mi hermano pequeño, por el hecho de haber nacido con pene en lugar de vulva, no le enseñó a planchar ni le obligaba a hacerse la cama. Yo, con el ceño fruncido y rojo como un tomate (señal inequívoca de cabreo monumental) le preguntaba a mi madre, mostrándole las manos abiertas:

  • ¿Cuántos dedos tengo, mamá?
  • Cinco en cada mano. ¿Por?
  • ¿Cuántos dedos tiene mi hermano?
  • Los mismos que tú.
  • Pues entonces también puede hacerse él la cama.
  • Ay, prenda, como no aprendas a callarte, no te casarás nunca.

Esa era la respuesta de mi madre a mis preguntas preadolescentes. Yo respondía que no me casaría nunca si eso me obligaba a tener que morderme la lengua y callarme. La verdad es que cuando me casé, estaba a punto de cumplir 37 años. Y sigo sin morderme la lengua.

Mi padre, educado también en una época patriarcal y machista, me transmitió sus propias inseguridades sin ser consciente de ello:

  • No te subas aquí, que te vas a caer.
  • No toques eso, que lo vas a romper.
  • Tú eres una niña y no puedes hacer lo mismo que tus hermanos.

¿En serio? ¿Y eso, por qué? ¿Qué diferencia hay entre ellos y yo?

Esa inseguridad que me transmitió y de la que tardé muchísimos años en desprenderme, consiguió que no supiera pedir ayuda cuando la necesitaba. Tenía que demostrar que podía hacerlo sola. Qué absurdo. Tenía que convertirme en una “SuperWoman” y demostrar que podía con todo. ¿Para qué? ¿Para quién?

No quiero andar delante de un hombre. Ni que él ande delante de mí. Quiero que camine a mi lado y yo al suyo, en igualdad de condiciones.

No pretendo ser igual a un hombre. No lo soy y no quiero serlo. Pero sí aspiro a vivir en un mundo igualitario, donde se tengan los mismos derechos (que no se tienen) los mismos salarios por el mismo puesto de trabajo (que no se tienen) y las mismas ventajas personales y laborales (que no se tienen).

Hoy, 8 de marzo, me uno a la huelga feminista. ¿Y tú? Piensas hacer algo por cambiar este mundo patriarcal? ¿Seguirás con tus chistes machistas, tus comentarios micromachistas? Reflexiona un poco y piensa en tus hijas, en tus hermanas, en tus sobrinas… Son mujeres.

Querido Antonio:

No recuerdo ni cómo ni cuándo apareciste en mi vida. No voy a mentirte diciendo que seguí tu historia desde el secuestro. Ni siquiera antes.

Pero un día, de repente, oigo tu nombre, Antonio Pampliega,  y se enciende una alarma. Y empiezo a buscar información. Me acerco a ti sin que lo sepas, te miro, te escucho, te sigo. Y te lloro.

Te escribo esta carta como tú escribías a tu hermana Aleja. No malinterpretes mi osadía. Lo hago desde el más profundo respeto.

Finalmente consigo tu libro, EN LA OSCURIDAD, de @ed_peninsula. No es un libro extenso, se podría leer en un par de días. Pero no puedo. Cada tanto debo parar a respirar hondo, a tomar distancia.

En La Oscuridad no es una novela, ni una historia inventada y bien documentada. Es la historia de tu secuestro durante 10 meses por Al-Nusra, la rama de Al Qaeda en Siria, explicada por ti mismo. Te leo y te pongo cara, y oigo tu voz. Y siento tus lágrimas. El hecho de saber que tu historia tiene un final feliz me calma. Pero eres tan capaz de transmitir sensaciones y emociones que, aun sabiendo que te liberan, estoy intranquila.

En cada palabra tuya, en cada línea, en cada página, te abres en canal, mostrando todos tus miedos, tus inseguridades. No vas de héroe en ningún momento. Pero lo eres. Te conviertes en héroe cada vez que eres capaz de mostrar tu yo más débil, más inseguro, más vulnerable.

Hablas de la soledad, desde la soledad. Lo peor no fueron los malos tratos y las humillaciones, cuentas. Lo peor era estar solo. Eso me hace reflexionar. Soy una persona que adora la soledad, que la disfruta, que la mima y la cuida. Que la respeta. Pero soy consciente que esa soledad es buscada, es querida. No es una soledad impuesta, como te ocurrió a ti. Las personas no estamos hechas para esa soledad impuesta.

Recuerdo cuando en navidad, sin tener nada, absolutamente nada, ni tan solo la esperanza de salir, te traen mandarinas. Y se convierten en un tesoro preciado, un regalo valioso junto a una carta de tus compañeros. Eres capaz de saber ver y valorar las pequeñas cosas que te pasan por delante. Me he emocionado cuando, a tu manera, celebraste el cambio de año, solo en tu celda, con los gajos de dos mandarinas, llorando. Y he sentido tu dolor. Quien me conoce sabe que ese momento del cambio de año, para mí, es un momento mágico, muy especial, igual que el día de mi cumpleaños. Y leer y sentir cómo pasabas tú el tuyo, con ese bollo de chocolate, me ha dado escalofríos.

Me ha impactado cuando has decidido, de repente, abrazar “a uno de los hijos de puta” que te tenían secuestrado, recordando el último abrazo que habías dado a tu padre hasta esa fecha, ese 8 de julio del 2015. Yo soy mucho de abrazar. Los abrazos reconfortan, recomponen y relajan. Incapaz de imaginar tanto tiempo sin dar o recibir alguno.

Admiro tu fuerza, tu fortaleza, tu capacidad de levantarte, tu resilencia. Admiro la frialdad con la que eres capaz de narrar una situación concreta y poco más adelante, ver cómo te derrumbas, hecho añicos, y mostrando todos tus miedos. Se ha de ser muy valiente, Antonio.

No odiar. Esa es una gran lección. Después de todo lo vivido, de todo lo sufrido, eres capaz de ponerte en sus zapatos y entender que no era nada personal. No maltrataban a Antonio, no humillaban al periodista que eres. Tú representabas occidente, lo indigno, lo malo, lo que ellos odian. Podía haber sido otro, pero te tocó a ti. Y has conseguido hacer esa reflexión.

Imagino tu vuelta a casa, con los tuyos. Tus silencios, tus miradas esquivas. Hablar de ello no ha debido resultar nada fácil. Supongo que a estas alturas pensarás diferente. Pero no me quiero quedar con las ganas de decirte que no lo sientas. No fue tu culpa. No dependió de ti. Tu familia, tus amigos sufrieron. Pero nunca te culpabilizaron. Estoy segura.

Y finalizo esta carta, dándote las gracias por dibujar con letras esa pesadilla que te tocó vivir. Por ser tan honesto, por no disfrazar de personaje esa gran persona que eres; por no dejarte perder, por luchar hasta el final, por no desfallecer.

Y como sé que te gustan mucho, te envío desde aquí, un largo y cálido abrazo

 

Pilu.

Feliz Año Nuevo

Después de mi cumpleaños, hoy es uno de mis días favoritos del año. Saco de paseo a la niña que llevo dentro y me paso el día diciendo frases como:
“No pienso volver a desayunar hasta el año que viene”.
“No volveré a ducharme hasta el año que viene”.
“Esta es la última vez que plancho hasta el año que viene”
Y así me paso el día, de sandez en sandez.

Pero el instante que más me gusta es justo cuando se acaba el día y el año a la vez. Me da igual qué ropa lleve, dónde cene y qué cene. Pertenezco al grupo de “pelauvas” y me entretengo, emocionada, a sacarle la piel y las pepitas a los doce granos que acompañarán a las doce campanadas.

Y llega el momento mágico, el que me emociona hasta la lágrima. Cada año igual. Y pienso en los millones de personas que hacemos el mismo gesto de comernos cada uva al son de una campanada, o que cuentan cada toque mientras yo me como la uva. Da igual. El hecho es que millones de personas estamos pendientes de esas campanadas hasta que la última nos recuerda que dejamos un año atrás y tenemos uno, nuevo a estrenar, por delante. Y este momento mágico se repite hora tras hora durante 24 horas por todo el mundo. No existe el odio ni la envidia; no hay lugar para el maltrato ni la pelea; no hay nadie mejor ni peor que nadie. Esos 12 segundos mágicos están llenos de deseos que, aunque no se acaben cumpliendo, son muy reales en ese pequeño espacio de tiempo. Y es cuando creo en un mundo mejor.

Acabada la última campanada, miro a los ojos al que te dije y le deseo-me deseo otro año a su lado.
Feliz Año a todos y todas los que me habéis acompañado durante este 2017. Deseo que sigamos encontrándonos de vez en cuando.

Un abrazo largo y cálido, de esos que me gusta dar con los ojos cerrados.

Espíritu navideño

Ya han pasado las dichosas fiestas de Navidad. Quien me conoce de cerca sabe lo poco que me gustan.

No es que no valore reunirme con los míos, ni pasarme horas en la cocina preparando canelones. Eso me encanta. Y disfrutar de los más pequeños de la casa, tercera generación que sube licenciada.

Pero no me gustan estas fiestas, no por su espíritu navideño, sino por todo lo contrario: la carencia  de tal. El gasto desmesurado, totalmente innecesario de comida y regalos. Regalos en exceso para niños que ya tienen de todo y que no lo valoran. Personas vacías que llenan esos huecos con cosas materiales, regalos “de marca”. Ridículos.

Cada mes de diciembre, a medida que se van acercando estas fechas me convierto en el Enanito Gruñón. Ni hago regalos ni los espero. Me gusta regalar en cualquier ocasión del año, así, sin venir a cuento. Y los regalos sorpresa porque sí. Pero no porque sea navidad.

Todo esto lo pensaba mientras volvía una tarde a casa y me encontré una manta doblada en un rincón de mi escalera. Los inviernos en esta ciudad son muy fríos y ese es un buen lugar para algún sin techo que busque cobijo, para algún Sr. Nadie que quiera resguardarse.

Al día siguiente, al salir a la calle, un indigente que había pasado la noche en el rincón, me saludó con un: “buenos días, señora.” “Buenos días” le contesté yo también. Le recordé que era una escalera privada de la comunidad de vecinos y que procurara no ensuciarla si se quedaba allí. “No se preocupe, señora. Que Dios la bendiga”.

Poco más tarde lo encontré en la puerta del supermercado que está justo al lado de mi casa, con un vaso de plástico, pidiendo limosna. “Buenos días, señora” me volvió a decir.

Los días desfilaban y él se encontraba bien en este barrio tranquilo, con su manta plegada en un rincón de mi escalera. Siempre saludaba cuando me veía.

Una noche le bajé un par de bocadillos por si no había comido. Otro, le hice uno caliente para llevarse algo al estómago. Durante el día, siempre lo puedes encontrar en la puerta del súper pidiendo limosna. Nunca lo he visto bebido y siempre, siempre, tiene una palabra amable.

El día de Nochebuena, andaba yo preparando los canelones de las fiestas y me acordé de él. Bajé a la calle y le pregunté si le importaría que charlásemos un rato. Me dijo que no. Quería saber cosas, quería ponerle nombre, quería que dejase de ser el Sr. Nadie y darle una vida, quería que fuese visible y no invisible como la mayoría de ellos.

Se llama Julio y tiene 55 años, aunque aparenta unos cuantos más. Es menudo y delgado y le faltan algunos dientes. Es de Madrid y hace 4 meses se vino a mi ciudad, Lleida.

Yo iba haciendo preguntas y algunas las iba esquivando. Se lo volvía a preguntar de otra manera y seguía esquivándome. Le miré a los ojos unos segundos y le pregunté por tercera vez: “Qué te llevó a vivir en la calle?”

Me comentó que era camionero, que tuvo un accidente y le quitaron el carnet. Intuí la historia, pero quería que me la contara él. Acabó abriéndose en canal, explicándome que tuvo problemas con la bebida. Muchos problemas. Bebía para olvidar. Y un día conduciendo, invadió el lado contrario y tuvo un accidente.

Me contaba que son 4 hermanos, dos chicas y dos chicos. Ellos intentaron ayudarle al principio, pero Julio no se dejaba ayudar. Y el alcohol le separó de su familia. Y el alcohol le llevó a la calle.

Lleva 6 años sin beber. Alguna cervecita de vez en cuando, me explicaba. Pero no a diario. Tiene una paga de invalidez de 325€ según me dijo y eso no le permite tener una casa.

-Qué crees que te ayudaría a salir de la calle, Julio? –le pregunté. “Tener un techo donde dormir sería lo más importante. Así podría dedicarme a buscar trabajo porque también pinto, aunque a mi edad es muy difícil encontrar algo”.

Lo más duro de todo es pasar las noches a la intemperie. Durante el día pide limosna. Suele recoger unos 10-12€ que usa para comer y comprarse algo de ropa que le abrigue. Me comentaba que hay gente de todo: personas amables que le saludan y le dan algo. Y otras que le dicen de todo menos guapo.

Antes de volver a subirme para casa le pedí si podía darle un abrazo. Me dijo que sí y se dejó abrazar, aunque él no supiera hacerlo.

Feliz Navidad” me dijo antes de irme. Y fui consciente que él la pasaría de nuevo solo, envuelto en una manta.

Al llegar a casa, le preparé una bandejita de canelones gratinados con bechamel, un pote de caldo caliente, un poco de vino, vasos, cubiertos y plato desechables, dulces de postre y un par de velas para que tuviese algo de luz. Le bajé la cena recién calentita antes de irme a cenar a casa de unos amigos.

Feliz Navidad, Julio. Que el 2018 te saque de la calle.

El miedo a una página en blanco.

Debería escribir y no puedo. Cada vez que me enfrento a una página en blanco me bloqueo.

Empiezan a dibujarse frases improvisadas, para ver si el resto de palabras fluyen por si solas; y ni así.

Puntos y aparte, iniciando un nuevo discurso, a la espera que den forma y vida a nuevas historias; y nada.

Intento hablar de mí, de él o de aquel y no se me ocurre cómo continuar la frase.

Miro de empezar con algo inventado, en tercera persona, sin implicarme emocionalmente, y sólo se dibuja una masa gris en mi cerebro. No hay colores.

Salgo a pasear, tapada hasta la nariz, con las manos enguantadas dentro de los bolsillos. Ritmo rápido. Ritmo lento. A ver si veo algo o alguien que me llame la atención y me inspire. Sólo veo caras tristes, cabizbajas, grises, sin chispa en la mirada.

Miro por la ventana, en busca de ese hilo invisible que me incita a estirar y estirar, a tejerlo despacito con letras, comas y acentos, hasta crear algo con lo que pueda cubrirme un rato. Pero el sol, escondido tras unas nubes espesas, no me ilumina ni una pizca para poder encontrar el principio de ese ovillo.

Paren máquinas…

A veces tengo la sensación de que se me escapa la vida. Unos días fluye como un río a finales de verano, tranquila, suave, silenciosa. Otros, parece el descenso de un deshielo primaveral, ruidosa, desbocada, inquieta.

Acabo de cumplir años. Los que tengo suenan a condena: 50+1. Y puedo decir sin miedo a equivocarme, que ya no estoy en el ecuador de mi vida, sino que trampeo como puedo en la segunda parte, esa que va de capa caída.

No me mires así, que no me he convertido de repente en alguien pesimista. Ni hablar. Sólo que últimamente siento una sensación extraña; una sensación que hace muchos años que no sentía. Noto como si estuviera girando en medio de una espiral, a la velocidad del despeinado, y que voy a salir disparada en cualquier momento hacia una dimensión desconocida.

No siento miedo, ni desasosiego. Pero tampoco encuentro palabras que describan lo que mi cabeza intenta estructurar por todos los medios.

En la facultad de Periodismo siempre nos repetían que un exceso de información provoca desinformación. Y llevo días comprobándolo.

Estoy viviendo intensamente una verdadera crisis política en mi país. Y he leído hasta la saciedad información de aquí y de allí. He hablado con gente de allí y de aquí, charlas de café, relajadas, con personas que piensan de manera opuesta a mí, pero que son capaces de respetar opiniones diferentes sin perder los papeles, ni la compostura. Ni, por supuesto, el respeto.

Este exceso y bombardeo de información diversa ha contribuido a aumentar esa sensación vertiginosa de verme dentro de esa espiral de la que hablaba.

Vivimos en la sociedad de la inmediatez. Nos hemos acostumbrado a comunicarnos vía móvil o redes sociales. Nada de cartas como antaño, que pasaban días entre su escritura y su lectura. Todo ha de ser ya y perdemos la paciencia. Y en estos días que vivo tan intensamente, me doy cuenta que en las mismas 24 horas que vivía hace un tiempo, ahora parece que van más deprisa. Me explico. Antes, hace un tiempo, sin concretar cuánto, los días pasaban más o menos despacio, fluían, se deslizaban suavemente uno tras otro. Pero ahora tengo la extraña sensación de que vuelan a la velocidad del rayo, de que ocurren demasiadas cosas en muy poco espacio de tiempo, que me voy a dormir pensando en que, cuando me despierte, habrá muchísima información que me habré perdido durmiendo.

Incluso pienso que tal vez mañana ya no tendrá sentido todo lo que he escrito.

¿Por qué andas descalza por casa?

Esta pregunta me la hace el que te dije unas veintitantas veces cada otoño-invierno. Y eso que llevo viviendo en esta casa más de 10 años. Multiplica.

“Porque me gusta andar descalza”. Era mi respuesta al principio. Luego, como volvía a preguntar lo mismo días más tarde, cambiaba la respuesta por un “para que puedas preguntármelo otra vez”. Como no le era una respuesta convincente, pasados unos días, a la misma pregunta le respondía un “para que sigas preguntando lo mismo, a ver si te cansas…”

Está visto que tenemos memoria selectiva. No reciente ni lejana. Selectiva. Nos olvidamos de cosas que deberíamos recordar, y nos acordamos de otras que deberíamos olvidar.

Pero olvidar no es tan fácil. No es un acto voluntario. Tú no dices: “Anda, me voy a olvidar de esta imbécil que me ha fastidiado los tres meses de trabajo”. O “me voy a olvidar de la putada que me ha hecho mi ex”. O “pues ahora me enfado y te olvido”. No. Te olvidas de pequeñeces sin importancia, o sí. Por estrés, por distracción, o por demasiadas cosas en la cabeza. Pero el daño que alguien te ha hecho se graba a fuego lento y cuanto más quieres olvidarlo, más lo recuerdas.

Después de darle vueltas, creo que la única manera de olvidar ese dolor, es perdonar. Perdonarme y perdonarte, a ti, a quien quiero olvidar. Y una vez logrado, debo dejarme fluir, sin aferrarme, para conseguir olvidarte.

Cuanto más quiero olvidarte, más te pienso. Y cuanto más te pienso, menos te olvido y más te recuerdo. Son palabras de Natalin, una bloguera que he descubierto por estos lares y que podéis seguir en su blog https://reflexionesdevida8.wordpress.com/

Los giros de la vida

 

  • Abuela, ¿en qué momento te das cuenta de que la vida no es una línea recta?

Clara supo que debía dejar el libro a un lado y volcar toda su atención en la pequeña Jana. Aunque estuviera a punto de cumplir los dieciséis, para ella seguiría siendo su pequeña.

Jana era una jovencita risueña y alegre, algo insegura y sensible. A veces era capaz de mostrar su lado oscuro enseñando los dientes, o su parte más dramática asemejándose a una cantante de opereta barata. Pero tenía la cabeza bastante bien amueblada para su edad, y Clara siempre supo que se convertiría en una preciosa mariposa tras sufrir ese período llamado adolescencia. Jana le recordaba a ella misma cuando era niña. Siempre curiosa, siempre preguntando, con sed de saber más y más de todo: de la vida, de la muerte, del amor y el desamor, de la frustración y del dolor. La diferencia entre la una y la otra, básicamente, era que Clara no pudo hacer esas preguntas en voz alta, ya que los mayores la miraban extrañados y le decían que “una niña no tiene que preguntar esto”. Por ese motivo, cuando Jana empezó a despuntar con esas preguntas impropias para su edad desde bien pequeña, Clara sintió que la conexión que tenía con ella crecería con el tiempo. Y se prometió a sí misma intentar responder la mayoría de ellas, y si no, ayudarle a buscar la respuesta. A veces, las preguntas que nos hacemos en un momento dado de nuestras vidas se quedan sin contestar. De momento. Pero la vida misma te las va respondiendo durante el camino. Sólo hace falta estar atenta. Muy atenta.

  • ¿Por qué crees que no es una línea recta, Jana? Los minutos dan paso a las horas, las horas a los días, los días a los meses y éstos, a los años. Todo parece fluir en línea recta, ¿no te parece? –A Clara le gustaba dar vueltas a las preguntas para que Jana se planteara más cuestiones. Ese tipo de conversaciones la devolvían a sus años de juventud y se quitaba décadas de encima, aligerándole el peso del tiempo a sus espaldas.
  • Sí, eso es lo que parece, que todo fluye en línea recta. Pero estaba pensando en ese chico del que te hablé, de ese tal Edu que me gusta. Si yo no llego a ir de vacaciones al pueblo este verano, no me hubiera fijado en él, ni él en mí. Por tanto, mi vida en septiembre seguiría por otro lado. ¿Me entiendes, abuela? Y así, con muchas cosas que me pasan. Es como si tuviéramos que decidir continuamente hacia dónde ir, qué dirección tomar. Si nos dejamos llevar por la vida, iríamos en línea recta mucho tiempo. Recta y aburrida. Pero en el momento que tomamos cualquier decisión, el curso de la vida cambia, hacia un lado o hacia otro, pero cambia. ¿No crees, abuela? ¿No te ha pasado nunca a ti?

Clara sonrió con los ojos y los labios. Su mente se marchó al desván de la memoria, a buscar cajones escondidos tras cajas llenas de experiencias y recuerdos. Encontró una de ellas, llena de polvo por el tiempo que llevaba cerrada y la sacudió por encima, acariciando la tapa con la palma de las manos. Seguía sonriendo mientras la destapaba despacio y dejaba que anécdotas y pensamientos, recuerdos y sensaciones la abrazaran de nuevo. Y empezó a explicar una de esas historias que atrapaban a Jana, que conseguían que no se moviera de su lado, que la escuchara con todos los sentidos, mientras esos ojos adolescentes brillaban de emoción al imaginarse a su abuela de joven.

  • No recuerdo en qué momento apareció en mi vida. Ni cómo pasó. Ni por qué. Si hubiera sabido en ese momento que se convertiría en alguien tan especial para mí, hubiera hecho todo lo posible por memorizar o anotar esos datos. Pero la vida nunca te avisa de esas cosas. Así que debes estar siempre alerta.
    Nos conocimos de casualidad, un día de verano. Yo iba con mis amigas y nos topamos con un grupo de chicos. Todos ellos hacían el servicio militar en la ciudad; porque aquí teníamos un cuartel y todo, no te creas. En esa época era normal ver desfilar a jovencitos imberbes vestidos de soldado yendo o viniendo de maniobras. Yo solía verlos pasar desde el balcón cuando era como tú. Y los fines de semana, a los que no vivían cerca y les daban permiso para irse un par de días a ver a su familia, se quedaban en la ciudad y salían a pasear y a tomar algo antes de tener que volver al cuartel.
    A mí me gustaba un chico de Vigo y enseguida me di cuenta que yo también a él. A esa edad (debería rondar los 19 años) todavía crees que puedes conseguir todo lo que te propongas y que no hay obstáculos insalvables para el amor, y que todos comen perdices porque son felices. Como salíamos en grupo, aparte de este chico, Vicente se llamaba si no me falla la memoria, me hice muy amiga de un tal Carlos, un chico de mi misma edad y un poco… ¿cómo te diría? Iba de tipo duro y yo lo creía y admiraba, aunque el tiempo me enseñó que sólo eran corazas tras las que se escondía.
  • ¿Os enrollasteis, abuela? –preguntaba Jana, retorciéndose las manos de curiosidad.
  • Vigo estaba muy lejos de esta ciudad, y un mes más tarde yo me marcharía de aquí, y me iría a estudiar fuera. En esa época y a esa edad, todo iba más despacio que ahora. Se licenció del servicio militar y se marchó a la otra punta. Yo me fui a estudiar fuera y me escribía cartas a diario. A diario, ¿te imaginas? Todavía las guardo. Igual que guardo las de Carlos, su compañero de mili del que me hice súper amiga. Tan amiga que se lo contaba todo, cuándo había recibido carta de Vicente, cuándo me había llamado, cuántos planes teníamos… Y no era capaz de leer entre líneas las cartas de Carlos en las que se dibujaban guiños y miradas que no eran de amistad, sino de amor. Carlos se licenció y volvió a casa. Casualmente a la misma ciudad donde yo me marché a estudiar. Seguimos en contacto. Y no recuerdo ni cómo ni por qué, como te comentaba antes, pero despacio o de repente, me di cuenta que esa “pasión” que sentía por el de Vigo se había desvanecido. Y todos mis pensamientos y mis ilusiones, mis confidencias, mis deseos y mis sueños llevaban el nombre de Carlos.
    Empezamos a salir. Yo ya tenía 20 años y para mí era lo más importante que me había pasado en toda mi vida. Lo más importante y lo mejor. Los chicos que me habían gustado hasta entonces no le llegaban a la suela del zapato. Le quería de una manera que me era desconocida. Le admiraba. Era muy inteligente, divertido, apasionado.
    Salimos no recuerdo cuánto tiempo. Un año, dos… Sencillamente yo pensaba que duraría para siempre…
  • ¿Te dejó él o le dejaste tú, abuela?
  • Me dejó él. Y, sinceramente, no recuerdo el por qué. Pero siento que fue como un jarro de agua fría, sin ninguna explicación que me convenciera, sin ninguna excusa barata a la que agarrarme. Y recuerdo, como si fuese hoy, el dolor que sentí en el pecho, esa falta de oxígeno que me duró meses. No entendía qué había pasado, por qué me había dejado, y pensaba, ilusa de mí, que en cualquier momento volvería, arrepentido, diciendo que me echaba de menos. Nunca volvió. Y yo perdí un novio y un amigo a la vez. Y tuve que pasar mi proceso de duelo.
    Ahí empecé a plantearme que la vida no era una línea recta, sino que, a cada decisión que tomamos, el volante gira a la derecha o a la izquierda. Y, sin darte apenas cuenta, el curso de tu vida se va modificando.
  • ¿Volviste a saber algo de él, abuela?
  • Durante mucho tiempo, paseando por la ciudad, de golpe me parecía verlo a lo lejos y el corazón se desbocaba. En serio, no exagero. Tenía que apoyarme en alguna pared para reponerme. Me preocupaba que me costase tanto superarlo. Si hubiera tenido algo a lo que agarrarme… pero me sentía pequeña, insignificante, insegura; no había sido lo suficientemente buena para él. La culpa seguro que era mía aunque no supiera qué había hecho mal. Y a él, lo seguía admirando, idealizando, amando.
    Pasaron los años, conocí a más gente, salí con otros chicos, pero Carlos siempre ocupó un lugar especial en mi corazón. Guardé todas sus cartas, las que nos escribíamos mientras hacía la mili, y las he releído muchas veces. Y vuelvo a sentir esas cosquillas en el estómago.
  • Pero ¿lo volviste a ver alguna vez, abuela? –preguntaba Jana con los ojos muy abiertos, llenos de impaciencia.
  • Una vez, muchos, muchos años después, sonó el teléfono. Descolgué y pregunté: “¿Sí?”. Él sólo pronunció mi nombre y reconocí su voz enseguida. Sentí de nuevo ese cosquilleo en el estómago. Estuvimos hablando un buen rato, poniéndonos al día de nuestras vidas, de los caminos tan distintos que habían trazado la una de la otra. Un matrimonio, dos hijas, vivir en otra provincia… Fui consciente de que le había perdonado todo el daño que me había hecho, queriendo o sin querer, o porque a los 20-22 años no lo sabes hacer mejor. Y darme cuenta de ello me quitó un peso de encima. Me aligeró la carga. Sentía como si cerrase un círculo que había estado abierto demasiado tiempo.
  • Así que no os visteis… supongo.
  • En esa ocasión, no. Tuvieron que pasar muchos años más, que mi camino y el suyo siguieran dando giros a un lado y a otro, hasta que volvió a aparecer en mi vida. De repente. De casualidad. O no. Y retomamos el contacto. Con calma, con la serenidad que otorgan los años, con el cariño que guardas de las vivencias, con la sabiduría que te regala la vida. Y pudimos, por fin, darnos ese abrazo pendiente tras tantos años. Y presentarme a su nueva compañera de vida, y hablarme de su divorcio, de sus padres, que aún viven, de su trabajo, de su trayectoria vital.
  • Qué emocionante, abuela. ¿Y qué sentiste al verle?
  • Ternura, muchísima ternura. Me encantó poder presenciar que mi yo de 20 y su yo de 20 se habían reencontrado más de treinta años después, y eran capaces de charlar, compartir un café y unas anécdotas, sin rencores, sin dolor, sin tristeza, sin ira. La vida, es lo que tiene. Aunque el camino no sea una línea recta, muchas veces te permite estos pequeños o grandes regalos que son los reencuentros con personas que han sido muy importantes. Y aparecen de nuevo. Algunos, para no volver a marcharse. O sí.
  • Gracias, abuela. A veces me siento un bicho raro haciendo estas preguntas. Como si nadie me entendiera. Pero sabía que tú lo harías.

 

Personas tóxicas

Como ser humano, soy sociable por naturaleza. Esta necesidad de intercambio me aporta muchos beneficios, me enriquece, me hace sentir bien. Pero también me ha hecho aprender a lidiar contra las personas tóxicas.

Están por todas partes y, lo más triste, es que ellas no son conscientes de su toxicidad. Se convierten en vampiros de energía si dejas que se acerquen mucho.

Conocer, descubrir o tener cerca a una de ellas es una buena ocasión para replantearnos cosas y aprender a alejarnos.

Son personas egocéntricas, con una alta visión pesimista de todo. Todo lo ven negativo. Y, cuando me topo con una de ellas puedo esforzarme en enseñarle la parte positiva que soy capaz de ver en cualquier situación, o sencillamente, apartarme de ellas.

Son víctimas por naturaleza. Todo lo peor les pasa a ellas, necesitan ser el centro de atención y siempre se lamentan. Es agotador estar al lado de alguien así.

Son infelices y envidiosas. No se alegran nunca por los triunfos de los demás. Son mentirosas y manipuladoras, neuróticas o autoritarias. Siempre se esconde tras ellas una gran inseguridad. Utilizan a los demás como si fueran marionetas.

No es necesario que se den todos estos parámetros en la misma persona para considerarla tóxica. La buena noticia es que con un buen trabajo personal, se pueden cambiar, deshacer, corregir estas actitudes para llevar una vida emocional mucho más sana.

La vida me ha enseñado y yo he aprendido a decir NO, a decir BASTA. No soy muy hábil reconociendo a las personas tóxicas a la primera, aunque debería hacer más caso a mi intuición en lugar de esperar a dar demasiadas oportunidades a este tipo de personas. Ese Pepito Grillo que todos llevamos sentado en el hombro y que nos susurra cosas al oído y al que solemos ignorar. Pues este tal Pepito me avisó el primer día que la persona que acababa de conocer no le gustaba. Yo le dije al tal Pepito que todos merecemos segundas oportunidades, que no debemos juzgar a las personas tan a la ligera, que debemos conocerlos un poco más, ponernos en sus zapatos para comprender por qué actúan de ese modo, que tal vez tienen un mal día.

Mi Pepito Grillo tiene mucha paciencia conmigo, me conoce y sabe que soy terca, o tenaz, según se mire. Así que se queda sentado en mi hombro esperando que esa persona tóxica se saque la piel de cordero y me enseñe sus dientes de lobo. Y yo, o tú, que me estás leyendo, sigues justificando el comportamiento de ese vampiro de energía que te chupa la sangre hasta dejarte hecho polvo. Entonces llega el momento de actuar, de decir “basta”, de alejarme-alejarte de esa persona que no te aporta nada bueno, que te deja sin energía, aplastada, cansada psicológica y físicamente.

Las personas tóxicas pueden estar muy cerca de ti. Pueden ser familiares cercanos, (padres, hermanos), pueden ser parejas o compañeros de trabajo, jefes o conocidos. Yo he tenido relaciones tóxicas (que no tienen por qué ser exclusivamente de pareja) y hasta que no he reunido la fuerza suficiente para cerrar el círculo y decir “basta” me ha pasado por encima el tiempo como una apisonadora, me he dejado la piel, las lágrimas y la autoestima.

Creo que el secreto está en conocernos un poco más, en querernos un poco más, en no permitir que nadie nos merme la autoestima, que nadie nos eleve la voz, que nadie nos tire encima su mierda porque no sabe gestionarla. Somos responsables de nuestras vidas. Eso de que “yo soy así y no puedo cambiar” no me sirve. Si quieres, puedes. Así que aprende a decir NO, aprende a decir BASTA, aprende a reconocer a las personas tóxicas y a no permitir que su toxicidad te duela.