Una de cal y otra de arena

La vida te da. La vida te quita. Nunca sabes cuándo recibirás ni cuándo perderás. Por eso es tan importante vivir el momento.

Dos personas que conocía se han quitado la vida. Esta misma semana. Una tenía 30 años y la otra, 60.

Hace años afirmaba que suicidarse era de cobardes. Ahora no me atrevo a decirlo. No tenemos ni la más remota idea de lo que pasa por sus cabezas. No sabemos el dolor que sienten, el miedo, el fracaso. No conocemos sus inseguridades, ni oímos sus voces internas.

Seguimos viviendo en una sociedad que estigmatiza las enfermedades mentales, que las pone todas en el mismo saco, que se atreve a opinar sobre ellas sin conocerlas, sin vivirlas de cerca. Que se pregunta de manera racional “¿por qué?” cuando sus “porque” son irracionales.

Un día, alguien me hablaba de sus voces internas, sus diálogos, su ángel y su demonio. Incluso del tamaño de cada uno de ellos. El demonio siempre era mayor. Y el ángel, chiquito, no tenía apenas fuerzas para hacer oír su voz. Y me explicaba, entre lágrimas, que no podía luchar contra ellos. Que entre ellos se peleaban y siempre ganaba el demonio y le hacía hacer cosas que no quería.

Yo no podía preguntar el por qué lo permitía. Esa pregunta es demasiado racional para una enfermedad mental, que es totalmente irracional.

¿Qué puede pasar por la cabeza de alguien que quiere morir? ¿Se planea? ¿Te dejas llevar por una espiral de desasosiego y dolor? ¿Todo se ve tan oscuro que no ves ni una sola grieta por donde entre la luz? ¿Nada de lo que tienes o te ofrecen te sirve para agarrarte fuerte? ¿Duele ver como los que te quieren están sufriendo por ti porque no aceptas su mano? ¿Realmente todo importa un comino? ¿Saltar al vacío o ahogarte es realmente el camino que querías?

Y me doy cuenta que vuelvo a hacer preguntas racionales a algo que es totalmente irracional.

La estrella que me guía

Recostada en una silla, con la cabeza apoyada en un cojín, miro el cielo estrellado en esta noche de julio. Disfrutar de ese cielo es las noches de verano es una de las pequeñas cosas que la vida me regala y que rozan la felicidad.

Reencontrarme con “el delfín”y “el escorpión”, contar hasta 6 satélites en menos de treinta minutos, tener enfrente a Marte cercano en la lejanía a esa luna nueva, seguir con la mirada toda la vía láctea hasta que se pierde tras las montañas, me relajan hasta la hipnosis. Me hace ser consciente de lo pequeña que soy, de lo insignificante, de la inmensidad de todo lo que nos rodea.

Me gusta que te sientes a mi lado, o yo sentarme al lado tuyo y, en silencio, perdernos en la enormidad del cielo. Ese silencio que sólo lo rompe el riachuelo que pasa cercano, algún grillo con insomnio, el perro del vecino de la pedanía de enfrente o yo, que no sé estar mucho rato callada y quiero confirmar si mi memoria no me falla.

  • Ya tengo controlado el triángulo de verano con Vega, Altair y Deneb, he visto a Antares en la cola del Escorpión. ¿Qué me dejo desde este lado?
  • La Corona Borealis. ¿Ves este arco semicircular? Su estrella más brillante es Gemma.

Me pasaría horas mirando el firmamento. A tu lado. Escuchándote. Como hacíamos las noches del primer verano que pasamos juntos; cuando me las ibas presentando despacito, para que me diera tiempo a memorizarlas.

Soy de las pocas personas que puede presumir de tener una estrella. La que me regalaste en mi 40 cumpleaños, junto con treinta y nueve regalos más repartidos durante todo el año y por toda la casa. Tu carta decía algo así:

“Es un regalo muy, muy grande. Tan grande que no te cabe en el corazón. Es un regalo muy, muy lejano. Tan lejano que jamás lo podrás tocar. De hecho, está tan lejos… que quizá ni exista en este momento, o tal vez durará más que tú y yo.”

No es una estrella cualquiera, es mi estrella. Y está en la constelación de la Osa Mayor, una de las que cada noche, durante todo el año, nos visita tarde o temprano. Y como todas las estrellas importantes –decías- tenía que tener un nombre importante.

Cuando somos pequeños y perdemos a alguien, decimos que se ha convertido en una estrella. Mi estrella sale por el norte, cada noche del año, en un momento u otro, dentro de la Osa Mayor, la madre de todas las constelaciones, para velar mis sueños –decías-. Ella estará allí arriba, aunque no la veas. Siempre.

Aunque su nombre en el Registro Internacional de Estrellas era Ursa Major RA:8h51m18.94s D-54º43’1.36’’, desde ese momento pasaba a llamarse Pilarín del Canteré, el nombre con el que conocían en el pueblo a mi madre desde que nació hasta que se convirtió en una estrella.

 

Nota de la autora: La foto del relato me la regaló mi amigo Enric, un friki de la astronomía, que se encargó de buscar las coordenadas de mi estrella para fotografiarla con su telescopio.