Te echo de menos

Hoy, como cada año por estas fechas, rememoro conscientemente lo que ocurrió aquel martes, 17 de noviembre de 1998.

Yo vivía en Barcelona por aquel entonces y acababa de cumplir 32. Uno de mis hermanos me llamó para decirme que habían ingresado a mamá por un ataque de asma. Me asusté, pero me calmó diciendo que estaba controlada y que me mantendrían informada.

Por la noche hablé con mi padre por teléfono. Me explicó que venía de la clínica, que le había dado la cena y que se había quedado tranquila.

Me acosté pensando que todo estaba en su sitio, bajo control.

Pero esa llamada de teléfono pasadas las 12 me hizo saltar de la cama. Mamá no estaba bien y tal vez no llegaría a tiempo para despedirme.

Fui a casa de mi hermana en taxi. Me estaban esperando para salir pitando hacia Lleida. No había soltado una lágrima. Solo pedía, en silencio, llegar a tiempo para darle un beso.

Recuerdo la cabeza en plena ebullición. Pensamientos desbocados saltaban de un lado a otro, a trompicones. Pero ni una lágrima.

Otra vez el puto teléfono a medio camino. Mamá se había ido.

No sé si era mecanismo de defensa o estado de shock. Pero seguía firme y serena. Llegamos a casa de uno de mis hermanos y estaban serenos también. Serían las 2 de la madrugada. Cada uno tenía una misión. Mi hermana y yo, sacaríamos la ropa de mamá del armario y recogeríamos todas sus cosas a primera hora de la mañana del 18. ¿Por qué tanta prisa? ¿Qué necesidad había? Nunca tuve respuestas, pero era una orden de mi señor padre.

Dormí poco y no muy bien. Pero ni una lágrima.

Al llegar a casa de mis padres, entrar en la habitación, ver la cama deshecha donde la noche anterior se había acostado mamá, ver sus cosas en la mesilla de noche, su delantal en la silla, me hizo creer que no había pasado nada. Que todo iba bien.

Como un robot, fui sacando ropa de mi madre del armario. Habían llegado sus dos hermanas, mis tías. Y les dije que si querían algo, algún bolso o alguna chaqueta, por practicidad o por ternura, podían quedársela. Nosotros no haríamos nada más que regalarla a alguna beneficencia.

Uno de mis hermanos nos pidió ropa para vestir el cuerpo de mamá, que lo llevaban al tanatorio. Mis tías discutían sin pelearse, comentando que si esta chaquetita oscura o esa falda marrón. Yo interrumpí diciendo que a mamá le gustaban los colores y que se iría con un traje chaqueta de color amarillo pálido, que llevó en la boda de mi hermano pequeño. Nadie rechistó.

Una vez cumplida la misión de la ropa, se marcharon todos al tanatorio. Me quedé sola en casa; en la que había sido mi casa de los 4 a los 20 años. Me senté en la cama de mis padres, justo en el lado donde dormía mamá y olí, profunda y reiteradamente, el cojín mientras cerraba los ojos. Conservaba su olor.

El teléfono no dejaba de sonar. Y yo, cual robot programado, sin una lágrima en los ojos, repetía como una grabación:

  • Sí, falleció anoche. Sí, llegamos de madrugada. Un broncoespasmo, sí. Están en el tanatorio. El entierro es mañana, día 19. Sí, una pena, tan joven. Sí, de repente. Gracias. Adiós.

El día transcurrió largo, lento, eterno, agobiante. Llamé a mis amigos para darles la noticia. Seguía sin derramar una lágrima. A mediodía fui hacia el tanatorio, no por ganas de estar allí, sino por obligación. Hubiera preferido seguir en mi casa de la infancia, tumbada en la cama de mamá, respirando su olor y sin pensar en nada.

Abrazos, besos, lágrimas… a mamá la quería mucha gente. Hasta las vendedoras del mercado se acercaron. Y todo el mundo con la misma canción:

  • Te acompaño en el sentimiento. Cómo te pareces a tu madre. Era una gran mujer. Siempre amable con todos, siempre con la sonrisa en la cara, tenéis que ser fuertes, cuida a tu padre.

Ya sé que es un puto protocolo. Y que la gente lo dice de corazón. Pero sólo son palabras, que suenan vacías, que no reconfortan, que no ayudan, que no sirven.

Cada uno lleva el duelo como puede. No como sabe, porque no nos enseñan a enfrentarnos a ello. Yo sentía rabia. Una rabia que iba creciendo con el paso de las horas y me impedía derramar una sola lágrima.

En el libro de condolencias dejé escrito: “Hoy ya me he tomado el vaso de leche que todo lo cura”.

El entierro fue al día siguiente. Recuerdo que me maquillé para la ceremonia. Me importaba un bledo el qué dijeran o pensaran los demás. Y lo hice a consciencia. Porque a mamá le gustaba verme mientras me maquillaba. Y ese guiño sería sólo nuestro.

Encontramos, entre sus papeles, una poesía que copió de algún sitio, con su puño y letra, titulada La Madre. Y decidimos que la leería en voz alta en la ceremonia.

Nos encontramos directamente en el cementerio. Nada religioso. Había tanta gente que había venido a despedirla que me sorprendió que esa mujer tan chiquita de cuerpo fuera tan grande para tanta gente. Mis amigos me rodeaban y me acompañaban muy de cerca. Leí la poesía de La Madre sin que me temblara la voz, serena, tranquila. Sin una lágrima.

Después de la ceremonia fui con mis amigos a tomar algo ya que habían venido desde Barcelona. Recuerdo las risas de ese encuentro, y los chistes que contaba. Me encantaba, me encanta hacer reír a mis amigos. Y ese día no era diferente. Visto con distancia, está claro que me mostraba ajena a todo lo que me estaba ocurriendo.

Ya había pasado todo. La gente fue desfilando, cada uno a su casa. Y yo me quedé con papá. El sábado 21 hubiera sido el cumpleaños de mamá y quedamos con mis hermanos en celebrarlo como ella hubiera querido.

Recuerdo estar en la mesa con mi padre, comiendo en silencio, los dos solos, y ponerse a llorar como un crío. Yo lo consolaba, sin derramar una sola lágrima. Él no sabía llorar, y lo pasaba muy mal. Porque no podía controlarlo.

Llegó el sábado. Comimos los canalones de mamá que había dejado preparados en el congelador. Nos echamos unas risas como a ella le hubiera gustado.

Y el domingo, de vuelta a casa. A mi casa. Recuerdo como si fuera ayer, el momento de abrir la puerta, entrar en mi refugio y desplomarme, llorando como nunca había llorado. Gritando de dolor, llamando a mamá sin recibir respuesta. Me asustaba mi propio llanto. Nunca antes había sentido ese dolor en el pecho que me impedía respirar. Nunca antes había sentido ese agujero, ese vacío inmenso.

Y fue justo en  ese momento que empezó mi duelo. Y que duraría un año. Hasta cerrar el círculo.

2 comentarios sobre “Te echo de menos

  1. Recordo aquell dia Pi, i recordo la teva actitud, tal com dius. Era ben bé com si no anés amb tu. Estaves pendent de tot i de tots, especialment dels amics que havien vingut de Barcelona. Recordo que els vaig recollir i vam anar junts al cementiri. Comentavem que feia ben bé la sensació que ens consolaves mes tu a nosaltres que a l’inrevés. I també recordo el moment en que ja al final, et vas apropar al fèretre, i amb un aplom, seguretat i determinació que em van tocar l’ànima, vas prendre una rosa d’un dels rams ubicats a sobre just abans que tanquessin el nixo. Aquella imatge i el sentiment de comprensió de que era i que volia ser el que acabava de veure se’m va gravar per sempre, perquè i tot I l’enteresa i templança que mostraves, en aquella flor hi havia un prec ple de tendresa d’un cor trencat. Un cor trencat que només va poder plorar a soles. I en aquell moment, com tu dius, va començar el dol. T’estimo Pi.

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