Mi coreano favorito (IV)

 

Tocaba de nuevo sesión de acupuntura con mi coreano favorito. Nunca sabes que va a pasar cuando vas, así que siempre entro a la expectativa.

Me ha abierto él la puerta, en pantalón y camisa, sin su bata blanca, y después de hacerme la reverencia de rigor me ha agarrado por los hombros y me ha estampado dos besos. Como somos amigos…

Me ha hecho pasar a la salita de espera, al lado de recepción “un minuto, Pilar, un minuto” mientras me ayudaba a sacarme la chaqueta.

  • ¿Qué tal las vacaciones, Pilar?
  • Muy bien. En el pueblo de montaña, descansando. ¿Y tú, maestro?
  • Yo, muy mal. Me he caído y mira. (Se levanta la pernera del pantalón hasta la rodilla y me enseña tres cicatrices recientes.
  • No será jugando al golf…
  • ¿Cómo sabes que juego al golf?
  • Esta ciudad es muy pequeña –y me río.
  • ¿Por qué no me llevaste a la montaña?
  • Porque llevaba la maleta pequeña, ya lo sabes.

Me ha dejado un rato en la salita mientras acababa con otra paciente. He echado un vistazo a las fotos de las paredes: el maestro haciendo artes marciales, el maestro con birrete, el maestro con cara de niño bueno en varios diplomas…

Ha llegado su mujer. Me ha saludado y se ha sentado en recepción. Yo la observaba de reojo. Es muy guapa, menudita y anda arrastrando los pies como si le pesara la vida.

Al rato me ha hecho pasar a la habitación minúscula. Me he descalzado, y me he sentado en la silla, al lado de la camilla esperando que llegara el maestro. Entra, me saluda de nuevo y me pide que me quite la camiseta. Obediente, me la quito. Me baja la tira del sujetador para tocarme las cervicales, escápula y ver la rotación del brazo.

  • Qué sexy, Pilar
  • Ya empezamos…
  • Túmbate en camilla.

Me tumbo, riéndome. Y empieza el ritual de clavarme agujas en el brazo derecho y en la pierna derecha. De repente se percata que llevo pantalón de chándal.

  • Muy mal. ¿Qué haces con este pantalón, cariño? (hoy, ni señora, ni de usted. La confianza da asco).
  • No tenía ganas de vestirme y voy cómoda. No pretenderás que me ponga guapa para venir a verte.
  • Pues claro, cariño. Que tú no me quieres… Tienes cara de buena persona, pero mucho carácter, ¿verdad?
  • Hombre, ¿qué quieres que te diga? Soy muy buena persona, pero mis amigos me llaman Lady Dóberman.
  • ¿Qué me dices? ¿Muerdes?
  • Morder, morder, no. Pero te puedo soplar como te pases un pelo –digo riéndome.
  • Tú eres mala…

Su mujer ha entrado, han intercambiado frases ininteligibles y él ha salido, dejándome a solas con ella. Venía con la cajita de moxa y el mechero y venía a quemarme, como cada semana. Ella no me quiere nada y me deja unos puntitos en el hombro de piel quemada con la brasa de la moxa que parecen pecas. Yo pienso en sus antepasados a cada quemazo. Qué siesa es la pobre…

Al rato entra él de nuevo y se va ella. Me pone la mano en el vientre y me dice:

  • Buu, bul, bug…
  • No te entiendo, maestro.
  • Buu, bulldog, Lady Bulldog

Otra carcajada sonora se ha oído en toda la consulta.

  • Lady Dóberman, maestro – sin parar de reírme. – Lady Dóber para los amigos.
  • Eso, lady Dóberman. Mueve el brazo. Ahora te voy a hacer estiramientos. Si daño, me dices.

Me hacía daño y yo gemía cada vez que me apretaba la clavícula con una mano mientras con la otra me estiraba el brazo. Casi me salía la lagrimilla cuando le digo:

  • Vigila con las agujas.
  • Ya lo sé que las tienes. Así no me puedes pegar –y me guiñaba un ojo rasgado.
  • Me haces daño hoy – con voz temblorosa de dolor-.
  • Ya sé, cariño. Perdona, perdona, pero así cura antes. Yo soy Bulldog. Tú, dóberman. ¿si nos peleamos, quien gana?

Mientras estiraba del brazo y yo no sabía si reír o llorar, pero él no paraba de decir tonterías para distraerme. Al final, movía el brazo habiendo ganado movilidad.

Mi coreano favorito (III)

Hoy me tocaba sesión de acupuntura con el descarado del Maestro coreano.

Siempre me hace una reverencia al verme y hoy se la he hecho también yo. Me ha acompañado a una salita minúscula y me ha pedido que me tumbara en la camilla después de sacarme el suéter y descalzarme.

  • ¿Cómo está, Pilar?
  • Muy bien, Maestro (no sé cómo se llama y no quiero preguntarlo para que no crea que quiero intimar. Prefiero llamarle Maestro, que suena más solemne).
  • ¿Y su marido?
  • Muy bien, gracias. Esta tarde nos vamos a la montaña.
  • Eso está muy bien. Desconectar. ¿Maleta grande?
  • No, me llevo lo justo. Allí tengo ropa.
  • No me ha entendido. Si maleta grande, yo me meto dentro y voy a montaña con usted.

Se me ha vuelto a escapar una carcajada sonora mientras él me daba palmaditas en el hombro después de acribillarme con agujas.

Ha salido de la habitación y me he desconectado pensando en mil cosas y en nada a la vez. Cuando ha vuelto me dice:

  • Se aburre cuando la dejo sola, ¿verdad?
  • Pues la verdad es que no. No me aburro nunca.
  • Eso está bien, señora. Antes no entendió lo de maleta, ¿eh? –y me guiña un ojo-.
  • Maestro, es usted un descarado –le digo riendo. – Y tiene mucho morro.
  • ¿Yo? No. Yo soy bueno, es usted la mala.

En ese momento ha entrado su mujer, han intercambiado una mini conversación en coreano que, por supuesto, no me he enterado de nada, y él ha salido de la habitación quedándonos las dos mujeres en ese cuartito minúsculo.

Tocaba sesión de cremación de moxa y creo que se ha ensañado conmigo porque los quemazones de hoy los notaba. Igual le molesta que su marido me haga reír. Qué sé yo.

Se han turnado de nuevo y el Maestro me ha pedido que me diera la vuelta y me quedara de espaldas. Hacía meses que no me tumbaba en esa postura por el dichoso hombro y hoy lo he conseguido. Me ha hecho un masaje-ventosa que me ha hecho pensar en sus tatarabuelos cada vez que me tocaba el músculo infraespinoso y el romboide mayor. Si gemía de dolor me daba palmaditas con la mano libre, así que he optado por morderme la lengua y cagarme en sus muertos en silencio.

De nuevo ha entrado su mujer, se han dicho no-sé-qué-qué-sé-yo en coreano y él ha desaparecido de nuevo.

Y de nuevo se ha ensañado con mi espalda y las dichosas ventosas, pero la verdad es que tengo mayor movilidad.

Cuando ha vuelto él y se ha ido ella le he dicho:

  • A tu mujer no le gusta que me ría porque me ha hecho daño.
  • No, es buena. La mala eres tú, que no me quieres.
  • Y dale… Yo no te quiero. Quiero que me cures, que es diferente.
  • ¿seguro que no puedo meter en maleta?

¿Eres feliz?

¿Cómo puede ser que la gente se pase la vida buscando la felicidad?

Cuando sea mayor de edad, seré feliz.

Ya tengo 18, pero estoy liado con la carrera. Cuando la acabe seré feliz.

He acabado la carrera, pero necesito pareja. Cuando la encuentre seré feliz.

Tengo pareja. Estoy convencido que cuando me case seré feliz…

El cuento este sabéis continuarlo todos. Es aburrido. La felicidad no es una meta.

Yo soy feliz ahora y lo comparto.

Venir de andar toda sudada, darme una ducha fresca, ponerme ropa que huele a suavizante, salir a nuestra super terraza de dos metros cuadrados con una mini tumbona, tomarme una cervecita muy fría (para compensar lo sudado) mientras la luna creciente me mira y esa dichosa hora azul invade el cielo, acompañada de una brisa deliciosa, yo a eso le llamo felicidad.

Disfruto cada sorbo con los ojos cerrados, sintiendo la brisa en mi piel y tengo ganas de compartirlo. Entro en casa y oigo risas adolescentes que llenan el ambiente mientras se miran a los ojos de alguien especial a través de una pantalla. Ella también sabe lo que es la felicidad.

Te miro a los ojos, con una sonrisa y nos entendemos sin decir palabra. Salimos juntos a la terraza  a dejarnos invadir por esa brisa y ese cielo cada vez más oscuro. Sobran las palabras.

Mi coreano favorito (II)

Hoy tocaba de nuevo sesión con el Maestro coreano. Puntual a la cita, me ha abierto su mujer, que se encarga de la recepción y concertación de visitas.

Acompañándome a la habitación con camilla, me ha ayudado a quitarme el abrigo y el suéter con esa cortesía que les caracteriza a los orientales. Digo yo, porque solo conozco a ella y al Maestro Coreano. Me ha preguntado por el hombro y me ha pedido que me tumbe en la camilla. Yo, obediente, en pantalones y sujetador me he tumbado a la espera de mi caballero andante.

El Maestro Coreano ha entrado haciéndome una reverencia:

  • Hola señora. ¿Cómo está? -Y en milésimas de segundo ya me había puesto una mano en la pierna y la otra en el hombro.
  • Pues parece que mejor, recuperando movilidad poco a poco.
  • Y su marido, ¿cómo está?
  • Muy bien, gracias. (Con ganas de llegar a casa y explicarle la sesión de hoy, pero eso lo he pensado. No lo he dicho.)

Ha vuelto a insertarme 5 agujas en el índice de la mano izquierda dónde, según él, se localiza el hombro. Hoy me han dolido de verdad y se me ha escapado un taco de camionero.

  • Perdona señora, perdona. ¿Duele?
  • Pues hoy sí; parece que te ensañes conmigo.
  • Soy yo, señora, soy yo. Si duelo, cura antes.
  • Así, a este paso se me va a curar rapidísimo.
  • Tranquila, señora –mientras seguía con sus palmaditas en cualquier parte decente de mi cuerpo.

Se ha ido hacia mi lado derecho y me ha clavado tres más en el brazo, una en la palma de la mano que me he acordado de su bisabuela, otra en la pierna y dos en el pie.

Llena de banderillas me sentía cual vaquilla indefensa tumbada en esa camilla y él aprovechaba para ponerme la mano en el vientre (con la rabia que me da).

  • Tranquila, señora, que es la más guapa de toda la ciudad.
  • ¿Y por eso te estás cebando conmigo? –mientras me reía.

De repente desaparecía a la habitación contigua donde le esperaba otro paciente durante unos minutos.

Volvía de nuevo y me estiraba el dedo índice y, de nuevo me daba más palmaditas en la mejilla. Yo, por sacar tema de conversación le pregunto:

  • ¿Cuántos años lleva en mi ciudad?
  • Más de veinte –me responde.
  • ¿Y qué le hizo venir a esta ciudad tan pequeña?
  • Usted. Sabía que la conocería.

Esta vez mi carcajada ha sonado tan fuerte que temía que su mujer entrara de un momento a otro a ver qué estaba pasando.

  • Suerte que estoy casado. Los orientales somos serios.
  • ¿Serios? No tienen sentido del humor?
  • Sí, eso sí. Serio porque no gusta divorcio.
  • Ah, serio de formales –digo yo.
  • Usted muy peligrosa.
  • ¿Otra vez? Yo no soy peligrosa. Siempre me hace reír –le comento.
  • Es que usted hace cara simpática y puedo decir cosas. Hay gente más seria, fría y no digo mucho. Pero una hora aquí poniendo agujas y nada más es aburrido.
  • También es verdad.
  • ¿Su marido es cariñoso?
  • (Ya estamos…) Buff, muchísimo.
  • ¿Más que yo?
  • Andevaparar, muchísimo más.
  • (Se me queda mirando fijamente a los ojos y repite) ¿Más que yo?
  • (Me siento atrapada y se me escapa de nuevo la risa) Él no me pone los calcetines como tú, Maestro.

 

Déjame

No se puede ayudar a quien no quiere tu ayuda. No se puede estar en la vida de alguien que no te quiere en su vida.

A veces nos empeñamos en ser importantes en la vida de alguien sin preguntarle siquiera si le importamos algo. Nos prometemos a nosotros mismos que seremos capaces de sacarlos de sus agujeros y enseñarles a ser felices. Tal vez porque alguien nos ayudó a salir de algún agujero. Pero no fue ese alguien quien nos sacó. Fuimos nosotros quienes nos dejamos ayudar y tomamos su mano. Eso no nos da derecho a estirar a nadie de sus profundidades si no quiere ser salvado.

Si me invade la tristeza debo conectar con ella, no bloquearla. Debo sentirla y aceptarla. Debo saber que todo pasa por alguna razón y si estoy aquí y ahora es porque debo aprender algo. Aprender a dar sin esperar nada a cambio, aprender a no crear expectativas, aprender a ser rechazada aunque me haya costado dejarme la piel, aprender que porque yo quiera, no tienen que quererme a mí.

Y me doy permiso para estar triste, y llorar. Y me doy permiso para dejar de hacer nada por esa persona sin sentirme culpable. Y me doy permiso para alejarme sin hacer ruido.

He hecho todo lo que estaba en mis manos, lo mejor que he sabido. He renunciado a muchas cosas por alguien que ni siguiera las valora.

Es hora de tomar de nuevo las riendas, de resituarme, de quedarme con el aprendizaje para que no vuelva la vida a ponerme la misma lección delante.

El maestro aparece cuando el alumno está preparado. Gran enseñanza. Mientras no lo esté, de nada sirven ni palabras ni hechos.

Mi coreano favorito (I)

Hoy he tenido mi segunda sesión de acupuntura por la capsulitis y creo que el maestro coreano me tira los trastos.

Ha sido de la risa. La semana pasada me hizo muchas preguntas. Yo creí que eran para hacerse una idea de mí y de mi estado. Me preguntó si estaba casada o soltera. Le comenté que casada. Me preguntó si tenía hijos y le contesté que no. Pero cuando me preguntó que por qué, aquí ya me entró la risa por ser tan descarado y cotilla y le respondí que “porque no”.

El maestro coreano no mide más de 1,65cm. Canoso, sin dominar el castellano, me llama “señora”. Me da la risa porque tiene esos ojos rasgados que se cierran por nada. Cada dos por tres hace reverencias con la cabeza mientras aprovecha para darme unas palmaditas en las piernas a la vez que me acribilla con agujas y con preguntas.

Hoy me ha dicho:

  • ¿Tiene novio?
  • No, marido. Ya se lo dije.
  • Sí, marido ya dijo. ¿Y novio?
  • No (arqueo las cejas interrogante y empiezo a reírme)
  • Mujeres que vienen aquí tienen novio y marido. Me cuentan muchas cosas. Pero no sale de aquí, señora, no.
  • (No, de aquí, de estas 4 paredes quizá no, pero me lo está contando a mí) Yo tengo bastante con mi marido- le comento.
  • Muy bien, señora. Es usted muy guapa. Parece peligrosa. ¿Seguro no tiene novio? –mientras, me clavaba agujas en la cápsula articular del dedo índice.
  • ¿Yo, peligrosa? –me río – Lo que me faltaba. Yo ya he tenido muchos novios. Llevo con mi marido diez años. No necesito novios.
  • Aquí, mujeres se quejan que maridos trabajan mucho, llegan tarde, no hacen caso, están cansados… y hombres quejan de mujeres con dolor cabeza, con regla, cansadas…
  • (yo no dejaba de reírme) A mí, ni me duele la cabeza ni mi marido llega tarde.
  • Muy bien, señora, muy bien. –Y seguía dándome golpecitos en la pierna o en la mejilla.

Yo creo que el maestro coreano este, como reza su tarjeta, nos visita de dos en dos, porque solo hace que entrar y salir de la habitación a una de al lado y le oigo hablar con otro paciente.

Me ha hecho un masaje con una ventosa que he visto estrellitas de colores. Le he preguntado cómo se llamaba ese tipo de masaje y ha respondido: “masaje-ventosa”. Nada que objetar. Después me ha preguntado si quiero curar rápido o lento.

  • Rápido, por favor, que llevo meses sin mover el brazo.
  • Pues haremos moxibustión, quemar hierba de moxa encima piel para curar rápido.

Mientras enrollaba el vellón de la moxa y lo colocaba encima del punto que previamente había marcado antes en mi hombro para quemarlo me pregunta directamente:

  • Si quiere, puedo ser su novio. Así le puedo curar cada día.
  • Ya se lo comentaré a mi marido cuando llegue a casa y le respondo la semana que viene –digo yo, irónica, mientras me muerdo la lengua para no reírme y no llorar a la vez por el quemazón de la brasa de yesca en la piel.
  • Nooo, a su marido no le puede decir nada. ¿Cómo va a decir a su marido?
  • Yo, a mi marido se lo cuento todo.
  • Pero marido y novio no se pueden conocer.
  • Pues entonces, déjelo, que con mi marido tengo de sobras.
  • Usted mujer peligrosa.
  • Y daaale…

8 de marzo: celebrar, ¿el qué?

8 de marzo: el día de la mujer trabajadora.

Pues no pienso celebrarlo. Como tampoco celebro el día de los enamorados, ni el día del cáncer de mama ni el día de la infancia, ni el día de la naturaleza. Ni tampoco el día del orgullo gay ni el día de la paz ni el día de la televisión (que también tiene su día). Y eso no me convierte en una persona insensible ni en asocial.

¿Por qué no hay un día del hombre trabajador? ¿Acaso no trabajan? ¿Tal vez no son trabajadores? ¿O sencillamente se sobreentiende y no se necesita tener un día para conmemorarlo? ¿El hecho de nacer mujer me hace trabajadora? ¿Si no tengo trabajo no celebro el día de hoy? ¿Tanto si recibo un sueldo como si no, debo considerarme trabajadora ya que la vida en sí es un duro trabajo?

Quieren igualdad. Yo no. No soy igual a un hombre. Ni quiero serlo. Soy, ante todo, persona. Y sólo por ello debo tener los mismos derechos y oportunidades que cualquier otra persona. Me da igual si soy blanca o negra, heterosexual o lesbiana, gorda o flaca. Soy persona. Y tener que estar reclamando los mismos derechos en pleno 2016 me parece terrible y lamentable.

¿Realmente tenemos que preocuparnos si un semáforo lleva vestido para sentirnos que algo está cambiando? ¿Es normal que si viajo con una amiga nos recuerden que “viajamos solas” y los peligros que eso puede conllevar?

Como siempre, preguntas sin respuesta

La edad

Estoy en una edad rara, rara, rara…

Ya no me molesta para nada que me llamen cuarentona. Será porque estoy más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Y mientras escribo esto, me doy cuenta, releyéndolo despacio, que ni yo misma me lo estoy creyendo; no el que me moleste que me llamen cuarentona, sino el que esté tan cerca de los cincuenta. Me suena como si mi “yo” leyera algo de “otro” que no conoce demasiado y le es indiferente. No sé si me explico.

Mirando atrás, ha habido momentos en mi vida que mi edad física no coincidía con mi edad mental. Mi cuerpo se había desarrollado antes que mi mente y parecía más mayor. Alguna vez hemos ido a la par. Pero de un tiempo a esta parte cada vez es más el abismo que existe entre mi edad física y la mental. Y no sé a dónde me llevará todo esto.

Mi cuerpo sigue avanzando en todo. En arrugas, en volumen, en pellejo… Soy, lo que se dice, una mujer crujiente. Cuando me levanto, me crujen hasta las pestañas. Cosas de la edad, dicen… Si a partir de los cuarenta no te duele nada, es que estás muerto, dicen…Si es por eso, yo estoy muy viva. Pero me miro al espejo y no me reconozco a veces. Me miro fijamente y esa de delante es mi otro yo, más viejita, más arrugada, pero no soy yo. Yo no soy tan mayor.

Conste que me encanta cumplir años, que los celebro todos, que no me escondo de los que tengo. Pero me sigue sorprendiendo tener los que tengo porque no coinciden nunca con los que siento. Desde hace años.

¿Eso es malo, doctor?

Jugar a pensar

Cuando desayuno tostadas de pan de molde con mantequilla y mermelada (hecha por mí en verano, rica, rica…) sigo comiéndomelas como lo hacía de pequeña.  Mordisco a mordisco, primero la corteza y dejándome la miga para el final. Unas veces dibujo mapas de países inventados; otras son animales imposibles, pero que cobran vida mientras dura la tostada.

Me pasa lo mismo con las nubes. No me las como, eso no. Pero de pequeña había un campo de alfalfa delante de la casa donde pasábamos el verano. Me gustaba tumbarme en ese campo mirando las nubes. Mi hermano pequeño y yo quedábamos ocultos entre tanta hierba y jugábamos a las nubes, a buscarles formas de cosas o animales. Me encantaba ese juego. Y sigo jugando sola cada vez que las miro. El otro día vi un tiranosaurio Rex chulísimo.

También íbamos los sábados por la mañana a “dar la vuelta” con mi hermano mediano, mayor que yo,  que nos llevaba de aventuras mientras mi madre limpiaba la casa. Cogíamos la escopeta de perdigones y nos íbamos los tres a un  descampado cerca de casa a cazar lagartijas y cortarles la cola. Jugábamos a los indios poniendo la oreja en la vía del tren para saber si venía uno.

En otras ocasiones nos hacía jugar a un juego que, en esa época no acababa de entender, pero que me sirvió para más adelante.  Nos ponía en habitaciones separadas y nos hacía jugar a pensar.  Consistía en cerrar los ojos y pensar en lo que quisiéramos durante 5 minutos, tras los cuales volvería a buscarnos y le explicaríamos qué habíamos estado pensando. No me acababa de convencer ese juego porque yo no sabía que eran 5 minutos y se me hacían muy largos. De mayor le pregunté si ese juego servía para algo o quería que le dejásemos tranquilo esos cinco minutos largos… Se limitó a sonreír sin contestarme.

Y toda esta disertación por una tostada de desayuno. Me alegra saber que la niña que llevo dentro sigue acompañándome. Es muy divertida y me hace reír. Y tiene mucha imaginación. Es un lujazo tenerla cerca.