¿Recuerdas cuándo…?

Tumbada en el prado que hay delante de la casa de montaña, veo desfilar, despacito, un grupo de nubes de algodón. Son de esas nubes que te comerías a pellizcos sin que nadie te viera; de esas nubes blancas y mullidas, esas que tienen formas de dragones y elefantes. Y juego sola, como cuando era pequeña, a buscar tesoros entre ellas. Para eso, abro la mente al máximo, dejo fluir y espero a que me invada de nuevo la imaginación infantil, esa que muchos perdieron en un cajón de la memoria y tiraron la llave.

Mientras espero, paciente, descubrir entre esas montañas de nata a un nuevo animal, imagino preguntas que deberías hacerte algún día.

  • ¿Cuándo buscaste animales entre las nubes de algodón por última vez?
  • ¿Cuándo fue la última vez que pisaste un charco a conciencia, sin importarte el qué dirán o si te embarrabas los zapatos?
  • ¿Recuerdas la última vez que tiraste una piedra al río contando los rebotes o las ondas que provocaba?
  • Y la última ocasión que anduviste sin rumbo fijo chutando una chapa de botella, ¿la recuerdas?
  • ¿Cuándo te encaramaste a un árbol para sentarte en una de sus ramas, o al menos lo intentaste?
  • ¿Has hecho alguna vez la croqueta prado abajo?
  • ¿Has corrido alguna vez en círculos dentro de un remolino de hojas secas?
  • ¿Recuerdas la última vez que gritaste en una montaña para oír tu propio eco?
  • Y la última vez que tocaste la nieve, ¿hiciste alguna bola para tirársela a alguien? ¿Aprovechaste para tumbarte en el suelo, mover los brazos y dibujar un angelito?
  • ¿Cuándo fue la última vez que anduviste entre un manto de hojas secas arrastrando los pies para escuchar su sonido?
  • ¿Desde cuándo no te sientas en la orilla del mar para hacer un castillo de arena sin que haya un niño a tu alrededor?
  • ¿Cuándo dibujaste algo coherente o incoherente, por el placer de dibujar sin tener en cuenta lo bien o mal que dibujas?
  • ¿Te has comido alguna vez una tostada intentando darle forma de un país real o inventado?
  • ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que empañaste un cristal a propósito para después dibujar con el dedo?
  • ¿Has embadurnado alguna vez la nariz de alguien con nata de un pastel?

Si algunas de tus respuestas afirmativas se sitúan dentro de este último año, felicidades: tienes muy cerquita a tu niño interior.

Si, por el contrario, hace mil años que hiciste alguna de estas propuestas, o quizá nunca, márcate como propósito para el nuevo año llevar a cabo todas las que puedas.

Cuéntame, si quieres, qué haces tú con tu niño interior…

Te echo de menos

Hoy, como cada año por estas fechas, rememoro conscientemente lo que ocurrió aquel martes, 17 de noviembre de 1998.

Yo vivía en Barcelona por aquel entonces y acababa de cumplir 32. Uno de mis hermanos me llamó para decirme que habían ingresado a mamá por un ataque de asma. Me asusté, pero me calmó diciendo que estaba controlada y que me mantendrían informada.

Por la noche hablé con mi padre por teléfono. Me explicó que venía de la clínica, que le había dado la cena y que se había quedado tranquila.

Me acosté pensando que todo estaba en su sitio, bajo control.

Pero esa llamada de teléfono pasadas las 12 me hizo saltar de la cama. Mamá no estaba bien y tal vez no llegaría a tiempo para despedirme.

Fui a casa de mi hermana en taxi. Me estaban esperando para salir pitando hacia Lleida. No había soltado una lágrima. Solo pedía, en silencio, llegar a tiempo para darle un beso.

Recuerdo la cabeza en plena ebullición. Pensamientos desbocados saltaban de un lado a otro, a trompicones. Pero ni una lágrima.

Otra vez el puto teléfono a medio camino. Mamá se había ido.

No sé si era mecanismo de defensa o estado de shock. Pero seguía firme y serena. Llegamos a casa de uno de mis hermanos y estaban serenos también. Serían las 2 de la madrugada. Cada uno tenía una misión. Mi hermana y yo, sacaríamos la ropa de mamá del armario y recogeríamos todas sus cosas a primera hora de la mañana del 18. ¿Por qué tanta prisa? ¿Qué necesidad había? Nunca tuve respuestas, pero era una orden de mi señor padre.

Dormí poco y no muy bien. Pero ni una lágrima.

Al llegar a casa de mis padres, entrar en la habitación, ver la cama deshecha donde la noche anterior se había acostado mamá, ver sus cosas en la mesilla de noche, su delantal en la silla, me hizo creer que no había pasado nada. Que todo iba bien.

Como un robot, fui sacando ropa de mi madre del armario. Habían llegado sus dos hermanas, mis tías. Y les dije que si querían algo, algún bolso o alguna chaqueta, por practicidad o por ternura, podían quedársela. Nosotros no haríamos nada más que regalarla a alguna beneficencia.

Uno de mis hermanos nos pidió ropa para vestir el cuerpo de mamá, que lo llevaban al tanatorio. Mis tías discutían sin pelearse, comentando que si esta chaquetita oscura o esa falda marrón. Yo interrumpí diciendo que a mamá le gustaban los colores y que se iría con un traje chaqueta de color amarillo pálido, que llevó en la boda de mi hermano pequeño. Nadie rechistó.

Una vez cumplida la misión de la ropa, se marcharon todos al tanatorio. Me quedé sola en casa; en la que había sido mi casa de los 4 a los 20 años. Me senté en la cama de mis padres, justo en el lado donde dormía mamá y olí, profunda y reiteradamente, el cojín mientras cerraba los ojos. Conservaba su olor.

El teléfono no dejaba de sonar. Y yo, cual robot programado, sin una lágrima en los ojos, repetía como una grabación:

  • Sí, falleció anoche. Sí, llegamos de madrugada. Un broncoespasmo, sí. Están en el tanatorio. El entierro es mañana, día 19. Sí, una pena, tan joven. Sí, de repente. Gracias. Adiós.

El día transcurrió largo, lento, eterno, agobiante. Llamé a mis amigos para darles la noticia. Seguía sin derramar una lágrima. A mediodía fui hacia el tanatorio, no por ganas de estar allí, sino por obligación. Hubiera preferido seguir en mi casa de la infancia, tumbada en la cama de mamá, respirando su olor y sin pensar en nada.

Abrazos, besos, lágrimas… a mamá la quería mucha gente. Hasta las vendedoras del mercado se acercaron. Y todo el mundo con la misma canción:

  • Te acompaño en el sentimiento. Cómo te pareces a tu madre. Era una gran mujer. Siempre amable con todos, siempre con la sonrisa en la cara, tenéis que ser fuertes, cuida a tu padre.

Ya sé que es un puto protocolo. Y que la gente lo dice de corazón. Pero sólo son palabras, que suenan vacías, que no reconfortan, que no ayudan, que no sirven.

Cada uno lleva el duelo como puede. No como sabe, porque no nos enseñan a enfrentarnos a ello. Yo sentía rabia. Una rabia que iba creciendo con el paso de las horas y me impedía derramar una sola lágrima.

En el libro de condolencias dejé escrito: “Hoy ya me he tomado el vaso de leche que todo lo cura”.

El entierro fue al día siguiente. Recuerdo que me maquillé para la ceremonia. Me importaba un bledo el qué dijeran o pensaran los demás. Y lo hice a consciencia. Porque a mamá le gustaba verme mientras me maquillaba. Y ese guiño sería sólo nuestro.

Encontramos, entre sus papeles, una poesía que copió de algún sitio, con su puño y letra, titulada La Madre. Y decidimos que la leería en voz alta en la ceremonia.

Nos encontramos directamente en el cementerio. Nada religioso. Había tanta gente que había venido a despedirla que me sorprendió que esa mujer tan chiquita de cuerpo fuera tan grande para tanta gente. Mis amigos me rodeaban y me acompañaban muy de cerca. Leí la poesía de La Madre sin que me temblara la voz, serena, tranquila. Sin una lágrima.

Después de la ceremonia fui con mis amigos a tomar algo ya que habían venido desde Barcelona. Recuerdo las risas de ese encuentro, y los chistes que contaba. Me encantaba, me encanta hacer reír a mis amigos. Y ese día no era diferente. Visto con distancia, está claro que me mostraba ajena a todo lo que me estaba ocurriendo.

Ya había pasado todo. La gente fue desfilando, cada uno a su casa. Y yo me quedé con papá. El sábado 21 hubiera sido el cumpleaños de mamá y quedamos con mis hermanos en celebrarlo como ella hubiera querido.

Recuerdo estar en la mesa con mi padre, comiendo en silencio, los dos solos, y ponerse a llorar como un crío. Yo lo consolaba, sin derramar una sola lágrima. Él no sabía llorar, y lo pasaba muy mal. Porque no podía controlarlo.

Llegó el sábado. Comimos los canalones de mamá que había dejado preparados en el congelador. Nos echamos unas risas como a ella le hubiera gustado.

Y el domingo, de vuelta a casa. A mi casa. Recuerdo como si fuera ayer, el momento de abrir la puerta, entrar en mi refugio y desplomarme, llorando como nunca había llorado. Gritando de dolor, llamando a mamá sin recibir respuesta. Me asustaba mi propio llanto. Nunca antes había sentido ese dolor en el pecho que me impedía respirar. Nunca antes había sentido ese agujero, ese vacío inmenso.

Y fue justo en  ese momento que empezó mi duelo. Y que duraría un año. Hasta cerrar el círculo.

Viaje en el tiempo

Ahora que tengo 50, me acuerdo de mi yo de 25. No con añoranza, sino con ternura. Si pudiera volver a los 25 no lo haría con la experiencia de ahora. Me sentiría desubicada. Sería… es absurdo pensar en eso. Si pudiera volver a los 25 cometería exactamente los mismos errores que cometí para poder llegar a ser la persona que hoy me gusta ser.

Pero si fuera posible escribir a mi yo de 25 le diría:

  • Los desamores duelen. Pero cada vez menos.
  • Todo pasa. Hasta los malos ratos. Así que no te centres en lo mal que lo estás pasando ahora, no te agarres a este momento. Deja que fluya; y tú, con él.
  • Por la misma razón, disfruta intensamente de los buenos momentos, porque también pasan.
  • Aprende a valorar las pequeñas cosas. No cuestan casi dinero. No colecciones ropa ni zapatos porque no te harán más feliz.
  • Haz limpieza de vez en cuando. Pero no sólo del polvo de debajo de la cama, sino de tu bolso, de tu monedero, de tu cabeza y de tu corazón. Deshacerse de lo que no usamos, de lo que no necesitamos, de lo que ocupa un lugar innecesario en nuestro espacio físico y emocional, nos permite disponer de nuevos espacios para nuevas vivencias.
  • Siembra continuamente, como te enseñaron tus padres, que fueron los míos. Porque recogerás los frutos. Eso sí, piensa en lo que quieres recoger para saber lo que debes sembrar.
  • Disfruta de la gente que quieres, de tus padres, de tu familia, de tus amigos. Porque la vida es muy puta y te los quitará en cualquier momento. A veces, sin avisar. De repente. Y no sabrás reaccionar. Y sentirás un dolor muy fuerte en el pecho. Pero también pasará.
  • Di a los tuyos que les quieres. Pero no como una frase hecha, no de carrerilla. Sino sintiéndola, siendo consciente de cada una de las letras que forman la frase. A ser posible, mirando a los ojos. Nunca sabes cuándo será la última vez.
  • Busca a tu niña interior, esa traviesa que has dejado escapar. No pares hasta encontrarla y reconcíliate con ella. Agárrala fuerte de la mano y no la vuelvas a dejar nunca más sola, para que no vuelva a perderse. Y perdónate por haberla dejado ir. Ella ya te ha perdonado.
  • Cree más en ti y no en lo que dicen de ti. No hagas caso a las personas tóxicas que te envidian o que tienen celos de ti. Harán todo lo posible por manipularte, por minar tu seguridad, para hacerte sentir mal.
  • Aprende a decir NO. Es muy gratificante y liberador. Un NO es un NO aquí y ahora. No es un NO permanente, o tal vez sí. Pero aprende a tener la libertad de decirlo cada vez que sientas la necesidad, al margen del qué dirán, al margen del qué pensarán.
  • No te castigues, ni te hables en negativo. No te faltes al respeto ni te insultes. Tu subconsciente es maleable, se creerá todo lo que le digas. Así que, sabiendo esto, mándate continuamente mensajes alentadores, positivos, agradecidos. Automotívate, no esperes a que los demás lo hagan. Si lo hacen, será un regalo.
  • Confía en tu instinto. Aprende a fluir con la vida y todo será más fácil. No fuerces situaciones, deja que pasen. Si son buenas, vívelas intensamente. Si son malas, acéptalas y deja que se vayan.
  • Vive cada día, cada etapa que te toque, de tal manera que puedas mirar atrás en cualquier momento y saber que hiciste lo que debías. Y te puedas sentir orgullosa de ti misma.
  • Ah, y no mires a los de cincuenta como si fueran viejunos. No tienes ni idea de lo jóvenes que nos podemos sentir.