Tal día como hoy

15 de abril del 2004

El colegio donde fui de pequeña celebra su 50 aniversario y ha organizado una cena para alumnos y ex-alumnos el próximo 29 de mayo. He oído que irán unas 800 personas. Por un lado me haría ilusión asistir. Por el otro, me da pereza, ya que casi no mantengo relación con los ex-compañeros, salvo con Núria.

25 de abril del 2004

Núria confirma asistencia, así que yo también me apunto. La aventura es la aventura. Me lo puedo pasar genial o de pena, pero quien no arriesga, no gana.

29 de mayo del 2004
13:00h

Hoy es la cena de aniversario y no me apetece nada ir. Parezco una vieja gruñona. Con la de cosas que tengo pendientes por hacer y ahora tengo que coger el tren. Pico algo para comer y preparo la mochila con lo primero que encuentro. La cena ya la he pagado y he quedado con Núria, así que, actitud mental positiva.

19:30h

Casi pierdo el tren. He tenido que correr para llegar a tiempo. Suerte que un libro me ha hecho el viaje más llevadero. Todavía estoy cruzada. Me he encontrado con Núria y vamos juntas hacia el colegio. Sigo refunfuñando, sin ganas de ir a la cena y Núria sigue riéndose de mí, como siempre que me cabreo. Creo que me tiraré al alcohol por no cortarme las venas.

20:00h

El patio está lleno de niños que corren, de padres en corrillos, de ex-alumnos saludándose con alegría. Ambiente de fiesta. Paseamos mirándonos los unos a los otros, a ver si nos reconocemos. Es una situación muy extraña. Miramos sin saber qué encontraremos. Llevaba 21 años sin pisar esta escuela.

Nos acercamos a la barra. Con una cerveza en la mano es más soportable la situación. Algunos rostros me suenan pero soy incapaz de ponerles nombre.

21:15h

Seguimos dando vueltas por el patio con Núria. No hemos visto caras lo suficientemente conocidas como para acoplarnos con ellas a la cena. Y las que hemos visto, iban en familia. Así que acabaremos cenando solas entre 800 personas. Genial. Nos podríamos haber ido por ahí, como dos marquesas, y no aquí, que parece el banquete de una boda gitana.

21.30h

Empezamos a desfilar de manera ordenada después de entregar un tiket a unos padres de la AMPA, que organizan todo el tema de la fiesta, y caminamos  hacia la gran carpa donde se sitúan 20 mesas largas de 40 personas cada una. ¡Me va a dar algo! No sabemos dónde sentarnos. No conocemos a nadie.

Nos encontramos al padre de Núria y a su pareja. Así que decidimos sentarnos los cuatro juntos. Como yo no tengo el cuerpo jotero, decido buscar una punta de mesa y ocupar esos 4 asientos para bloquear mi izquierda con mi querida Núria y no tener a nadie a mi derecha, ahorrándome conversaciones de ascensor. Las risas de Núria son directamente proporcionales a mi cabreo. Cuanto más me cabreo, más se ríe ella.

Encuentro una mesa libre y ahí que me lanzo a guardar 4 asientos. No me doy cuenta que el resto de las 800 personas se sientan ordenadamente siguiendo instrucciones de los organizadores. Se me acerca uno de ellos, impertinente hasta las cejas, y me dice que allí no me puedo sentar, que la gente se sienta llenando las mesas de manera progresiva y esa mesa aún no ha empezado a llenarse. Iluso… no sabe quién soy yo.

  • Perdona, pero yo me siento aquí. Así que, si quieres, puedes empezar a llenar la mesa a partir de esos cuatro asientos reservados.
  • Es que estamos sentando a la gente para que no queden huecos en las mesas y se empezará a llenar por la otra punta.
  • Me da igual por dónde sentarás al resto. Yo me quedo aquí y de aquí no me voy a mover.

El impertinente me deja por borde y se marcha a continuar con su labor. Otros organizadores me vienen a amonestar y yo les señalo al cabecilla, al impertinente. Él les hace signos con las manos y se le entiende perfectamente lo que está diciendo: “dejadla, que está loca”.

Núria no para de reírse mientras crece mi cabreo en esa cena absurda. El impertinente me reta con la mirada y yo se la mantengo. ¿Quién se habrá creído que es?

22:00h

Empieza la cena. Camareros arriba y abajo, críos correteando por la sala dando por saco a los que no tenemos críos. Voy a dejar temblando el tinto este, a ver si entro en calor y me apaciguo.

Musiquita cada vez que entran un plato. Estoy Almodóvar total, al borde de un ataque de nervios. Esto parece una boda de horteras. Sólo falta que alguien se levante agitando la servilleta y gritando: “vivan los novios”.

Justo en ese momento, el impertinente más impertinente de todos los impertinentes del mundo mundial se levanta, servilleta en mano y grita: “viva el Sant Jordi” y 798 corean: “viva”. Yo, no.

Núria continúa riéndose y yo continúo bebiendo tinto para entrar en una nueva dimensión.

00:00h

La cena se ha acabado. Con el puntillo todo se ve diferente. Paseando entre las mesas encontramos a compañeros de nuestra clase y nos sentamos a tomar algo con ellos.

La carpa se despeja de mesas y empieza a tocar la orquesta.

02.00h

Salimos a la pista a bailar. Empieza a quedar lo mejor de cada casa. Después de varios bailoteos y un par de gin-tonics, me encuentro cara a cara con el impertinente.

  • ¿Ya te has podido sentar? –me pregunta achinando los ojos.

Capto la ironía y le sonrío mientras me invaden los remordimientos:

  • Perdona por mi comportamiento anterior. Ya sé que tu trabajo era sentar a la gente de manera ordenada, pero es que estaba cruzada.
  • No te preocupes. He conseguido sentar a las otras 798 personas sin ningún problema.
  • ¿Eres ex-alumno?
  • Soy padre de dos alumnas y estoy en la AMPA. ¿Y tú?
  • Yo sí soy ex-alumna. Vine de los 6 a los 16 años.
  • Tu cara me suena. ¿No serás la madre de algún niño de P4?
  • No, no tengo hijos. He venido con una amiga, pero ya se ha marchado. ¿Y tú, con quién estás?
  • He venido solo. Estoy separado. ¿Vives aquí, en Lleida?
  • No, vivo en Barcelona. Me marché a estudiar Periodismo y allí me quedé.
  • Perdona, me llamo Alfred. ¿Y tú?
  • Ah, sí, es verdad que no nos hemos presentado. Soy Pilar.

Su cara cambia de repente. Como si le hubieran golpeado la cabeza. Palabras como “Pilar, Periodismo y Barcelona” le abren cajones de recuerdos que tenía cerrados con llave. Y su mente viaja al verano de 1987.

  • Pilar, soy Alfred. –me repite, con los ojos muy abiertos mientras alza las manos.
  • Ya… ya me los has dicho. (¿A ver si además de impertinente va a ser tonto?)
  • Pilar, ¿tú no tenías una amiga, Anna, que trabajaba en La Unión y el Fénix?
  • Claro, Anna, que se fue a Barcelona; se enamoró de un parisino y se marchó a vivir a París. Todavía tenemos contacto.
  • ¿No te acuerdas de Sisco y de mí, de esas cuatro noches que salimos de fiesta con Anna?

De repente, a la que le cambia la cara es a mí, que viajo de golpe a 1987 y recuerdo con detalle esas cuatro noches que pasamos, llenas de risas y complicidades, de anécdotas y recuerdos que no habíamos olvidado ninguno de los dos. Cuatro noches en las que no pasó nada porque yo ya tenía un novio. Y diecisiete años más tarde la vida, traviesa, decide reunirnos de nuevo.

29 de mayo del 2016

Hoy, compartiendo vida, casa y sofá, celebramos como cada año, nuestro reencuentro en esa cena de ex-alumnos. Y pienso, pensamos que hemos sido muy afortunados al volvernos a encontrar.

Verte crecer

Cada vez que comparto algo contigo soy plenamente consciente de lo que hago. Todos mis sentidos se activan y me concentro en el “ahora” sabiendo que mis palabras no solo las oyes sino que las bebes, las comes y las digieres. Por eso debo medirlas, a veces, para que puedas entender exactamente lo que quiero trasmitirte.

Mantener conversaciones “inteligentes” contigo es muy, muy gratificante. Ya no eres una niña. Eres una adolescente en plena metamorfosis. Te estás definiendo como persona, yendo hacia donde quieres estar y ser de mayor. Tus reflexiones, lejos de sorprenderme, me emocionan. Tu potencial, que a mi edad soy capaz de ver aunque tú ni tengas idea de lo que significa, es impresionante.

Desde que te conocí con 6 años supe que eras especial, diferente. Y eso te ha costado lágrimas ya que estás en una edad tremendamente difícil que si no encajas con los borregos de la mayoría, te miran como un bicho raro.

Me encanta cuando me explicas sorprendida que la mayoría de gente de tu edad tiene la mentalidad demasiado cerrada, que cuando se hagan mayores se pegarán una buen trompazo con el mundo real; que sus “valores” (por llamarlos de alguna manera) sean tan diferentes a los tuyos. Me apasiona oírte decir que te sientes como una “cuarentona” al lado de ellos. Después te explicaré que ser cuarentona es de lo mejorcito que te puede pasar en la vida.

Tus reflexiones, tu madurez, tu manera de disfrutar de tu adolescencia es admirable. Verte observar una puesta de sol, escuchar los sonidos de la naturaleza, disfrutar con un plato de pasta, son esas pequeñas cosas que sabes valorar y a las que les has llamado felicidad. Aceptas todo lo que te ha pasado, todo lo que has sufrido y lo que has disfrutado porque eres consciente que hoy, ahora, eres así como eres por todo ello. Yo no lo aprendí hasta mucho más tarde.

Recuerdo una de nuestras conversaciones: ¿Qué es mejor, inventar un tele transportador o una máquina del tiempo? Yo, que crecí con Regreso al futuro dije sin pensarlo que yo inventaría una máquina del tiempo y volvería atrás para rectificar algunos errores. Me miraste y me dijiste muy tranquila que tú preferías el tele transportador. Si cambiáramos nuestro pasado, no seríamos como somos ahora. Con lo que me estás demostrando que te sientes orgullosa de cómo eres. Y no te imaginas cómo me alegra saberlo.

Sabes que te quiero. Pero nunca podrás imaginar cuánto.

Mi coreano favorito (Último capítulo)

Bueno, eso de favorito, favorito… Habían pasado dos semanas desde la última visita y no tenía ningunas ganas de ir a la sesión se acupuntura. Me vino a la cabeza el cuentito del argentino que se fue a vivir a Toronto. Te paso enlace por si nunca lo escuchaste.

https://www.youtube.com/watch?v=R6zzbxq7ezI

Un día hace gracia, dos me río. Pero era la visita número 10 y ya estaba harta de agujas, de besitos, de coreanos, de moxas, de ventosas, de abrazos, de señoras y de cariño. Y sobre todo, harta de abrir la cartera y ver volar billetes.

En dos meses que llevo entre la acupuntura y la fisioterapia he ganado bastante movilidad. Hoy, justamente, me visitó el traumatólogo del centro de rehabilitación y me felicitó diciendo que era muy buena paciente. Yo me lo he tomado como un cumplido.

¿Por dónde iba? Pues eso, que he llegado con 10 minutos de retraso. Me ha abierto la siesa de su mujer con una sonrisa falsa y aburrida y me ha hecho pasar a la salita.

Mientras esperaba he echado una ojeada a los diplomas del maestro y he visto su fecha de nacimiento: 19 de mayo. Hoy era su cumpleaños.

Al momento me ha venido a buscar, saludándome cortésmente pero sin aspavientos (había una cliente delante) y me ha acompañado al cuarto.

Como ya me conozco el protocolo de pura desidia, me he descalzado, me he quitado la camiseta y me he tumbado en la camilla esperando que la hora pasara lo más rápido posible.

  • Hola Pilar. ¿Cómo estás? –mientras se abalanzaba para darme dos besos.-
  • Muy bien.
  • ¿Y el hombro? –Me cogía de la muñeca para tomarme el pulso de esa manera tan rara que hace él.-
  • Bastante mejor. Hoy creo que haré la última sesión.
  • ¿Cómo es eso?
  • Porque llevo 10 y el bolsillo se resiente.
  • Dinero, dinero…
  • A ti te sobra. A mí me falta. Es así de sencillo. Por cierto, maestro, felicidades. Hoy es tu cumpleaños, ¿verdad?
  • ¿Cómo lo sabes?
  • Yo sé muchas cosas. Soy muy lista.

Y se volvía a tirar en plancha para darme más besos.

  • Bueno, maestro. Ya vale de tanto besuqueo. Que la línea es muy fina.
  • Huy, que hoy estás enfadada, cariño. No te enfades conmigo.

Realmente me he dado cuenta de lo importante que es la actitud al hacer las cosas. Ya he salido cruzada de casa sabiendo que era la última visita y estaba el plan lady Dóberman.

Después de tomarme el pulso veinte veces en cada muñeca, apretando con saña para ver no-se-qué por dentro, me ha clavado tres agujas en el dedo gordo del pie derecho que me han hecho soltar un taco de camionero tal que ha entrado su mujer a ver qué pasaba.

  • ¡Joder! Que vengo por la capsulitis del hombro izquierdo. ¿Cómo me clavas tres agujas ahí si no lo has hecho nunca?
  • Lo siento, cariño. ¿Duele? Es que en el dedo casi no hay carne.
  • ¡Pues será por carne! Tengo lorzas por todas partes.
  • ¿Lorzas?
  • Déjalo.

Creo que se ha debido acojonar un poco porque ha salido de la habitación sin decir ni mú y me ha dejado sola.

Al rato:

  • ¿Estás enfadada?
  • No.
  • Estás muy seria. -Y seguía tomándome el pulso, ya me dirás tú para qué narices.-
  • ¿No me encuentras el pulso hoy o qué? A ver si va a resultar que estoy muerta…
  • Calla que no me concentro.

Me ha sacado las agujas, me he tumbado de espaldas y me ha hecho uno de esos masajes inventados que me cagoentodoloquesemenea.

Yo creo que como sabía que era el último día, se ha ensañado conmigo.

Tendría que haberme callado la boca.

Esperando a Bruce (II)

Y llegó día B, de Bruce, de Boss… El día de volverle a ver por cuarta vez. Y eso que ha venido más por aquí, solo que el bolsillo no me lo permitía. Pero esta vez, Abi, mi sobrina mayor, que parece mi hermana pequeña, me regaló la entrada porque este año me caen los 50, así de repente, casi sin verlos venir.

Abrí mi caja de recuerdos y encontré las entradas de los conciertos anteriores:

  • El 4 de agosto del 1988.
  • El 11 de mayo del 1993.
  • El 16 de octubre del 2002.

El día amaneció con un sol precioso después de toda una semana de lluvias. Se hablaba de algún chubasco por la tarde, pero yo sabía que no llovería. Era uno de mis presentimientos. Transcurrió tranquilo, sin pensar en la noche que me esperaba. Desconectada del concierto para disfrutar cada segundo que ese día me brindaba. Carpe Diem.

A media tarde cayó la del pulpo a dos horas de salir de casa. Pero eso no nubló para nada mi estado de ánimo que empezaba a alterarse por la proximidad del evento.

Se hablaba de extremas medidas de seguridad, se hablaba de ir con antelación para que la entrada al Camp Nou fuera fluida y no se produjeran aglomeraciones, se hablaba de que no se podía entrar con paraguas, ni botellas de más de 50cl con tapón, no fueran a usarse como armas blancas.

Un par de bocadillos y un par de botellas de agua era todo lo que nos llevábamos al salir de casa, junto con las entradas, claro. Andando hacia el estadio, íbamos encontrando ríos de gente que caminaban en la misma dirección. Abi me comentaba que yo le había transmitido esa pasión por el Boss de bien jovencita. Hablábamos  de algún concierto anterior que habíamos ido juntas, o de alguno que sin ir juntas, nos habíamos llegado a encontrar en pista, de conciertos en los que ella había podido disfrutar de Bruce. Y así, charlando, acelerábamos el paso, adelantando a la gente para llegar antes.

Plantarse en el Camp Nou con una hora y cuarto de antelación y ver ese hormiguero de un lado para otro, buscando la puerta de acceso de su entrada, me hacía sentir cosquillas en el estómago. La media de edad superaba la mía, quizá. O no. Y qué más da. Grupos de amigos, familias con hijos adolescentes que habían crecido con su música, todos andando ordenadamente hacia el estadio. Menos nosotras, que continuábamos a toda marcha.

  • Perdón, esta cola (a más de 500m del acceso) ¿para qué puerta es?
  • Para las puertas 3 y 4.
  • -Y dirigiéndome a mi sobrina le susurro -Acelera disimuladamente, que la nuestra es la 4 y no nos comeremos esta cola.
  • Eres una ilegal.
  • Tú te callas, que soy tu tía.

Así, de repente, en lo que se tarda en andar 500m a paso ligero, aparecimos delante de la puerta. Con una maestría que solo te la da el descaro, y los años, nos acoplamos al lado de un grupo reducido que no nos vio venir, ni ellos ni los de detrás. Cara de póquer, eso es muy importante.

Esperando las grandes medidas de seguridad ya estábamos dentro del estadio sin darnos cuenta. Ni tiempo me dio de sacar el tapón a la botella de agua y me lo hicieron tirar. Mi sobrina, más hábil y rápida, ya lo llevaba en el bolsillo. Esta despunta, me gusta.

Habíamos llegado al otro extremo del estadio a las 19.50h y veinte minutos después ya le habíamos dado la vuelta, esquivando una fila de 500m, pasando tres accesos de seguridad al recinto, subiendo tres plantas del mismo y nos sentábamos en el gol norte, justo delante del escenario, en la primera fila de la tercera gradería. Espectacular.

Aprovechamos para darle un viaje al bocata y enviarlo al más allá mientras las 65.000 personas restantes se preparaban para el concierto.

Con algo de retraso el gran Boss entró en escena. No recuerdo qué hicieron los demás, pero yo empecé a gritar como una poseída. Loca perdida. Fan total.

Empalmaba una canción tras otra. Justo rasgaba el último acorde con su guitarra, mientras todos aplaudíamos y gritábamos, que ya volvía con su mítico “one, two, three” y daba comienzo al siguiente tema. Derrochaba una energía solo digna de los más grandes.

Un concierto, de más de tres horas y media, dio para que aparecieran y se mezclaran muchas emociones. Brutal. ¿Sería esa la palabra? Espectacular. No describiré su setlist porque se puede encontrar en cualquier crónica de periódico. Solo diré que es uno de los mejores repertorios, por no decir el mejor, que podía haber tocado. The River Tour viajaba al pasado, 35 años antes, demostrando que sus canciones no han pasado de moda y se han convertido en himnos. Himnos coreados por todos sus seguidores, de edades dispares, pero unidos por su música y sus letras.

La conexión de Bruce con Barcelona se sabe legendaria. Y yo he podido disfrutar una vez más de este mágico momento con la mejor de las compañías: Abi, mi sobrina mayor.

Esperando a Bruce (I)

La navidad del 86, recién cumplidos los 20, recuerdo con muchísima ilusión el regalo que mi querido amigo Giorgio me hizo: el álbum Live 1975-1985 de Bruce Springsteen. Fue su primer álbum en directo; iba en una caja de formato cuadrado con tres casetes y había salido a la venta apenas un mes antes.

Dada la reputación del Boss en directo, lo alucinada que me quedé con ese álbum recopilatorio y la pasión que sentíamos por él mi amiga Núria y yo, nos prometimos que cuando viniera a Barcelona, iríamos juntas al concierto.

La primera y única vez que Bruce había estado en esta ciudad fue en el año 1981 y yo, ni lo conocía. Tendríamos que esperar a que volviera de gira para verle.

El 4 de agosto de 1988 volvía a actuar aquí. Núria y yo podríamos cumplir nuestro sueño: ir al concierto de Bruce Springsteen.

Recuerdo la emoción de reencontrarnos en la parada del metro para ir al Camp Nou donde tenía lugar la actuación. Recuerdo el abrazo que nos dimos al vernos (hablando con ella del tema, también recuerda ese abrazo).

Curiosamente anecdótico es que pude comprar las entradas un día antes del concierto, el 3 de agosto. Hoy, debes hacerlo con meses de antelación, por internet y en tres horas se agotan.

La primera parte del concierto la pasamos sentadas en las gradas. Núria siempre ha sido mucho más prudente que yo. Bueno, de hecho, Núria siempre ha sido la prudente y yo, la inconsciente (nos conocemos desde los 6 años) . Estar ahí sentada, viendo diminuto a uno de mis ídolos (el otro es Eric Slowhand Clapton) mientras la multitud saltaba y gritaba en la pista, me ponía de los nervios. Así que convencí a Núria para que, en el descanso, me siguiera en la aventura de acercarme al Boss. Su prudencia rozaba el temor, y más con el agobio de la multitud. Mi inconsciencia y mi pasión nos llevó hacia las primeras filas, donde sientes la música desde las entrañas.

Además, tenía un presentimiento. Con la edad he aprendido que esos presentimientos no valen nada, no se cumplen. Pero en ese momento estaba convencida que se cumpliría. Sabía que cantaría Dancing in the dark y que debíamos estar cerca del escenario para que me viera y me subiera a bailarla con él. La había ensayado y todo. Me sabía sus movimientos, su ritmo, su cadencia, su mirada, su cadera…

Núria, cómo no, se reía de mí desde su sensatez. Yo seguía arrastrándola hacia delante, entre la multitud, saltando al ritmo de la música para que no te pisen ni te aplasten.

Y llegamos a las vallas que nos separaban de él, del grande, del Jefe. Los de seguridad tiraban agua para refrescarnos, para que no hubiera desmayos. Y yo sentía una emoción tan intensa, tan brutal, que soy incapaz de describirla con palabras.

Bruce bajó rozando las vallas y recorrió veloz toda esa parte del escenario con la palma de la mano abierta, tocando todas las manos que se estiraban hacia él. Yo no iba a ser menos, así que me subí a la valla que tenía delante, estiré con todas mis fuerzas el brazo y por una milésima de segundo noté sus dedos rozando mis yemas. O no. O sí.

Empezaron a sonar los primeros acordes de Dancing in the dark.  Éramos 80.000 personas gritando y saltando en el estadio. Yo iba loca estirando el cuello con mi metro sesenta y dos, a ver si Bruce se fijaba en mí. No había perdido la esperanza aunque no podía con mi alma y mi voz. Entonces el Boss escogió una tal Marga Campos, una niña delgaducha de 18 años que no había chicha por dónde agarrarla.

Lágrimas de rabia me brotaban sin cesar. Miraba a Núria gritándole “¿Por qué? ¿Por qué ella y no yo?”. Núria siempre se ha reído de mis numeritos de Castafiore e intentaba calmarme. Pero no podía. Odiaba a esa niñata tanto como acabé odiando a Patti Scialfa cuando se casó con mi Bruce en 1991.

El tic en el ojo izquierdo

Lo siento. En el alma. De veras que lo intento, pero me supera.

Hace tiempo tengo un tic en el ojo izquierdo que va y viene. Pensaba, al principio, que tuviese relación con la presión alta en la vista que me habían detectado un tiempo atrás y por lo que debo revisarme la vista cada 6 meses en lugar de cada 2 años.

Las últimas revisiones han detectado glaucoma. La presión ha aumentado saliéndose de los márgenes aceptados y aceptables. La buena noticia es que, curarse no se cura, pero se mantiene a raya con una gota diaria en cada ojo.

El dichoso tic se mantiene. Son como pequeñas descargas. No duele, en absoluto, pero llega a ser molesto.

Estoy muy atenta a todo lo que me pasa sin llegar a la hipocondría. Y conozco mi cuerpo. Llevamos ya algunos años juntos, hemos pasado muy buenos ratos. Y malos también.  Pero lo que la mente no gestiona, acaba pagándolo el cuerpo. Es una frase resabida, pero muy cierta.

Ya he descubierto lo del tic en mi ojo izquierdo. Se activa, de repente, cada vez que veo una K sustituyendo a una Q. Puedo entender, y hasta justificar, las abreviaciones en SMS y tweets ya que tienes un límite de caracteres para expresar el máximo de información o chorradas. Pero en el resto de texto, en facebook, por ejemplo, no te cobran por chorrada. “Es gratis y lo seguirá siendo” es una de sus frases. Entonces, lo de sustituir la K por la Q, no lo entiendo. ¿Se sienten más jóvenes? ¿Más modernos? ¿Les ha mordido un cani? ¿O han sido abducidos por una choni? A mí que me lo expliquen.

Y conste que tengo amigos facebookeros que escriben así. Pero no llego a entender sus razones. Tal vez, si me las explicasen, sería capaz de asimilarlas, de aceptarlas, de tolerarlas, pero no de compartirlas. A eso, me niego. En rotundo. He dicho.

Mi coreano favorito (VIII)

De nuevo tocaba acupuntura. Había dejado pasar dos semanas desde la última sesión, por mejoría notable y por bolsillo.

Me abre la señora coreana y me acompaña a la salita de espera donde mi coreano favorito estaba hablando por el móvil. Sin dejar de hacerlo me choca la mano como si fuéramos dos desconocidos. Acto seguido desaparece pasillo abajo y me quedo ojeando unas revistas.

La señora coreana me acompaña a la habitación más minúscula que tienen. Ya sé el protocolo a seguir. Me descalzo, me quito la camiseta, me tumbo en la camilla y espero.

Cuando entra el maestro después de 15 días sin verme se me abalanza dándome dos besos y apoyando su cara en mi vientre.

  • ¡Cuántos días, Pilar!
  • Sí, maestro. Dos semanas.
  • ¿Eres calurosa o friolera?
  • Hombre, eso lo preguntas el primer día, pero no hace tanto que no nos vemos.
  • El cuerpo cambia. ¿Calurosa o fría?
  • (Opto por contestar lo mismo que el primer día) Calurosa en verano y friolera en invierno.
  • Muy bien. –Me toma de la mano para “mirarme por dentro”- Qué guapa estás, tía.
  • Maestro, así no se dice. “Tía” queda muy adolescente o muy chabacano. Y tú ya tienes una edad y no eres chabacano.
  • ¿Ah, no? ¿Cómo se dice?
  • Pues: “qué guapa eres, mujer” o “qué guapa eres, chica”, pero no uses “tía” que queda fatal.
  • Vale, mejor que me digas para aprender.

Me clava las agujas en los puntos que ya conoce y desaparece. Suena música clásica en el hilo musical y aprovecho para desconectarme en mi mundo interior, disfrutando de esos minutos de soledad. Que duran poco.

  • ¿Y cómo estás, Pilar?
  • Muy bien, relajada.
  • A mí me gustan menos relajadas.
  • Muy bien. A mí me encanta relajarme.
  • ¿Y tu marido, cómo está?
  • Muy bien. Gracias.

Vuelve a darme dos besos y desaparece. Intento, de nuevo, desconectarme disfrutando de la música que suena y vuelve a entrar como un torbellino.

  • Cada mañana miro hoja con pacientes. Hoy veo: viene Pilar. Tengo que controlarme, estar serio. Pero llegas y no sé qué me pasa que no puedo.
  • (carcajada al canto). Maestro, la verdad es que hay demasiados besos en esta consulta. No creo que todas las pacientes los acepten.
  • No, hay muy serias. Pero contigo, no sé qué pasa.
  • Tú, lo que tienes que hacer es curarme pronto que llevo dos meses de visitas y aún no he recuperado toda la movilidad.
  • Tenemos que quedar en hotel, de 9 de la mañana a 9 de la noche y te curo rápido. Y gratis.
  • (Risas) Eres muy descarado. Le preguntaré a mi marido qué le parece.
  • Nooo, eso es secreto. No puede saberlo.
  • Vaya con los secretos, maestro. ¡Qué cruz!

Desaparece de nuevo y entra con las ventosas. Me saca las agujas y me pide que me gire de espaldas.

  • Ten cuidado que hoy me han vuelto a tocar el sub escapular y he visto las estrellas.
  • No doler.

Sí que dolían, sí. Y después de quitarlas, pincha con una aguja para que salga sangre y vuelve a poner la ventosa. Esta medicina oriental es rara, rara.

Después de dejarme marcada la espalda ha empezado con ese masaje extraño que seguro que de coreano no tiene nada. Dejaba caer su peso en mi espalda mediante las manos y me trituraba la clavícula.

  • No llores, –me decía- cuando termine, no dolerá.
  • Qué listo eres, maestro. Cuando dejes de torturarme, seguro que no duele, pero mientras tanto me estoy cagando en todo.
  • No digas eso, mujer, que eres muy guapa.
  • Y dale. Pero doler, duele igual.

Día de la madre

Hoy es tu día, mamá.

Y te echo de menos. Aún te echo de menos. Para mí, cada día es tu día. Cada día pienso en ti por una razón u otra.

Hace casi 18 años que te fuiste y no tuve tiempo de decirte “adiós”. Me queda el consuelo de haberte dicho millones de veces que te quería. Pude abrazarte tantas veces, olerte, mirarte y tocarte que aún conservo tu calor, tu olor, tu mirada.

Recuerdo cuando me preparabas un vaso de leche con café cada vez que sentías que algo me pasaba. Daba igual si estaba triste, enfadada, rabiosa o cansada. Me decías que “un vaso de leche lo cura todo”. Yo no entendía nunca ese afán por el vaso de leche. Pero no sabes lo que daría para que me trajeras uno ahora mismo.

En todos estos años, mamá, he aprendido muchas cosas. He aprendido a conducir, he aprendido a hacer los canalones como tú, he aprendido a tener paciencia. ¡Ah! Y me he casado. Sí, mamá. Tú, que me decías que si no aprendía a callarme no me casaría nunca. Tal vez he aprendido a hablar cuando toca. Tal vez no.

He aprendido que todo no es blanco o negro. Hay muchos tonos de gris. He aprendido a encontrar la felicidad en las pequeñas cosas. Y éstas no cuestan dinero.

En todos estos años he vivido momentos amargos y dulces, Buenos y malos. Y siempre te he sentido muy cerca. Todavía hoy, cuando no me siento bien, grito en voz baja: “mamá” a ver si me calmas. Y cierro los ojos, y pongo la cabeza en tus piernas y dejo que me acaricies el pelo como cuando era pequeña. Y se me pasan todos los males.

Muchas veces me miro en el espejo y te veo reflejada. ¿Nos parecemos o son imaginaciones mías? Cuando me maquillo un poco siempre te recuerdo mientras me mirabas desde la puerta del baño y nuestras miradas se cruzaban. Yo lo hacía de pequeña, mirarte mientras te pintabas.

He aprendido que nada dura siempre y que nunca es una palabra muy dura. He aprendido a vivir sin ti, sin tu presencia. Pero tu esencia me acompaña cada día.

Hoy ya me he tomado el vaso de leche que todo lo cura.