Aquí no se escucha el silencio

Silencio. Adoro el silencio. Me gusta estar en casa, sola, en silencio.

Pero es imposible. Y más, ahora en verano, con este calor. Ventanas abiertas de par en par, esperando que se cree una corriente de aire que refresque la casa. Imposible escuchar el silencio.

Vencejos y golondrinas se persiguen en círculos desde buena mañana cantando como locos y cazando insectos al vuelo. Tengo que reconocer que me apasionan sus giros, sus cantos, su manera de volar en círculo y lo cerca que pasan de mi ventana. Miedo me da que un día no agarren bien la curva y se me llene el comedor de ellos. Yo no me meto en sus casas; que no se metan ellos en la mía.

Luego están los perros. Desde el balcón tengo controlados 3 en diferentes domicilios que dan al patio interior. El pastor alemán sale a ladrar cada vez que su ama tiende ropa y ella no lo manda callar. Es más, yo creo que ni lo oye ladrar. Pero yo sí. Igual que el caniche del balcón de enfrente. No deben sacarlo nunca a pasear porque hace sus necesidades en el mismo balcón y cuando se aburre, ladra.

Un par de pisos por debajo del caniche hay otro perro que nunca le veo, pero le oigo llorar hasta que su amo sale al balcón a darle de comer. Lo veo reflejado en el cristal de la puerta, pero no atino a saber de razas. Nunca veo que lo entren en casa, ni moviendo la cola de contento. Siempre se ve, reflejado en el cristal, deambulando por esa terraza minúscula.

La vecina de al lado del caniche tiene pinta de extranjera. Casi diría de zíngara del este. Se sienta en una silla a la hora de la siesta a hablar por el móvil con alguien de su país, desafiando las leyes del sonido. Habla tan fuerte que estoy por pedirle que cuelgue el teléfono que seguro que desde la otra punta de Europa la están oyendo, y así se ahorraría una pasta. Pero solo lo pienso.

Tiene el balcón lleno de ropa tendida, ropa plegada y ropa por plegar. Yo creo que es un piso patera, porque hay demasiada ropa acumulada. Y tienen una lavadora último modelo. Es la única lavadora del mundo mundial que está a punto de despegar cada vez que centrifuga. Es tal el ruido que hace que en casa estamos planteándonos crear un crowdfunding vecinal para comprarle una nueva y silenciosa. Nos hace sufrir, de verdad, cada vez que centrifuga. La imaginamos despegando del balcón (a la lavadora, no a la vecina) y sobrevolando los tejados, con la manguera suelta, regando con agua y jabón las plantas de los patios.

Mi gente, mi familia.

Me gusta disfrutar de mi gente. Este fin de semana nos hemos reunido  la familia en el pueblo de mamá. Pasear por sus calles, donde ella las recorría de pequeña, ver a sus hermanos (los que quedan) emocionados de encontrarse, con esos ojitos brillantes que tienen…eso no tiene precio.

El no tener padres ni hijos, es lo que tiene. Que te das cuenta de lo importante que es la familia. Me gusta la hora de la comida, en mesas largas, donde nos sentamos salteados para compartir risas y confidencias, para ponernos al día, para hablar de cosas serias y desdramatizar problemas, para reírnos de todo y de todos. Me gusta mirarlos, ver como charlan animadamente, como se ríen, como se abrazan, como se miran.

Me gusta abrazar mucho a mis tíos y tías porque todos llevan un poquito de mamá. Me gusta tocarles la cara, mirarles a los ojos, acariciarles mientras me hablan.

Me gusta compartir con mis primos y primas ese tiempo de risas. Me sabe a poco. Y cuando los miro a todos, pienso en mis abuelos, lo orgullosos que se sentirían de vernos a todos juntos, de que, gracias a ellos, a su esfuerzo, estamos allí. Y pienso en mamá, y en tío Martín y tía Juanita que ya no están. Me los imagino sentados a la mesa al lado de sus hermanos, charlando, poniéndose al día. No los imagino con tristeza, ni pena ni dolor. Siempre digo que los que se van, no se van del todo mientras hablemos de ellos.

Y mis tíos me hablan de ella, de su hermana, de mamá, y me explican anécdotas que ya no sé si tienen mucho de real cuando los recuerdos y la imaginación se hacen amigos a lo largo de los años. Me da igual. Hablamos de ella y eso es lo importante.

Y de repente, te miro

 

Te miro fijamente a los ojos, sin acritud. No me rechazas la mirada. La mantienes, no desafiante ni chulesca; no soberbia ni altanera. La mantienes divertida, expectante, relajada.

Siento que me conoces mucho más tú a mí que yo a ti; como si fueras por delante mío, muy por delante.

Sé de ti tantas cosas que nadie más conoce. Me siento tan afortunada de haberte acompañado todo este tiempo. ¿Recuerdas cuando nos prometimos fidelidad para siempre? O cuando hablábamos de principios y honestidades, cuando nos preguntábamos qué era la felicidad y tú me decías que “la felicidad no existe como estado de ánimo permanente excepto para los idiotas”, sino que eran pequeños momentos que debíamos atrapar y no dejar escapar. Nos gustaban las mismas cosas y soñábamos los mismos sueños. Pero tú seguías yendo por delante. Cuando tropezaba, cuando me caía o cuando me sentía desfallecer, allí estabas tú para darme la mano, para abrazarme, para levantarme y para decirme “Tú puedes. Inténtalo”.

Te he confiado mis más íntimos secretos, mis miedos, mis debilidades. He compartido contigo mis alegrías, mis sueños (conseguidos o no, pero sueños). Siempre te sentí muy cerca.

Últimamente ya no te miro tanto. No porque no quiera. La vida te lleva, te arrastra, te estira. Aunque no te vea, aunque no te mire a los ojos, te siento cada día, muy cerca. Te huelo, te escucho, te toco.

Y cuando de repente te miro fijamente a los ojos, sin acritud, no te reconozco. Has cambiado. Eres otra. Antes nos parecíamos tanto. Éramos almas gemelas. Pero de un tiempo a esta parte no eres la misma. Y no por dentro. Es tu aspecto. Tu cuerpo, tus manos, tu piel. La mirada sigue siendo de niña traviesa. Esos ojos que se achinan cada vez que ríes a carcajadas me encantan.

Y aun cambiada, te noto serena, calmada. Yo no asumo los cambios tan rápidamente como tú, me cuesta. Pero transmites paz y serenidad. Tengo tanto que aprender contigo, Pilar.