Días de radio

Hay sentimientos que no varían con el paso de los años. Se mantienen inamovibles.

Corría el año 89 cuando cursaba 4º de Ciencias de la Información, rama de Periodismo. Tenía 23 años, una media de dos más que el resto de mis compañeros. Repetí C.O.U. y me tomé un año sabático, como los grandes, para saber qué quería hacer con mi vida.

En clase de radio teníamos de profesor a Ramón Pellicer. En aquella época era uno de los periodistas que daba las noticias en TV3. Salía maquillado del plató y aparecía impecable en clase, con su traje. Apenas tenía 6 años más que yo y era guapo de verdad. Guapo con todas las letras. Pero todo lo que tenía de guapo lo tenía de creído y de sobrado. Y me ponía de mala leche.

Todas las niñas de clase babeaban por él. Yo no entendía que no fueran capaces de ver más allá de sus narices.

Un día en el aula de radio, de paredes aisladas, con la pecera de los técnicos al lado y la mesa en el centro, pidió a cuatro alumnos que saliéramos a hacer una prueba de improvisación. Las cuatro éramos chicas. Sentadas en círculo, con los auriculares puestos y cuatro micros en la mesa, teníamos que leer unas notas que habíamos preparado previamente. El juego consistía en ir leyendo las notas, una por una, mientras el profesor daba vueltas a la mesa. De repente se paraba detrás de alguna de nosotras y nos susurraba al oído una palabra: sol, tierra, viento… y debíamos empezar a hablar sobre esa palabra, improvisando, sin guiones, para perder el miedo escénico a quedarnos en blanco.

Él sabía que tenía una voz seductora, grave, aterciopelada. Y jugaba con ella. Le encantaba ver como las niñas se ponían nerviosas cuando les susurraba una palabra al oído y debían empezar a improvisar mientras les temblaba la voz. A mí no me ponía nerviosa. Me ponía de mala leche. De muy mala leche. Y las improvisaciones me salían con voz firme y contundente. De puro cabreo.

“Tenéis que aprender a controlar el fade in y el fade out”. Y con una caída de ojos y un absurdo suspiro de hastío continuaba: “Ah, seguro que ni sabéis qué es eso”.

Imbécil, no hemos nacido enseñados y a ti te pagan para que nos enseñes. Así que menos lobos, caperucita. Eso lo pensé, pero no lo dije así de claro.

Al terminar la clase le pregunté si podía hablar con él. Me sonrió y asintió. Yo sabía que podría suspender si me metía en camisas de once varas, pero preferí eso a dejar que se me fuera hinchando la yugular. Así que le expliqué que, por muy guapo que fuese, sólo era un profe de radio; y que nos gustaría que nos tratara como a personas, no como a estúpidas que no saben nada; que estábamos allí para aprender y no para cazar maridos.

Se quedó sorprendido y me agradeció la sinceridad. Su actitud en clase cambió. Pero a mí, definitivamente, ya me caía mal.

Veintisiete años después, sigue apareciendo en TV3 dando las noticias del fin de semana. Y sigue jugando con la cadencia de su voz y sus caídas de ojos. Y me sigue poniendo de mala leche.

Desincronizada

Hay días en que todo gira como debe, cada cosa está en su sitio, nada desentona. La vida fluye de manera suave.

Otros, me siento desincronizada del mundo.  No hay manera de encajar, de girar al mismo ritmo, de estar en el sitio que quiere el mundo que esté. Desentono. La vida sigue fluyendo, pero yo estoy en medio del remolino.

No es de repente, como por arte de birlibirloque. Llevo algunos días que me doy cuenta de ello. No es que esté pendiente de mi ombligo, si no que son pequeños detalles de mi comportamiento que activan la alerta. Y noto como me voy desincronizando del mundo y de lo que me rodea.

Mi cabeza va a su aire, subida a una noria llena de interrogantes sin respuesta. Ya no la castigo. La dejo sola, que haga, ya se cansará. La conozco demasiado.

Soy un motor diesel: lenta, pero segura. Me interno en mis emociones, no para frenarlas, ni esconderlas; no para disfrazarlas ni excusarlas. Si no para que salgan, a su ritmo, despacito.  Y entenderlas. Y abrazarlas.

Primero suele ir el Desconcierto de la mano de la Inseguridad. Hablan entre ellos y hacen suposiciones. Yo les dejo un ratito, pero cuando se salen de madre, les freno en seco. Nada peor que las suposiciones.

Más tarde sale la Rabia. Es mezquina y tiene la lengua de serpiente. Pero dejo que se desahogue por lo bajini, sin darle mucha coba. Eso sí, no le permito, bajo ningún concepto, que hable con nadie. No se puede hablar con nadie de nada si se hace desde la rabia.

Al rato largo asoma la Tristeza. No me llevo demasiado bien con ella. No porque me caiga mal, ni mucho menos. Sino porque no sé por dónde cogerla. Le dejo que se acerque, pero no demasiado. Tiene una extraña fuerza que si no vigilas, te arrastra al fondo.

Y después llega la Aceptación. Es más conformista, sí, pero sabe nadar al ritmo del agua, dejándose llevar, jugando con los meandros y agarrándose a los juncos si las aguas bajan bravas. Suelen acompañarle de cerca la Paz y la Calma, que nunca tienen prisa y suelen ir de la mano. Y todo vuelve a fluir como antes.

La dimensión de la palabra “nunca”

Hoy se fue tu padre. De madrugada. Sin avisar.

Y como siempre, se remueven cosas por dentro. Se abren y cierran cajoncitos de la memoria donde todo estaba perfectamente archivado y clasificado. Aparecen recuerdos y aromas, colores y sabores de situaciones vividas hace años.

Primero sentirás que nada es verdad. Funcionarás como un robot trampeando los pasos establecidos y las normas de protocolo. Te encargarás de comunicárselo a familiares y amigos más allegados. Te harás la fuerte, como siempre has hecho, y lo gestionarás todo de manera fría y profesional. No te derrumbarás delante de tus hermanos ni madre porque ellos esperan mucho de ti, todo.

El día en el tanatorio se hará largo y tedioso. Besos y abrazos de condolencia. Caras tristes. Sinceras, algunas. Otras, protocolarias. Y tú seguirás manteniéndote firme en tu sitio.

Mañana será otro día duro. Más horas de tanatorio, ceremonia y entierro por la tarde. Más abrazos, más besos, más silencios. Más lágrimas, más nervios, más ganas de que todo termine y cerrarte en la soledad de tu habitación.

Y pasado mañana vuelta a empezar. Sentirás un día de estos un dolor en el pecho, profundo, oscuro, enorme que te impedirá respirar con normalidad. Y cuando llores te darás cuenta que tus lágrimas no se parecen en nada a las que habías vertido hasta ahora. Que tus gritos ahogados de dolor por la pérdida te asustan a ti misma, porque nunca habías llorado de ese modo. No te asustes, no estás sola.

Con el tiempo aprenderás que la rabia por la pérdida se diluye y se transforma en aceptación. Aprenderás a poder pensar en él y hablar de él desde la ternura y no desde el dolor.

Valora todo el tiempo que has podido disfrutarlo, que han podido disfrutarlo tus hijas. Has sido muy afortunada.  Piensa en el legado que él te ha dejado: tú misma.

Aprenderás también que nunca se irá del todo mientras le recuerdes, mientras hables de él, mientras le dediques tus pensamientos.

Aprenderás la verdadera dimensión de la palabra “nunca” y te darás cuenta en ese preciso instante lo mal que la usamos a diario sin ser conscientes de su verdadero significado.

Bienvenida al club de los huérfanos. En este club nunca estamos preparados para entrar ni sabemos cuándo seremos aceptados.

Esta tarde te daré uno de mis abrazos que ya conoces. Esos largos, cálidos, sincronizando respiraciones. Y no te diré nada. Pero sabré exactamente cómo te sientes. Solo alguien que ya haya pasado por esto sabe perfectamente de qué dolor estoy hablando.

Me gusta

Me gusta el sol de otoño en la cara. Me gusta jugar con los niños y ponerme a su altura. Me gusta beberme una cerveza en verano con los ojos cerrados.

No me gusta la gente falsa ni la hipocresía. No me gusta hacer las cosas por obligación. No me gusta la incoherencia de las personas. No me gusta que cuestionen mi inteligencia.

Me gusta hacerme la tonta y verlos venir. Me gusta disfrutar del silencio y de la soledad. Me gusta pintarme las uñas de los pies en verano.

No me gusta tener los pies fríos en la cama. No me gusta que me toque gente que no conozco. No me gusta que me griten ni que me eleven la voz.

Me gusta abrazar a la gente que quiero. Me gusta que me abracen muy fuerte hasta sincronizar la respiración, me gusta que me toque la gente que me quiere.

No me gustan los guisantes ni el bistec crudo. No me gusta que la gente hable con la boca llena. No me gusta tener que levantarme de la mesa mientras estoy comiendo.

Me gusta cocinar y compartir mesa y risas. Me gusta el olor a mermelada por toda la casa cuando la estoy haciendo. Me gusta beberme el melón.

No me gusta oír ruidos fuertes. No me gusta el viento huracanado. No me gusta ducharme con agua fría. No me gusta oler a sudor. Ni mío ni de nadie.

Me gusta cantar mientras conduzco. Me gusta pasear sin rumbo y perderme por calles desconocidas. Me gusta tener imaginación y volar mientras sueño despierta.

Me gusta estar con mis amigas de toda la vida y llorar de la risa. Me gusta que me sea fácil encontrar cosas que me gustan y tan difícil las que no. ¿Y a ti, qué te gusta?

Mi niña interior

“No sé en qué nos estamos convirtiendo los humanos” decía el otro día un hombre sin nombre. No sé en qué estamos degenerando, pienso yo. Me he encontrado en un brevísimo espacio de tiempo un montón de gente rara.

Comentaba con alguien que me niego a perder ese punto de inocencia que la niña pequeña que siempre llevo dentro aún conserva. La perdí durante años. A esa niña y a la tal inocencia. Y no me gustaba en quién me estaba convirtiendo. Desconfiada, aislada, solitaria. Yo no quería ser así.

Empecé buscándome cuando más perdida estaba. Acercándome despacito a esa niña escondida tras miles de corazas agujereadas. La miraba entre los parches que cubrían los agujeros y allí estaba, sentada en un rincón, encogida, miedosa, triste. No le decía nada, solo la miraba con una sonrisa. Y cada día me acercaba un poco más. En silencio.

Me hacía preguntas a las que no encontraba respuestas. Pero no me castigaba. Me di tiempo para buscarlas en lo más hondo de mí. Sin forzar nada, dejándome fluir, iban apareciendo todas esas respuestas. Y la niña que llevo dentro me ayudó a encontrarlas. Nos hicimos amigas, de nuevo. Y me dio la mano y se agarró fuerte. Y yo a ella, prometiéndole que no la dejaría irse de nuevo.

No perdamos ese niño que todos llevamos dentro. Y si se perdió, busquémoslo y recuperémoslo. Dejemos que salga, que ría, que salte, que se equivoque y que aprenda. Pero sin gritarle, sin castigarle. Porqué como mira él/ella el mundo es la mejor opción que tenemos de seguir viviendo. Sin juzgar, sin castigar, sin reprochar.

San Valentín

Hoy es el día…

De los enamorados…

Cariño, ¿hacemos un maratón de películas románticas?

 

Esa frase no la pronunciaría yo ni que me torturasen. Llevo una semana con antiestamínicos por culpa de todos esos corazoncitos volátiles que aparecen en cualquier esquina. Pastelerías, librerías, zapaterías llenas de corazones colorados en los escaparates. Necesidad de crear una necesidad de comprar para justificar una necesidad de agradar. ¿Estamos tontos o qué pasa?

¿Por qué no intentamos, digo yo, en lugar de tener un día de celebración marcado en el calendario, hacer de cada día un trocito de San Valentín? Y si no cada día, marcarte la meta de algunos días a la semana. No sé, con una nota bajo la almohada; con un abrazo sin venir a cuento en medio del pasillo; con una cenita rica acompañada de un buen vino, los dos, mano a mano, un sábado por la noche…

Yo es que no soy nada de fiestas comerciales. Navidad, Reyes, San Valentín… Los detalles deberían aparecer de repente, por sorpresa.

¿Y tú, qué opinas?

Cincuenta

Hoy cumples 50 años. Ni más ni menos. Y cada año, al llegar esta fecha me doy cuenta que detrás voy yo. En unos meses que me pasarán volando. Y es a partir de cada 12 de febrero que empiezo a tomar consciencia.

Hace que nos conocemos la friolera de… 44 años. Íbamos juntas al cole, en primaria. Recuerdo tus dibujos de caras de niñas, ya eran diferentes al resto. Tenían un estilo propio, muy particular, que yo intentaba imitar, porque nunca he sabido dibujar.

Te sentabas en la última fila de clase y yo en la primera. Durante un tiempo pensé que a los buenos nos sentaban delante y a los malos detrás. Incluso llegué a hacer burla de ello hasta que me dijiste, con 6 años, que estar delante no era ser mejor, sino que nos “controlaban” mejor. Y que los listos podían sentarse al final. Fue uno de los primeros “zasca en toda la boca” que la vida me sopló.

No éramos amigas, éramos compañeras de clase en una clase de 25 niños y 5 niñas. Tú eras amiga de todos, pero te movías más con el grupo de la líder (ahora se llaman “popus”). Yo, gordita, pertenecía al grupo de las “margis”.

Cuando dejamos el colegio y fuimos al instituto, para mí fue una liberación. Empezar de cero en un sitio donde no me conocía nadie. En el nuevo instituto coincidimos tú y yo. Y fue a partir de entonces que empezamos a ser amigas.

Te marchaste a Barcelona a estudiar la carrera. Seguías enfocada al dibujo y lo tenías claro. Siempre te admiré por ello. Yo todavía no sé qué quiero ser de mayor.

Dos años más tarde, (por repetir C.O.U. y tomarme un año sabático para saber qué quería hacer con mi vida) aterricé en Barcelona para iniciar una nueva etapa de mi vida.

Y ahí estabas tú, formando parte de muchos de mis mejores momentos. Has estado ahí en los peores. Hemos crecido, compartido, y llorado juntas. Pero sobre todo, hemos reído mucho juntas.

Muchísimas felicidades por haber llegado a los 50. Hoy tomo consciencia de que yo voy detrás.

Viaje

Un viaje no dura 3, 5 o 10 días. Dura más, muchísimo más. Dura lo que quieras que dure. Un viaje empieza en el momento que te planteas viajar. Y dura…hasta que te mueras. O hasta que recuerdes tus recuerdos.

Decidir a donde ir, buscar información, documentarse… forman parte del viaje. Y da igual si vas en coche o en avión. Da igual si tardas horas en llegar o apenas te da tiempo de abrir el mapa de carreteras. Da igual. Lo importante es viajar.

El momento de hacer la maleta forma parte del viaje. Los “por si acaso” que ponemos las mujeres en la maleta no nos asustan. Y sobre todo que no se me olvide la cámara. Ya es una prolongación de mi cuerpo, siempre colgada del cuello. Y pilas, y cargador de pilas. Nada me duele más que quedarme sin poder fotografiar algo que retiene mi retina pero no mi memoria.

Y una vez empieza el viaje en sí, fuera reloj. Como cuando tengo hambre, duermo cuando tengo sueño. Lo que sí tengo es sed de ver, de mirar, de tocar y descubrir lugares nuevos y desconocidos. Y captar rincones y detalles con mi cámara.

Al volver nunca me siento triste. Disfruto el momento de descargar las fotos, de darles un toque de contraste y brillo para maquillarlas. Me encanta crear su carpeta con fecha para tenerlas ordenadas. Y si el viaje ha sido especial, continuo disfrutando mientras creo un álbum para poder imprimir y seguir disfrutando del viaje.

Y los días pasan y cada vez que hablamos del viaje con un “te acuerdas” es como volver a viajar. Y si me siento a mirar las fotos vuelvo a viajar. Y si alguien menciona ese rincón, viajo de nuevo con la mente.

Por eso los viajes duran mientras sigamos vivos. O mientras recordemos los recuerdos.

Dale tiempo

Dale tiempo, ya saldrá.

No había manera de concentrarse. Ni de encontrar las palabras. Se obligaba a que salieran en fila, una detrás de otra, ordenadas. Y así no funciona. Son libres, no puedes forzarlas.

Sabía perfectamente la teoría. Abrir la mente, dejarse llevar, fluir. Pero era terca como una mula y si quería algo, lo quería ya.

Déjate llevar. Relájate. Cierra los ojos, trasládate a un lugar tranquilo. Visualízalo y respira hondo.

Se hartó de ver la hoja en blanco y se calzó sus deportivas. Le gustaba salir a pasear a cualquier hora, sin rumbo fijo. Eso le despejaba la mente, la dejaba a su aire y ella sola se iba abriendo.

De repente aparecían palabras sueltas, inconexas, que iban ordenándose en una danza abstracta dibujando frases coherentes, blancas, tiernas.

En ese momento sonreía mientras sacaba el móvil para grabar una nota de voz con esas palabras antes de que los pasos de ese baile se separaran demasiado y dejase de oírlas.

Las notas de voz con frases con sentido a partir de palabras inconexas no tenían relación entre sí. Caos. Le gustaba rodearse de esos pequeños caos en su vida que la hacían divertida. Había aprendido a buscar la parte positiva a cualquier situación. Al margen de ser emocionalmente muy sano, es un ejercicio que no siempre resulta fácil, pero la recompensa al esfuerzo vale la pena.

Observaba. Observaba todo con ojos de niña curiosa. Miraba a las personas de reojo y se inventaba historias sobre ellas. Por su manera de caminar, o los movimientos de sus manos, la postura de su cuerpo o el sonido de sus risas, dibujaba personajes anónimos con vidas peculiares.

Con toda esa información y la cabeza llena de mayúsculas y minúsculas, de puntos y comas, de frases concisas y puntos y aparte, llegó a casa renovada tecleando en el aire con esos dedos ansiosos de escritura.