Testamento Vital

Llevaba tiempo dándole vueltas. Es una cosa que quería hacer y nunca encontraba el momento. O nunca lo buscaba. Así de sencillo. Pero el otro día pedí hora al Señor Notario para hacerme un Testamento Vital.

Había buscado información por internet. Había leído plantillas estipuladas y no tenía mucho más que añadir.

Hablar de la muerte en nuestra sociedad, ya lo he comentado otras veces, es harto difícil. Es un tema tabú y nadie quiere hablar de él. Qué absurdo. Sabemos que moriremos desde el mismo instante que nacemos. Bueno, si te pones quisquilloso me dirás que en ese momento no sabes ni lo que es la vida, como para pensar en la muerte… Lo dicho, nos morimos a cada segundo un poco más, por mucho que queramos vivir intensamente. Yo estoy un poco más muerta ahora que cuando he empezado a contarte lo del testamento vital. No sé si me explico.

Pues eso, que me planteo ahora que, según los que me conocen, tengo la cabeza en su sitio qué es lo que quiero para mis últimos días en esta vida.

Tengo claro que no quiero ser una carga para nadie.

Tengo claro que no quiero sentir dolor, ni físico ni psicológico.

Tengo claro que no quiero estar conectada a una máquina para alargar una respiración a un cuerpo y a un cerebro que, aun estando presentes, ya no funcionan, ya no responden, ya no sienten, en la medida que la medicina haya avanzado hasta ese momento.

Tengo claro que todos mis órganos puedan aprovecharse en la medida de lo posible: riñones, corazón, hígado (si no me lo he cargado antes por culpa de los gintonics) páncreas, pulmones, intestinos, médula ósea, tejido ocular, válvulas cardíacas, segmentos vasculares y ligamentos.

Y si a ello sumamos que no quiero estar de cuerpo presente en mi propio velatorio ni en mi entierro porque no quiero ni una cosa ni la otra, pues decido entregar mi cuerpo, este cuerpo serrano, a la ciencia. Estar rodeada de estudiantes de medicina en bata blanca es uno de mis sueños.

Al pan, pan…

Me acabo de soplar media pierna de cordero del pueblo al horno entre pecho y espalda, acompañada con patatas del pueblo confitadas al aceite de oliva y todo ello regado con un Montsant delicioso. De postre, un poco de queso de cabra artesano, con su corteza de finas hierbas, impresionante. Y eso me ha hecho pensar en el restaurante vegetariano que conocí y degusté la semana pasada con el que te dije.

Soy carnívora de nacimiento y de adopción. No me verás devorando un chuletón de Ávila, porque la carne cruda no me va. Eso de vuelta y vuelta no va conmigo. Pero tampoco devoro suelas de zapatos. Me gusta la carne y punto. Y el jamón. Vaya si me gusta el jamón…

Como te contaba… fui a comer con el que te dije a un vegetariano conocido de mi ciudad. Por curiosidad. Ya había pisado alguno y no me desagradan en absoluto. Aunque no lo elegiré como modus vivendi. No seré nunca una vegetariana “oportunista”, de esos que se tiran en plancha delante un plato de langostinos. Renunciar a las gambitas, a los huevos de gallinas felices pasados por agua o a un buen jamón ni se me ha pasado por la cabeza ni se me pasará. Palabrita del Niño Jesús.

A lo que iba… cuando nos dieron la carta, la leí y releí para saber qué deseaba saborear. No entré muy convencida, pero intenté relajarme y disfrutar de la experiencia.

En cuanto a las tapas, podías encontrar Chips de Flor de Lotto (con 2 “t”). No los pedí, pero reconozco que el nombre es sugerente y seductor.

Encontré una ensalada italiana, según  rezaba el título del plato: Rúcula, mezclum de ensaladas, aguacates, tomates secos, palmitos, queso parmesano, piñones y salsa pesto de albahaca. La pedimos para compartir. Era una generosa y deliciosa ensalada en la que las mezclas de sabores y colores me sorprendieron enormemente.

Como entrante también había una coca de recapte de las tierras de Lleida con pimientos y berenjenas escalivados, salchichas de micoproteína y butifarra negra vegana. Aquí ya empezó a crujirme algo. Y no eran los chips de Flor de Lotto (con 2 “t”). La salchicha de microproteína  y la “buti” negra vegana.

Seguí leyendo la carta y topé con la Olla Aranesa, que viene a ser un estilo de Escudella catalana, Cocido madrileño o Cocido Lebaniego, con sus morcillas y pedazos de carne hervidos con verduras y legumbres. Como estábamos en un vegetariano, aquí los ingredientes carnívoros se sustituyen por “pelota y botifarra negra veganas”. O la Fideuà marinera, con algas y alioli de soja.  O el Mar y Montaña, que toda la vida ha sido pollo con gambas y aquí se ha sustituido por albóndigas de quorn (??) y boletus con rabas de coco joven, con un fondo oscuro al toque de ratafía.  Aquí ya dije “basta”.

Asumo que estoy en un vegetariano. Consiento que haya gente que no solo le guste, sino que sea su estilo de vida. Acepto pulpo como animal doméstico, pero no me disfraces los platos carnívoros de toda la vida. Si eres creativo, invéntate nombres nuevos a tus potajes y platos veganos. He dicho.

Momento mágico

Empiezo el año reflexionando. Bueno, reflexioné el año pasado y lo escribo este año. O sea, reflexioné ayer y lo escribo hoy. Bueno, al grano.

Las fiestas se han acabado. Los Reyes son los padres, por tanto, ninguna ilusión. Pero esto daría para otra reflexión.

Las Navidades son puro postureo para mí. Un agobio en todos los sentidos. Y hacen que duren casi un mes entre villancicos, compras, carteles, lucecitas en las calles…

Pero si una fiesta me encanta y la vivo como una niña pequeña es Fin de Año. Me da igual dónde esté; si en una cena íntima, mano a mano con el que te dije, con amigos o hermanos, o en el pueblo con 120 personas. Yo pertenezco al grupo de los pelauvas. Necesito tener mi tiempo para pelarlas una a una y sacarles las pepitas. Prefiero evitar cualquier accidente. Llámame prudente.

La cena en sí tampoco es un requisito indispensable. Disfruto tanto con un par de huevos fritos como con unos langostinos. Eso sí, vino que no falte.

Miro el reloj constantemente a escasos minutos de las 12. Y soy plenamente consciente de la magia del momento. Intentaba convencer y contagiar a mi amiga Ester de esa magia, pero no lo conseguí.

Si te paras a pensar (como a veces hago yo), las 12 campanadas son 12 segundos en los que estás tú solo en el mundo, concentrado, con las uvas (peladas o no). Es un acto íntimo, una conexión brutal con tu “yo” interno. Cada campanada es una uva, un deseo, una ilusión. Al mismo tiempo, millones de personas (repito: millones) es ese mismísimo momento están haciendo exactamente lo mismo, con las mismas ganas, con las mismas ilusiones. Fluye en esos 12 segundos una energía positiva tan potente que te recorre el cuerpo en forma de escalofrío, aunque no seas consciente de ello. A mí, además, siempre me entra polvo en los ojos y me caen unos lagrimones como melones. Pura emoción. A eso, añádele que durante 24 horas se ha estado repitiendo ese momento mágico por todo el mundo.

Y una vez tragada la última uva, lo primero primerísimo que hago es agarrar al que te dije, estamparle un beso con los ojos cerrados y decir: Feliz Año Nuevo.

Y a ti, ¿cómo te gusta vivir ese momento?