Celebraciones

Es un gustazo cumplir años. No entiendo a la gente que no le gusta. No piensan en lo afortunados que son de poder hacerlo. ¿Cuántos se han quedado por el camino por una razón u otra?

Cumplir años es crecer, no sólo en edad, sino en madurez, en experiencia, en volumen, en arrugas…

Además de cumplirlos, me gusta celebrarlos. Y no una vez, sino varias. Ahora con familia, ahora con amigos, ahora con el que te dije, ahora con más amigos.

Desde que tengo memoria, me gusta celebrar esta fiesta. Aunque no recuerde todas las que he celebrado. Tengo presente la fiesta de mis 20, la de los 25 y la de los 30. También guardo anécdotas de la de los 35, en la que mis amigos me recordaron que las canas no me hacían nada interesante y que debería plantearme el tinte. Recuerdo con mucho cariño la de los 40. Y he conseguido volver a reunir a mis amigos para los 50.

Mis Amigas, en Mayúscula, fueron apareciendo en mi vida en distintas épocas por cuestiones diferentes: escuela, instituto, universidad, trabajo y demás.

La vida pasa, conocen a su pareja y su pareja se convierte en mi amigo. Y tienen hijos y comparten su familia conmigo. Y el mejor regalo es poder juntarlos un fin de semana y que, entre todos y todas, se convierta en una celebración muy especial.

Nos hemos reunido en La Morera, una masía de turismo rural en medio del Montseny. Sentarme en la mesa y observar como todos hablan con todos, se ríen, se abrazan, se cuentan… eso no tiene precio. Yo soy el punto de conexión entre ellos y ellos se han entrelazado a partir de mí.

Miro a cada uno sin que se sienta observado. Y disfruto escuchando sus historias, viendo cómo intervienen y participan, cómo se integran sin aislarse, cómo comparten con los demás algo tan valioso llamado tiempo de una manera tan generosa.

Y al reunirnos, no existe el reloj, ni las prisas, ni las obligaciones. Cada uno se siente libre de hacer lo que quiera. Quien quiere ir a pasear por el monte, va. Y algunos le acompañan. Quien prefiere quedarse en uno de los sofás, charlando, lo hace. Y otro grupo se queda con él. Todo fluye de manera suave, sin forzar nada. Y todos se sienten muy a gusto. Se les nota en la mirada.

Las risas son una constante cuando nos juntamos. Hace tanto que nos conocemos que cuando una empieza a hablar, la otra ya sabe qué dirá.

Este fin de semana ha sido especial, mágico; de esos que sabes de antemano que recordarás toda la vida. Así que he vivido cada segundo de él, empapándome de colores, de olores, de abrazos, de sabores, de voces y risas con todos mis sentidos.

Llega la hora de las despedidas. Y preguntan cuándo será la próxima, cuándo nos volveremos a encontrar todos. La sensación de haber conseguido algo grande me invade y me hace sentir feliz.

Nos veremos pronto, muy pronto.

 

Nota: foto de portada de Anna R.

Los años pasan

Los años pasan, pesan, pisan. Incluso se posan. Pero me opuse a que pasaran, pesaran, pisaran y se posaran en vano.

Ya tengo 50. Desde las siete de la mañana. Ese día madrugué, no me preguntes por qué. Pero desde entonces, me cuesta Dios y ayuda levantarme pronto. Si tengo que hacerlo, lo hago. Pero sin alegría. Es más, diría incluso que con mala leche. Y si no, pregúntaselo al que te dije. Me gusta despertarme cuando el cuerpo me lo pide, no cuando ese aparato suena con ese pitido repetitivo, agudo y molesto.

Bueno, a lo que iba, que me disperso con demasiada facilidad. No sé si serán los años, si siempre he sido así o es que hablo más que siete como decía mi padre. “No te callas ni debajo del agua”. Esa también la he oído tantas veces que me la he creído. Y lo he comprobado. Siempre que buceo, me acuerdo y suelto una tontería para mí misma. Y me río. Bueno, solo sonrío, así no me ahogo.

Me he vuelto a dispersar. Ya empiezo a convencerme que debe ser la edad. Así, de repente.

Los años se te cuelan entre la ropa. Penetran en la piel y se quedan en las arrugas. Pero no acaban de subir a la cabeza. Al menos, a mí.

Cuando era pequeña, quería ser mayor. Cuando era adolescente, quería ser adulta. Cuando fui adulta, me di cuenta que había perdido mi niña interior y no paré hasta encontrarla de nuevo. Y desde entonces, agarradas de la mano, caminamos a saltitos en este paseo que es la vida, pisando charcos, saltando a la pata coja y haciendo volteretas.

Disfruto el día de mi cumpleaños las 24 horas. Desde las 11.30h del día anterior, voy mirando el reloj, como en Fin de Año. Me encanta estar pendiente y consciente del momento en que aparece el 00:00 en el reloj. Y no soy la única. El que te dije también lo hace, disimuladamente, y entonces se levanta de dónde esté y me canta Cumpleaños Feliz. Y me hace reír.

No siento para nada la edad que tengo. Hace años que lo digo. Y lo repetiré hasta que me muera. Cada vez dista más mi edad física de la mental. Llegará un día, y tengo a mis amigos aleccionados, que tendrán que sacudirme por los hombros, vigilando que no pierda la dentadura postiza, y recordarme que hay cosas que no podré o no deberé hacer. Digo yo. Igual les doy un muletazo, a saber.

Llevo unos días haciendo balance. Recopilando fotos, seleccionando etapas de mi vida, repasando los álbumes familiares que tengo por casa. Y me siento satisfecha de todo lo que he vivido: muy orgullosa de en quién me he convertido. Me parezco mucho a esa jovencita de 18 años que se pasaba horas filosofando y parecía un bicho raro. Las personas cambian, sí. Pero la esencia se mantiene si son auténticas. Y reconozco esa esencia en este cuerpo de 50. Soy capaz de mirar atrás, y ver todos los errores cometidos, que no son pocos. Pero me he perdonado por cada uno de ellos. No vivo en el pasado. Ni tengo miedo al futuro. Vivo el aquí y el ahora, porque son todo lo que poseo.

He comentado en varias ocasiones lo afortunada que me siento por todo lo que la vida me ha dado hasta ahora. Lo material me importa bien poco. Pero reconozco ser una coleccionista de vivencias. Recuerdos llenos de besos y abrazos; de risas, muchísimas risas.

Mi madre me decía de pequeña que todo lo que sembrara, eso recogería. Y es muy cierto. Al hacer balance estos días, tomo consciencia de todo lo que he recogido y me siento en paz. Y feliz. Sobre todo, feliz. Y aunque los años pasan, pesan, pisan y se posan, seguiré oponiéndome a que sean en vano.

Cumplir un sueño

Ya comenté hace un tiempo, que un viaje dura lo que quieras que dure.

Acabo de llegar de una escapada de unos días por La Toscana. Un viaje en coche con el que te dije, que nos ha acercado a rincones impensables y paisajes conocidos, imaginados y fotografiados hasta la saciedad.

Llevaba tiempo soñando con La Toscana. Era una de mis asignaturas pendientes. Y, para celebrar mis cincuenta, que están a punto de caramelo ¿qué mejor sitio que este rincón de ensueño?

Durante meses preparé el viaje. Soy agotadoramente meticulosa: leyendo blogs de viajes, buscando rutas fotográficas, rincones poco turísticos, informándome desde qué carretera comarcal se hizo la dichosa foto…

Diseñé siete rutas para siete días; calculando, a ojo de buen cubero, distancias en coche, recorridos por diferentes pueblos, paisajes; aquí me paro y me bajo a hacer fotos… Y me mentalicé, sobre todo, a no crearme expectativas. Las fotos que había visto de la zona, la mayoría estaban maquilladas con edición. Es una zona preciosa en cualquier época del año, especialmente en primavera. Y mi viaje era la primera semana de octubre, por lo que, aunque técnicamente era otoño, los colores de esta estación llegan a finales de mes.

Nos agenciamos un GPS Garmin que nos dejó mi hermano mayor, y lo bautizamos como “Carmen”. Casi nos cuesta el divorcio. Está visto que en una relación, tres son multitud. Gracias a “ella”, discutimos más de una vez. Y por culpa de ella, o por no querer hacerle caso, nos perdimos en más de dos ocasiones. No la tiré por la ventana, sencillamente, porque no era mía.

Cruzar Francia en coche es una delicia. Respetan enormemente las normas de tráfico, todo está muy bien señalizado. Si debes conducir a 110, la inmensa mayoría respeta esa velocidad. Dejan siempre que pueden, el carril de la izquierda libre, mantienen la distancia de seguridad.

Conducir en Italia es otra cosa. Totalmente distinta. Las normas se las pasan por el forro de los pantalones. Si pone velocidad máxima de 130, entienden que esa es la mínima. Las líneas continuas son puramente decorativas. Si quieren adelantarte, te adelantan. Es más, aunque no quisieran adelantarte, te adelantan. Son acosadores por naturaleza. Se te pegan al coche por detrás para intimidarte y que te apartes. Yo frenaba y levantaba el índice para que me vieran bien. Entonces, me adelantaban con un vafanculo en toda regla. En las distancias cortas, el italiano es un encanto, amable, gentil… pero montado en un coche se transforma.

Hicimos noche en Varazze, a casi mil kilómetros de casa, para descansar y buscar información sobre el origen de mi apellido, ya que los primeros datos que tengo de principios del 1600 son de esa ciudad costera. Encontramos una callejuela con mi apellido a la que inmortalizamos en una foto. Mientras la buscábamos, preguntamos a gente del lugar y nos confirmaron que mi apellido es bastante común en la ciudad.

Nuestra primera parada fue en Pisa. No sé cómo nos lo hemos montado, o es que lo de ser pobres te agudiza el ingenio, pero hemos aparcado gratis en todos los sitios donde hemos estado. Es cuestión de buscar información, guiarnos por las señales y buscar zonas blancas. A 15 minutos andando el centro no está tan lejos.

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Pisa es una ciudad pequeña. Sólo nos enseñan la Piazza dei Miracoli con la torre inclinada (bastante más pequeña de lo que me imaginaba). Pero si callejeas por el centro histórico, con sus porches y comercios; la zona del río, con sus casas de colores, disfrutas de la ciudad más que los turistas de autocar haciéndose la foto con la torre en posturas imposibles.

Como nuestra amiga Carmen no estaba actualizada, no reconocía algunas de las rutas que pillábamos, por lo que empezaba a dar vueltas sobre sí misma, loca perdida, buscando conexión satelital. A veces, parecía que viajáramos en una dimensión desconocida porque no pintaba ninguna ruta en rosa, sino que parecía que flotáramos en medio de La Toscana. Pura aventura.

Antes de llegar a nuestro campamento base, nos dimos una vuelta por Monteriggioni, un precioso, pequeño y pintoresco pueblo.

Segundo día. Disfrutamos de Lucca y sus murallas. Es una ciudad estudiantil, llena de bicicletas y callejuelas empedradas. Tiene una plaza circular con casas color ocre y una zona de paseo por la muralla, con sus mesas de pic nic.

De ahí nos acercamos a Pistoia, que también merece la pena conocer sin tanto agobio turista.

El tercer día nos escapamos a Volterra, San Gimignano y Siena. El primero, me encantó. Aunque había turistas, no agobiaban. San Gimignano es otra cosa. Conocido como la Manhattan de La Toscana, por sus torres elevadas al cielo, si tengo que ser sincera, me gustó más el perfil del pueblo desde una curva de la carretera que el pueblo en sí. No digo que no sea bonito, ni mucho menos. Es casi, casi, perfecto. Absolutamente diseñado para el turista. Tiendas de recuerdos, restaurantes, heladerías con premios mundiales… Para mí, un verdadero agobio. Aunque antes de adentrarnos en el pueblo, saboreamos un blanco Vernaccia de San Gimignano.

Siena… Siena se escribe con mayúsculas. Siena me recordó a mi ciudad de adopción, Barcelona. Pasear por su casco antiguo me transportó al barrio gótico y el Born de Barcelona. Y me sentía como en casa. Su Duomo es de lo más espectacular que he visto en catedrales. Y la plaza del Palio, un sueño.

Al día siguiente hacíamos la ruta roja (les pusimos colores para no liarnos). Disfrutamos de Pitigiano, Sorano y Sovana.

En el primero, nos fuimos al bar del pueblo, donde trabajadores y jubiletas de la zona se sentaron cerca nuestro, y disfrutamos de sendas copas de vino blanco de Pitigliano.

En Sovana, un pueblito de una sola calle, encantador, pillamos la wi-fi del Comune (ayuntamiento) mientras estaba cerrado al mediodía y nos sentamos a descansar en sus escaleras.

De ahí nos dirigimos hacia Saturnia, donde encontramos unas termas naturales impresionantes, con el agua a 37º todo el año. La gente iba a pasar el día, con hamacas, albornoces y chanclas. Un regalo de la naturaleza.

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Después de un día perfecto, nos paramos a cenar cerca de casa, en un restaurante que encontré en un blog, el Bar dell’Orso, donde degustamos jabalí y pecorino.

Otra ruta que marcamos y cumplimos fue Anghiari, Arezzo y Cortona. El primero es muy poco turístico, pero es realmente precioso.

En Arezzo aparcamos en el cementerio (ríete, pero es gratis, cerca del centro y tiene lavabos). Aquí se rodó la película “La vida es bella”. En el centro, no en el cementerio. Intentamos hacernos una selfie con palo (odio a muerte hacerme selfies con el móvil, y más con palo) y tuvimos que intentarlo 15 veces. El palo no sincronizaba el móvil por bluetooth, sin gafas no veía el retardador de 10 segundos para disparar, si me ponía las gafas del serca, el sol me reflejaba en la pantalla y no veía donde debía tocar, por lo que la foto se disparaba a dos palmos de mi cara, con las gafas por las narices, el que te dije partiéndose la caja y yo empezando a mosquearme. Al final lo conseguimos y dos camareros casi nos aplauden.

En Cortona, se rodó “Bajo el sol de la Toscana”. Vale la pena pasear por sus callejuelas, descubrir sus plazas.

De ahí, y calculando la caída del sol, nos dirigimos a casa por la ruta de las Crete Senesi, una carretera comarcal sinuosa, que nos llevó a una de las zonas más fotografiadas de La Toscana. Conducir por esa zona, con luz de tarde, un cielo espectacular, y parar cada dos por tres a captar ese impresionante paisaje con la cámara no tiene precio. Descubrimos un punto paisajístico en lo alto de una colina, donde el sol, cerca del ocaso, tenía una luz preciosa. Montamos el trípode y captamos ese momento para la posteridad.

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Tras un día perfecto, pasamos por el súper a agenciarnos quesos pecorinos, diferentes embutidos de la zona y un Chianti Classico para disfrutar de una verdadera cena italiana.

Siguiente ruta: volver a pasear por la zona de las Crete Senesi, con luz de mañana y de cabeza a la Val d’Orcia, Patrimonio de la Humanidad. Un valle precioso, con viñedos y cipreses. Montalcino nos lo podríamos haber saltado. El paisaje, sí. Pero el pueblo no me mató. Lo que casi me mata es el precio del Brunello, su vino estrella. De ahí nos dirigimos a la Abadia Sant’Antimo, una preciosa joya del románico toscano.

Nos dirigimos a Pienza. Perderse en sus calles, oler a pecorino por todas partes, subir y bajar cuestas nos abrió el apetito. Nos metimos en un restaurante chiquitín a degustar pici toscani, una especie de espaguetis más gruesos, con ragú blanco y trufa. Deliciosos.

Después de trabajar los cuádriceps subiendo a Montepulciano, tomamos la ruta a La Foce, para seguir la carretera que va desde este pueblo a Radicofani. Allí encontraría el famoso camino de curvas con cipreses que te lleva a un caserón. Me había costado Dios y ayuda localizar el punto de esa foto, tras muchas horas de navegación cibernética. Para mí, era La Foto, en mayúsculas. Y lo cuadré todo para pillar luz de tarde.

Decepción absoluta. La luz ha de ser de mañana, y en primavera. Casi lloro. No saqué ni la cámara.

Nos fuimos directos a encontrar las termas naturales y escondidas de San Filippo; un rincón donde el agua emerge a 37º, dispone de diversas pozas y, gracias a los compuestos del agua, las paredes de la montaña han creado diferentes formas y colores.

La vuelta a casa, con el amargo sabor de boca de no haber podido conseguir la imagen de La Foce, me regaló una luz de tarde en un punto de la carretera en la que pude captar una de las fotos que más me gustan de este viaje.

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El último día lo dedicamos a la zona de Chianti. Amaneció lloviendo, pero al poco de salir de casa se fue abriendo el cielo, asomando un sol tímido entre nieblas bajas. El paisaje, precioso; diferente a lo que habíamos visto hasta entonces; bastante más familiar. Pueblecitos llenos de rincones, con sus macetas de geranios, y con sus tiendecitas de vinos con denominación de origen.

Encontramos una tienda de embutidos y quesos de la zona donde pudimos hacer degustación de vinos. Te cargaban una tarjeta con dinero, ibas a la máquina expendedora de vinos y seleccionabas el que querías catar. Nos hicimos con sendas copas de Brunello para que no se dijera que no lo habíamos probado, y lo acompañamos con unas tapitas de salami de trufa blanca. Delicioso.

Ese día hicimos un pic nic en toda regla en un campo de olivos, mientras oíamos a los recolectores de uva cómo trabajaban en una ladera cercana.

Y de vuelta al campamento base. Tocaba recoger y hacer las maletas. Al día siguiente partiríamos rumbo a casa después de unos días inolvidables. Nos quedaban, todavía, 1.262 km por delante.

Arrivederci, Toscana.