Cuando ya no esté…

Quiero vivir muchos años más. Me queda tanto por hacer, por tocar, por oler, por saborear, por ver, por sentir…

Pero el día que me vaya para no volver no quiero que me llores. Quiero que me rías. Que me rías todas mis tontunadas, todos mis chistes malos, todas mis anécdotas. Que me recuerdes con una sonrisa o con muchas risas.

No quiero una despedida con lágrimas incorporadas. Quiero una fiesta para celebrar mi paso por aquí. Una fiesta donde se coman cosas ricas y no falten ni las birras ni los gin tonics. Donde las personas que asistan estén contentas por haberme conocido. Una fiesta donde no falte la Música en mayúsculas; donde se escuche al Boss y al gran Slowhand Clapton.

Quiero que os conozcáis entre vosotros, que charléis animadamente, que os expliquéis aquellas historias que vivisteis conmigo y que os hicieron reír. Qué visionéis fotos de situaciones vividas conmigo.

Y colores, quiero muchos colores porque la vida está llena de colores. La gente gris no hace falta que venga. No quiero gente gris en mi vida, no la quiero tampoco en mi muerte.

Mi coreano favorito (VII)

Jueves. Cita con mi maestro coreano. Me ha abierto su mujer acompañándome a la sala de espera. Me ha tenido 15 minutos allí y cinco más en la habitación con camilla esperándole. Rápidamente me he descalzado, sacado la camiseta y tumbado en la camilla antes de que entrara.

  • Hola cariño. ¿cómo estás?
  • Muy bien, maestro.

Me da un beso en la mejilla mientras me coge la mano para “mirarme por dentro”. Ya sé que debo estarme callada unos segundos mientras vete tú a saber qué nota él de mis adentros. Observo que se ha cortado el pelo y que va un pelín acelerado.

  • ¿Estás estresado?
  • Un poco. Mucho trabajo.
  • ¿Te has cortado el pelo?
  • Sí. ¿Se nota?
  • Claro, estás más guapo.
  • Ay, gracias, cariño. Ya no estoy estresado. Ahora muy bien si me dices que estoy guapo. De puta madre. Perdón por el taco.

Ya empezamos con las risas. Me descuadran sus comentarios. Me saca los dos calcetines (no entiendo por qué si solo me pincha en una pierna), me desabrocha el pantalón (con la excusa de que esté más cómoda) y me baja la cremallera. Yo me la vuelvo a subir disimuladamente. Si pretende que esté cómoda, mejor con la cremallera hasta arriba.

Me clava las agujas pertinentes y se sienta al cabezal de la camilla para hacerme un masaje en las cervicales y cuello.

  • ¿Cómo está tu marido? ¿Trabaja mucho?
  • Está muy bien.
  • ¿Te cuida?
  • Sí, claro.
  • Porque si no te cuida, te cuidaré yo.
  • De acuerdo. Ya se lo diré.
  • Noo, no puedes decir nada, mujer.
  • Ah, vale. (…) A mi marido no le gustan las agujas.
  • Mejor, así no vendrá aquí y no nos verá.

Sale de la habitación y le oigo hablar en coreano con su mujer. Al poco entra de nuevo y me dice que me gire de espaldas que me hará masaje con la ventosa. Le recuerdo que hoy la fisio me ha machacado de nuevo la escápula por la parte de la axila y que ni se acerque porque muerdo.

  • Un día te llamaré para morderte.
  • Llegas tarde, maestro. Tenías que haber llamado hace 15 años.
  • ¿Por qué? ¿Estabas soltera?
  • Claro.
  • Aún no es tarde. –Y se queda tan ancho-.

La carcajada ha sido tan sonora que él mismo se ha dado cuenta de la tontería que acababa de decir.

  • Ahora sí que me he pasado de la raya –decía mientras no dejaba de reírse él tampoco. Y ha salido de la habitación.

Se ha acabado la fiesta. Ha entrado su mujer con la cajita de moxa y se ha ensañado conmigo. Como siempre. Quiero contar los quemazos aunque al quinto o sexto empiezo a perderme porqué me cago en todo lo que se menea. Calculo que debe hacerlo unas veinte veces.

Como estoy mejorando y el bolsillo empeora, le pido espaciar las visitas. Nos veremos en dos semanas.

Querida Lola

Querida pequeñaja:

Ya debes haber llegado a tu casa, después de un intenso, intensísimo fin de semana de familia. Y yo, sola en la mía, disfrutando del silencio, no dejo de pensar en ti y en cada minuto que he pasado contigo desde el viernes.

No nos veíamos desde hace 4 meses pero no te haces extraña en nuestros re-encuentros. Te estás haciendo mayor demasiado deprisa y me da vértigo pensar en todas las cosas que me pierdo de ti. Por tanto, prefiero pensar en todas las que disfruto para dibujarlas con letras antes de que se escapen de mi memoria y se escondan en cajoncitos que no sabré abrir.

Quería darte las gracias. Eres demasiado peque aún para entenderlo. Pero te las doy igual, como tú das las gracias cuando recibes algo, desde un trozo de queso (una de tus pasiones) a una cajita de pastillitas diminutas de fresa (porque no pican), tal y como te han enseñado tus papás. Y das las gracias, con tus tres años y medio, en tres idiomas, en función de cómo te estén hablando.

Gracias por ser cómplice hasta el final de todas mis locuras. Por disfrazarte conmigo sin vergüenza, por acompañarme cuando me escondo para dar sustos a los demás. Gracias por reírte tanto conmigo y de mis payasadas, por repetir como un lorito las tonterías que digo y hago. Gracias porque contigo aparece siempre de repente la niña que llevo dentro y vuelvo a tener tres años y medio.

Gracias por explicarme tus cosas, por reírte de las mías. Gracias por inventarte juegos que a mí no se me habían ocurrido y por despertar mi imaginación para inventarme otros en 3 segundos. Gracias por enseñarme canciones que no conocía. La de la película Frozen me martilleará el cerebro varios días, pero me recordará cuando la cantábamos juntas en la calle mientras extendíamos los brazos y bailábamos sin importarnos lo que pensaran los demás. Es tan liberador poder hacer estas cosas sin el peso del qué dirán…

Gracias por refugiarte en mí cuando los demás juegan a perseguirte. Mis abrazos te reconfortan y te protegen. Y en ellos, nada te puede pasar. Gracias por aprender a pillar al vuelo los besos que te mando por el aire y a guardártelos en la mejilla para después. Gracias por esos besos que me lanzas tú. Los atrapo todos y los guardo en la memoria.

Gracias por sentarte a la mesa con los mayores, comer de todo y conversar con todos como si tú también fueras mayor. Es tan divertido escucharte. Gracias por querer sentarte a mi lado para sentirme cerquita. Gracias por enseñarme a cada momento lo autónoma y autosuficiente que eres.

Gracias por subirte a mis piernas y pedirme que te cuente un cuento. Y otro, y otro. Gracias por dejar que te lave los dientes después de hacerlo un rato tú sola (y haberte comido la pasta de dientes de fresa porque sé que te encanta). Gracias por dejarme tumbar en tu cama, a tu lado, y contarte más cuentos y reírnos juntas de nuevo.

Gracias por los momentos que me has regalado y he grabado en vídeo (fotografiarte es harto difícil ya que no paras quieta). Gracias porque en todos te ríes y vuelves a reírte cada vez que los visionamos. Y cuando seas mayor, volveremos a reírnos juntas cuando los volvamos a ver.

Recuerdo tus últimas palabras, ya dentro del coche, antes de marcharte:

  • Lili, cuando venga otro día, haremos más tonterías con las peluqueras, ¿vale?
  • Las pelucas, Lola, se llaman pelucas. Y sí, haremos todas las tonterías del mundo juntas. Siempre.

Mi coreano favorito (VI)

Tocaba visita a mi amigo. Me ha abierto la puerta él, vestido de calle, sin su bata blanca. Unos días sí, otros, no. Me ha hecho la reverencia de rigor antes de acompañarme a la habitación. Una vez cerrada la puerta se me ha abalanzado para darme dos besos. Hoy no tocaba abrazo ni yo se lo he pedido.

  • Ahora vuelvo, Dóberman.
  • De acuerdo, maestro.

Al cerrar la puerta me he sacado la camiseta volando voy, volando vengo y me he lanzado a la camilla panza arriba antes de que volviera a entrar por sorpresa a por su abrazo, como la semana pasada.

Al entrar, yo ya estaba descalza e indefensa en la camilla. Me coge la mano como si me tomara el pulso. De hecho, va moviendo las yemas de los dedos despacito mientras se concentra. Si le hablo, me dice que me calle, que me está “mirando por dentro”. Vale.

Cuando termina le pregunto:

  • ¿Ya no estás estresado como la semana pasada?
  • Ya no, cariño. Cuando te veo se pasa estrés.

Cual vaquilla en la plaza ha ido abanderillándome por codo, mano y pierna derecha. Entre aguja y aguja aprovechaba para darme un beso en la mejilla (¿?), ponerme la mano en el vientre (que rabia me da) o tocarme las piernas, brazos, manos y pelo. Nunca sé dónde me la acabará clavando. Le digo:

  • Maestro, eres muy malo.
  • ¿Por qué? ¿Por beso? Yo no pasar de línea. Yo sé línea donde está.
  • Eso lo doy por supuesto. De lo contrario tendría que enseñarte dónde está y no sería nada agradable –digo mientras me río.
  • Tú si eres mala. Me miras que clavas tus ojos. Yo tengo miedo de dóberman, por eso no paso de línea.
  • Así me gusta, maestro. Que nos entendamos.

Desaparece de la habitación e intento relajarme antes de que entre su señora esposa con la cajita de moxa para achicharrarme. Poco dura el desconecte.

  • ¿Qué tal, Pilar?
  • Mejor, gracias. Te estaba esperando a ti y a tu cajita.
  • Se está curando, –se ríe- cada vez menos dolor.

Suerte que mi caballero andante ha entrado a sustituirla al tercer quemazo. Ella deja que la brasa se apague en mi piel, en cambio el maestro, cuando suelto un gritito ahogado, la apaga con el dedo antes de encender otra. Le digo:

  • Tu mujer me quema siempre.
  • Claro, porque le importas un pito. Como yo te quiero, no te quemo.

Después de la sesión de moxa me ha pedido que me gire de espaldas. Ha empezado con un “masaje ventosa” que sólo tocarme le he dicho:

  • Esta mañana me han tocado el subescapular y estoy dolorida. Cuidado por esa zona.
  • Tranquila, cariño.
  • ¡Ostias! Cuidado por la zona de la escápula que me duele.
  • Lo siento cariño.
  • Mierda ¿Tú sabes lo que es la escápula? Pues por ahí pasa despacito, con cariño.
  • Dóberman, no puedo pasar con cariño por aquí porqué estoy casado y tú también.

Las carcajadas se mezclaban con lagrimillas de dolor mientras seguía con su masaje ventosa de las narices.

Luego ha pasado a los estiramientos del brazo y hombro con un tipo de masajes raros que no sé si son coreanos o inventados. Cada vez que estiraba yo gritaba en silencio.

  • No llores, cariño, no llores.
  • No lloro. Estoy a punto de morder.

Lo que me hubiera gustado ser

¿Qué me hubiera gustado ser sin dejar de ser yo? Sé que me hago unas preguntas un poco raras, pero es lo que hay. No me gustaría ser otra persona. Me gusto yo, como soy. Pero me hubiera gustado ser más cosas de las que soy. No sé si me estoy explicando bien.

Me hubiera gustado ser cantante. Cantante de ópera, de góspel, de blues o de rock. Pero cantante. Eso no significa que cante bien, ni de lejos. Por eso recalco lo que me hubiera gustado ser. El que te dije no se ha quejado nunca cuando en el coche canto a todo trapo las canciones en inglés de las que sólo me he aprendido las vocales y me invento las consonantes. Eso sí, con acento de Boston, Massachusetts. Muchos años de experiencia con el palo de la escoba a modo de micro o el teléfono de la ducha. Éste último menos veces porque no sé cantar sin tragarme el agua. Cantar puede llegar a ser peligroso.

Me hubiera gustado ser bailarina de claqué. Con esos zapatos de media suela metálica, con esos saltitos ágiles y un poco desgarbados, ese ir y venir de brazos intentando agarrarse al aire. He encontrado un curso de claqué por internet y ya la primera clase me ha sido imposible de superar. Sé que no es lo mismo hacerlo con zapatillas de estar por casa y suplir ese ruidito metálico con la lengua y el paladar, pero es que en el comedor de mi casa nadie entra con zapatos, que me rayan el parqué.

Me hubiera gustado ser propietaria y cocinera de un restaurante pequeñito, para máximo 40 personas. Ca la Pilarina se llamaría. Y tendría todos los platos diferentes en tamaños y colores que habría comprado en rastros y mercadillos. Los manteles y servilletas también serían de colores diferentes. Y no se comería nada esferificado ni se parecería en nada a la cocina molecular, que yo soy de letras. Se disfrutaría de unas lentejitas con su costilla, unas patatas al anís con cuello de cordero o unos fideos a la cazuela como Dios manda. Y saldría a los postres, con mi delantal de colores a saludar a los comensales y preguntarles qué tal habían comido.

Me hubiera gustado ser una manitas, arriba y abajo con mi maletín lleno de destornilladores de punta plana, de estrella o de cruz; con su taladro y sus brocas para metal, hormigón y madera. Uno de los regalos que recuerdo con más cariño de mi padre fue una caja de herramientas que aún conservo. Mis amigos me invitaban los fines de semana a comer a cambio de colgarles cuadros, montarles estanterías, incluso abrirles la puerta con una radiografía de mi dentadura.

Me hubiera gustado ser pianista. No tengo ni idea de solfeo ni toco ningún instrumento. Con la flauta me aprendí una vez el “do-re-mi-fa-sol-sol-fa-mi-fa-reeeee”, o lo que vendría a ser “El camino que lleva a Beléééééén” , pero no sé más. Y con 10 años, en un campamento de verano me enseñaron una canción que nunca he olvidado y he podido enseñar a mis sobrinos. Es algo así como “tan ta, rara, tan ta, rara, tan ta, rara, tan, ta, rara… tan, tan, tan, tararararara tan, tan, tan…” Sabes cual digo, ¿no?

Y a ti, ¿qué te hubiera gustado ser sin dejar de ser tú?

Mi coreano favorito (V)

Mi coreano favorito estaba estresado hoy. Me ha abierto su mujer y enseguida me ha acompañado a la habitación libre. Mientras me descalzaba y me quitaba la camiseta para tumbarme en la camilla, rauda y veloz, ha entrado el maestro justo en el momento que la camiseta me tapaba toda la cara. Genial.

  • Te ayudo, te ayudo.
  • Gracias, Maestro. No es necesario. Puedo sola.

Una vez dejada la camiseta me iba hacia la camilla y me frena:

  • No, Dóberman, falta el abrazo.

Ay la leche. Si lo llego a saber le espero con la camiseta puesta. No me volverá a pasar más.

Me clava las banderillas mientras estoy indefensa y va dándome golpecitos en el vientre mientras me pregunta cómo estoy. Le cuento que mejorando, con más movilidad.

  • Ah, y al salir de aquí me voy a hacer un masaje de shiatsu.
  • ¿Dónde?
  • En una escuela de shiatsu que los viernes, los alumnos practican con voluntarios.
  • ¿Pagando?
  • Me invitan de voluntaria.
  • (Risas) Tú eres muy lista.

Desaparece y sin tiempo a pensar en mis cosas aparece su mujer con la cajita de moxa. Le empiezo a tener miedo.

  • ¿Te duele aquí? ¿Y aquí?

La muy condenada sabe apretar justo donde me duele y en lugar de decir sí, opto por gritar flojito para que le quede claro meridiano. Cuento unos veinte quemazos de moxa. Veinte pecas más que me durarán diez días más. Le digo casi al final:

  • ¿Sabes que es lo que más me gusta de la moxa?
  • ¿El qué? –pregunta ella.
  • El sonido de la cajita cuando la cierras porque has terminado.
  • (Risas). Pero va muy bien, cura rápido.

Se va de la habitación y en 3, 2, 1 entra el maestro. Empieza a hacerme estiramiento del brazo mientras me comenta:

  • ¿Por qué cuándo tengo más trabajo llama más gente para venir y cuándo no tengo tánto trabajo me llaman menos?
  • Eso se llama Ley de Murphy.
  • (Risas) ¿Leimufi?
  • Ley de Murphy. Si algo puede salir mal, sale mal. Si se te cae una tostada, siempre caerá por la parte de la mantequilla.
  • (Risas) qué simpática eres. En mi país no lo decimos así.
  • Porque Murphy no era coreano.
  • Dóberman, he visto una pelea de perros en internet, sin querer. Dóberman muerde fuerte.
  • Por supuesto, ¿qué te pensabas? Pero sólo para defenderse.
  • Bulldog muerde más fuerte y en cuello (me guiña un ojo y se ríe).
  • Sí, pero dóberman tiene una derecha que tumba a Bulldog como se acerque demasiado. (Ahora me río yo).
  • Eres muy simpática. Con clientes no hablo así. ¿Tu marido se ríe contigo?
  • Claro que se ríe conmigo. Y yo, con él.
  • Muy bien. Así me gusta.

La becaria

Verano del 89. Yo estaba de vacaciones de mi tercer curso de Periodismo. Entré a trabajar de becaria en el diario local La Mañana, por un periodo de dos meses.

Teníamos la opción de firmar como “La Mañana”, donde el responsable final de la noticia era el propio diario, o con nuestro nombre y apellido, donde la responsabilidad recaía toda sobre uno mismo. ¿Cómo firmaba yo con casi 23 añitos? Con mi nombre y primer apellido. Me enviaban de aquí para allá de la ciudad, acompañada o no de un fotógrafo, para informarme de lo sucedido y, luego, en redacción, escribir la noticia en la plantilla de la página. Una vez acabada, la presentábamos al director quien le echaba un vistazo y daba (o no) el visto bueno. De ahí se enviaba a impresión. Estaba en la sección: “Cultura y espectáculos”. Igual informaba de la visita de una coral como de la inauguración de la fiesta mayor de algún barrio.

Agosto. Fiesta Mayor de un barrio de mi ciudad: Balafia. Me presenté a cubrir la noticia de la inauguración. La gente de vacaciones, cuatro gatos quedaban por ahí. Yo no conocía ni al Alcalde, pero alguien se acercó hacia donde yo estaba y saludó al señor de mi izquierda:

  • Hola, señor Alcalde. ¿Cómo es que sólo hay dos cabezudos? Somos un barrio pobre pero humilde y muy trabajador.
  • Es que los demás cabezudos están de vacaciones –respondió el Alcalde, sonriente y distendido, sin saber que la reportera dicharachera estaba con la antena puesta a su derecha.

Yo, disimuladamente, tomaba notas en mi mini-libreta de apuntes mientras esperaba que llegase el fotógrafo que estaba en el campo de fútbol, en la presentación de un nuevo fichaje para esa temporada. Éste se retrasó tanto que acabaron los discursos de inauguración del Alcalde y de un diputado por mi provincia. Acto seguido empezó a desfilar el pasacalles más cutre que he visto en mi vida: un par de cabezudos y media docena de críos corriendo y saltando detrás de ellos.

Llegó el fotógrafo una vez acabado el pasacalles. Y yo sin foto para la noticia. Me presenté al Alcalde y le pedí que posara junto al diputado y tres niñas representantes del barrio con sus trajes típicos para que diera sensación de “fiesta”.

Eran pasadas las nueve de la noche cuando llegábamos a la redacción. Escribí deprisa la noticia mientras el fotógrafo se fue al laboratorio a revelar las fotos. Pasé por el despacho del director a enseñarle mi noticia firmada con mi nombre y apellido. Titular: “Dos cabezudos anuncian la Festa Major de Balàfia”.

  • Pilar, ¿estás segura que ese es el titular?

En esa época yo era muy “polvorilla” (muchísimo más que ahora, dónde va a parar) y me indignó que fuera tan cutre. Así se lo expliqué al director comentándole cómo se quejaba la gente del barrio. Y para mí, la noticia no era la inauguración en sí, sino lo cutre que fue.

  • ¿Y la foto?
  • Se está revelando.
  • Envíala a impresión.

Yo, más feliz que una perdiz por haber podido mantener mi titular, recogí y marché a casa satisfecha por el trabajo bien hecho.

Al día siguiente, al llegar a redacción a media mañana noté que todos me estaban mirando de reojo. No entendí nada. Cogí un periódico nuevo y fui a mi mesa a echarle un vistazo. Me encantaba abrirlo recién estrenado y buscar mi noticia. Con mi nombre y apellido.

Allí estaba. Mi noticia, con su título y subtítulo, con su foto y su pie de foto.

Sonó el teléfono:

  • Diario La Mañana, buenos días –con la mejor de mis sonrisas.
  • ¿Pilar C. es usted?
  • Sí, soy yo.
  • Soy el Alcalde. Soy el hazmerreír del Ayuntamiento. ¿Se siente orgullosa?
  • Usted hace poco que está estudiando periodismo, ¿verdad?
  • Estoy en tercero.
  • Pues como en 20 minutos no esté en mi despacho, le abro tal expediente que no trabajará de periodista en su vida.
  • ¿¿??

Y colgó el teléfono.

Yo no entendía nada. La gente de redacción me seguía mirando de reojo. Y volvió a sonar el teléfono:

  • ¿Pilar C?
  • Sí, soy yo.
  • Somos tus compañeros del diario El Segre. Llamábamos para felicitarte. Olé tú. Por fin alguien dice las cosas por su nombre. Eso de llamar cabezudo al Alcalde de manera tan sibilina es un puntazo.

Volví a mirar la noticia. Titular: “Dos cabezudos anuncian la Festa Major de Balàfia”. Foto: del Alcalde y el Diputado. Pie de foto: “El Alcalde y el Diputado”

Me quería morir. Llamaba cabezudo al Alcalde en un titular con su foto. La foto la había montado yo. Y constaba mi nombre y apellido en la noticia. Me puse a llorar desconsolada y entré en el despacho del director sin llamar a la puerta:

  • Me ha dicho que si en 20 minutos no estoy en su despacho me abrirá un expediente que no trabajaré de periodista en mi vida.
  • ¿De quién hablas? –Mi entrada llorona le dejó fuera de juego
  • Del Alcalde.
  • Esas no son maneras de proceder de él. Deja que haga un par de llamadas.

No contestó ni en casa ni en el ayuntamiento. Por lo que llegamos a la conclusión que alguien de más arriba me había dado un toque para que no volviera a pasarme de lista.

Si Dios no te da hijos…

…El diablo te da sobrinos.

Siempre he dicho que soy una mujer muy afortunada. Tal vez porque sé ver la parte buena de las cosas; busco siempre lo positivo descartando lo negativo; disfruto con pequeñas cosas que se hacen enormes en función de cómo las miras.

No tengo hijos. Y me hubiera gustado. Mucho. Pero tengo la grandísima suerte de tener sobrinos. Siete. Y tres nietos-sobrinos que, a mi edad, todavía puedo disfrutarlos jugando con ellos en el suelo, aunque después me cueste horrores levantarme.

Mi primera sobrina nació un mes antes de que yo cumpliera nueve años. Era el año 1975. Estaba con mi hermano pequeño en casa de unos amigos ya que mi madre estaba en Barcelona con mi hermana. Al llegar del colegio nos dijeron: “hay un par de niños que han sido tíos esta tarde”. Nos pusimos a saltar locos de contentos y corrimos hacia casa para llamar por teléfono y tener más noticias.

Disfrutar de esa pequeñaja a esa edad fue uno de los mayores regalos que la vida me dio. Pasábamos tiempo juntas en verano. Y con sus tres añitos era una resabida de cuidado que te corregía el cuento de Caperucita si no utilizabas exactamente las mismas palabras que el día anterior. Fue creciendo y, aun siendo mi sobrina, se convirtió en mi hermana pequeña, en mi amiga. Y hoy día, mamá de dos bebotes preciosos, me ha vuelto a regalar dos tesoros más para mi colección.

Mi segunda sobrina nació cuando yo tenía 13 años, en 1980. Una preciosa muñeca con un pelo larguísimo y negro que la confundían con coreana (¿coreana?) y preguntaban si la habían adoptado. Me gustaba disfrutarla y hacerle de canguro, cantarle canciones y enseñarle a levantar los pies marcando el ritmo de la música. Hoy en día es una mujer independiente, hace unas tartas impresionantes y baila swing. Me encanta.

Mi tercer sobrino nació cumplidos mis 15 años, en 1981. Lo traían cada día a casa para que mi madre lo cuidara un rato y lo disfruté más de cerca. Nunca olvidaré uno de nuestros paseos cuando tenía menos de 4 años y lo llevaba de la mano. Pasó por nuestro lado un gran danés, precioso, y el peque me estiró de la mano y me dijo:

  • ¡Mira tatapili, un caballo!
  • No es un caballo. Es un perro (aguantándome la risa).

Lo volvió a mirar detenidamente y se reafirmó:

  • No tatapili, es un caballo.

En navidades era divertido tenerlos en casa, inocentes, esperando a que mi hermano pequeño entrara vestido de Papá Noel con un saco de regalos. Esas caritas las tengo grabadas en la memoria. Hoy es papá de un trasto, mi segundo sobrino-nieto.

Mi cuarto sobrino nació cuando yo tenía 18, en 1985. El juguete de la casa. Recuerdo cuando le enseñaba a atarse los zapatos. Era un conguito con el pelo rizado y esa boquita tan tierna. Unas navidades no teníamos el tronco de madera para que “cagara” juguetes y le pregunté:

  • ¿De qué están hechas las sillas?
  • De madera, tatapili.
  • ¿Y si le damos de comer a la silla? Si se lo come todo, tendrá que cagar. ¿Lo probamos?

Y le dimos mandarinas que se zampó en un plis plas cuando él estaba distraído.

  • ¡Tatapili, tatapili, se ha comido las mandarinas. Ahora tendrá que cagar juguetes!

Santa inocencia. Esa Nochebuena, golpeaban una silla cubierta con una manta en espera de regalos. Fue muy divertido ver su cara de alegría.

Siempre me decía que cuando fuera mayor quería viajar mucho. Ahora vive en Cambridge. Es un crack de la repostería. Cuando aterriza por aquí, intento disfrutar de su compañía.

Mi quinto sobrino nació cuando yo ya vivía en Barcelona y tenía 21 años. Corría el año 1988. Como iba a la universidad por las tardes, lo cuidé todas las mañanas durante unos meses y fue un poquito mi bebé. Me lo llevaba hasta el gimnasio y lo dejaba en una esterilla quietecito mientras yo hacía aeróbic.

Recuerdo un día, con cinco meses, tumbado en una manta en el suelo mientras le hacía la papilla de verdura para comer, se dedicó a estirar el brazo hasta tumbar una planta que, al caer encima de la manta no hizo ruido. Toda la tierra que cayó era un mundo nuevo por descubrir. Y empezó a cogerla y ponérsela en la boca. Yo entré en el comedor con la papilla a punto y vi el panorama. Todo rebozado de tierra. Empecé a llorar asustada de lo que podía haber pasado. Llamé a mi hermana y le dije que si con 5 meses hacía eso, ya nos podíamos preparar. Tenía tierra hasta dentro de los pañales. Hoy es geólogo (¿premonición?) y vive en Madrid. Cómo ahora ya es tío de dos sobrinos, sabe lo importantes que son.

Hasta los 33 no volví a ser tía. Nació mi sexta sobrina un año y medio después de perder a mi madre y fue como la llegada de la primavera a casa. Yo vivía en Barcelona y ella en Lleida y no la disfruté como me hubiera gustado. Pero desde el 2007 la tengo a un tiro de piedra y he podido ejercer de tía. Ahora es una adolescente preciosa que está en EE.UU y volverá en Julio hecha una mujercita.

La peque de la familia (hasta que llegaron los bebotes) nació en el 2002. Siempre fue muy divertida y ocurrente, traviesa y pizpireta. Es una personita muy especial, que habla de emociones y de crecimiento personal como quien habla del tiempo que va a hacer. Es como mi “mini-yo”. En plena adolescencia, me gusta disfrutar de ella cuando se queda en casa a dormir.

Les he dicho muchas veces que les quiero. Sé que lo saben. Lo que no sé si son conscientes de lo importantes que son todos para mí y lo orgullosa que me siento de cada uno de ellos.