Balance del año

Es 31 de diciembre y toca reflexión anual. Como cada año. Lo suelo hacer el 30 porque el último día acostumbro a andar liada, pero ayer fue de traca y ni me dio tiempo.

Releo la reflexión del año pasado y se parece en algunas cosas y difiere en otras.

Empecé sin trabajo y lo termino igual, aunque hubo un paréntesis de tres meses en verano haciendo de taquillera de las piscinas municipales donde me lo pasé genial.

Empecé con tendinitis en el hombro izquierdo que derivó en una capsulitis bloqueándome el brazo y tardando 6 meses en rehabilitarme. Sin haber recuperado toda la movilidad, tengo tendinitis en el hombro derecho esperando, deseando, confiando y anhelando que no derive en otra capsulitis.

Empecé con glaucoma y acabo con el mismo, controladísimo, a raya, y unas pestañas de infarto, fruto del efecto secundario de la medicación.

Finalmente me decidí a crear un blog que nació en febrero. Es una satisfacción poder compartir con vosotros y vosotras y recibir vuestros feed-backs. Tengo que agradeceros vuestra fidelidad. Poco a poco hemos ido creciendo.

En marzo comencé la rehabilitación junto con la acupuntura con Mi coreano favorito (I), que dio para varios capítulos del blog y unas cuantas risas.

En abril recibí mi primer regalo de los 50: una entrada para escuchar al gran Bruce con mi sobrina mayor.

Llegó mayo y disfruté como una adolescente del concierto. Tanto los días previos como los posteriores. Fue impresionante y dejé constancia de ello en alguno de los escritos.

Me regalé una cámara nueva con la que estoy disfrutando mucho. Me está dando muchas satisfacciones, así que nos hemos hecho muy amigas.

De junio a septiembre estuve de taquillera en las piscinas municipales. Un trabajo divertido, agradecido, en el que aprendí y conocí a muchas personas entrañables.

Llegó octubre y cumplí 50 años. Lo celebré varias veces, entre amigos y familia. Cumplí uno de mis sueños que era perderme por La Toscana. Y lo conseguí, literalmente, con la mierda de GPS que nos acompañó que hasta le pusimos nombre y nos brindó con más de una discusión. Maldita Carmen…

Y sin darme cuenta, estamos a horas de cambiar de año.

Sólo quería darte las gracias por haberme acompañado durante este viaje. Gracias por haber estado cerca.

Navidad… pues qué bien…

A una semana de Navidad ya me entra la mala leche.

Hace días me harta ver cualquier cosa que me la recuerde: adornos, arbolitos, guirnaldas, pesebres… Hasta los altavoces de la calle que me destrozan los tímpanos con villancicos ñoños y pasteleros.

La gente dice que le gusta la Navidad, pero por detrás critica los gastos, las horas en la cocina, las comilonas… Y sigue haciendo cada año exactamente lo mismo.

Las casas se llenan de regalos; los niños reciben sobredosis de juguetes que, una semana más tarde, estarán olvidados en un rincón. Haremos mucha comida, compraremos manjares para servir en la mesa, porque esto parece ser justamente el espíritu de la Navidad.

Esta semana será un tiempo de felicitaciones, de buenos deseos, de caras alegres, de llamadas y mensajes, de cenas de empresa y compras a última hora. Me acabaré de cabrear cuando personas que no me han dicho nada en todo el año, abran su agenda por la P y me envíen un mensaje o un whatsapp, felicitándome las fiestas con emoticonos varios, después de hacer un copiar-pegar del mismo mensaje que enviarán al resto.

¿Y el verdadero espíritu navideño? ¿Alguien sabe qué es? ¿Alguien se acuerda?

Lo único que me gusta de estas fechas es la reunión con la familia. Abrazos, besos, risas y juegos; aunque soy afortunada, y todo eso ya lo tengo durante el año.

Me morderé la lengua, como cada año. Respiraré hondo, como siempre por estas fechas. Y esperaré en silencio mi segundo día favorito del año: la Nochevieja. Ese sí que me gusta. Pero esto te lo contaré otro día.

Más que harta

Estoy más que harta del padre de Nadia, la niña enferma, y todas sus confesiones a posteriori. Harta de que los medios que le dieron publicidad, ahora quieran recuperarse de la cagada, ensañándose con este desgraciado; de que intente justificar sus mentiras y aprovecharse de la situación.

Estoy más que harta del anuncio de la Lotería que, cada año es más y más pastelero. Que me devuelvan al calvo. Y los anuncios de colonias, que siempre muestran mundos irreales, con mujeres objeto, irreales también, que encuentran hombres que no existen.

Estoy más que harta de la Navidad, en mayúscula y en minúscula. De los villancicos que se oyen por los altavoces de las calles, de las luces de colores a un mes vista, del afán consumista, de regalos innecesarios, de comilonas copiosas, de falsos deseos y frases hechas. Y, sobre todo, de recibir mensajes de gente que no te ha dado bola en todo el año Y aprovecha las fiestas que se acercan para hacer postureo.

Estoy más que harta de compartir espacio con gente maleducada, que no respeta nada. En su casa que vivan como salvajes, pero los espacios comunes, llámese ascensor, escalera, entrada o incluso la calle, son de todos. Gritos, basura y música alta sin plantearse siquiera si molestan a alguien.

Estoy más que harta de esos padres modernos que tienen hijos porque toca, pero no dedican tiempo para educarles. Y cuando te los encuentras en un restaurante, ellos comen aislados del mundo y los críos correteando por el comedor, dando por saco a quienes disfrutamos de la tranquilidad. La próxima, pediré el libro de reclamaciones y me quejaré al restaurante.

Estoy más que harta de las personas que tienen perros y no son capaces de tenerlos en condiciones. Tener animales comporta una serie de satisfacciones como la compañía y el cariño, pero tiene su parte de compromiso, como la recogida de sus excrementos en la calle y el no molestar a los que ni tenemos ni queremos animales. No suena demasiado correcto, políticamente hablando, pero quien me quiera entender, lo hará.

Estoy más que harta de estas modas pasajeras con el hashtag #challenge y que, no sé por qué extraña razón necesitamos, como borregos, imitarlas, ser partícipes y publicarlas al mundo entero. La primera vez que oí hablar de algo así fue hace un par de años, con el Ice Bucket Challenge, conocido en español como desafío o reto del balde de agua fría o helada. Empezó como un reto solidario con los enfermos de esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Pero rápidamente se desvirtuó y se convirtió en la estupidez hecha vídeo para compartir con los amigos. Eso sí, colaborar con la investigación de la enfermedad, ni en sueños. Hasta hace poco, lo más de lo más era el Mannequin Chanllenge. He intentado esquivar el máximo posible de vídeos. Hoy leo que vuelve a empezar un reto nuevo: “One finger selfie challenge”. Este nuevo reto que no lleva a ninguna parte consiste en hacerse una foto frente al espejo, desnudo, y colocar un único dedo de manera estratégica para tapar los pechos y/o el pubis y los genitales en el caso de ellos. Y yo me pregunto: ¿Se puede ser más imbécil? Pues sí, se puede.