Sensaciones

Adoro despertarme cuando el cuerpo dice basta. Si tengo que hacerlo mediante tecnología… malo. Necesito mi tiempo para ser persona. Retozar en la cama con los ojos cerrados, en completa oscuridad, tapada hasta la nariz, suspirando profundamente para incrementar esa sensación de bienestar, me carga las pilas para un nuevo día.

Ese olor a café que impregna toda la casa me transporta a la niñez. Desde siempre ha sido uno de mis aromas preferidos. Yo ya tomaba café desde mucho antes de que fuera políticamente correcto.

Limpiar la casa, lo que se dice limpiar, no es que me apasione. Pero la sensación que me queda después de tenerla toda limpia es sublime. Es como cuando me acabo de duchar y me pongo ropa limpia que huele a suavizante. Y si primero limpio la casa y después me ducho, la sensación de bienestar se multiplica por diez.

Dormir entre sábanas limpias está en mi lista de sensaciones agradables que deben disfrutarse a menudo.

Saborear una buena comida es otra de esas sensaciones que vale la pena vivir. Hay gente que come porque toca; le da igual una cosa que otra. Y si preguntas si le ha gustado, parece que tenga que pensar unos segundos para responder. A mí me apasiona disfrutar del primer mordisco con los ojos cerrados para que el resto de sentidos estén alerta, y tomar mayor consciencia de ese momento.

Mirar por la ventana y ver cómo llueve me llena de paz. Es como si todo el ambiente cargado previo a la tormenta se fuera descargando a medida que las gotas resbalan cristal abajo. Tanto fuera como dentro de mi cabeza.

Sentarme en la hierba, perdiendo la vista hasta el horizonte, donde no siento ni una sola presencia humana más, es otra de las sensaciones que me llenan. Escuchar el silencio, interrumpido solamente por cencerros lejanos o pájaros cantarines, me relaja hasta el infinito.

Acercar la vista al musgo y descubrir ese minúsculo micromundo tan perfecto me hace sentir tremendamente pequeña en este mundo tan enorme. Observar un brócoli romanesco es hipnótico y me podría pasar horas buscando geometrías en plantas y flores.

La naturaleza es mucho más perfecta que la humanidad.

Citas a ciegas

Cae en mis manos una encuesta de El Periódico donde se pregunta si existe una revolución sexual del siglo XXI debido a unas “apps” para ligar. Existen páginas como Meetic, Tinder, OKCupid… y una que me ha dejado boquiabierta: Adoptauntio.com cuyo objetivo es “convertir a los hombres en producto de consumo para mujeres”.

El que te dije (que se encarga, entre otras cosas, de pasarme noticias raras que encuentra por diarios digitales) me envía una noticia del mismo diario que se titula: Millonario busca novia. Resulta que una belga treintañera ha montado una empresa en la que se encarga de buscar pareja a “profesionales de élite e individuos con alto poder adquisitivo. La tarifa mínima es de 15.000€ (leíste bien) y tiene oficinas en 16 ciudades después de dos años de su creación.

Cualquiera de las dos noticias me quedan grandes en estos momentos. Una razón sería que estoy casada con el que te dije y hace años dejé de buscar pareja. Otra razón sería que si dispusiera de 15.000€ pediría presupuestos para reformar el baño y/o cocina en lugar de montarme una cita con un millonario. Llámame práctica.

De todas maneras, a finales del s.XX y primeros años del s.XXI yo estaba soltera y sin compromiso. Vivía en Barcelona, sola o con alguna amiga. Iba de casa al trabajo y del trabajo a casa. Cuando salíamos a cenar, a tomar algo o a bailar, íbamos a eso. No a ligar. Ligar en un pub, con la música a tope, el gintonic en la mano y lejos de la talla 38 no era nada fácil. Y siempre se acercaba lo peorcito de cada casa.

En esa época me aficioné a los chats. Conocía a gente por internet, de toda España. Mi Nick era “Lola”. Me di cuenta que mucha gente se escondía tras esos nicks e internet era su fin. Yo usaba internet como un medio. Mi fin era sacarlos del mundo cibernético y conocerlos en el mundo real. Así conocí a Fulanito de Bilbao (ni me acuerdo de su nombre real, en serio) o a Menganito de Madrid (del que tampoco recuerdo su nombre). Creé un grupito muy chulo de chicos y chicas que quedábamos los miércoles para desayunar. De esa época aún mantengo a mi amigo Alfonso.

Decidí centrarme en tipos de mi ciudad. Sería más fácil. Así que limitaba la búsqueda por territorio, edad y aficiones. Entré en la famosa página de Meetic. Allí conocí muchos hombres, de manera cibernética, claro. Unos iban a saco. Descartados. Otros se lo curraban un poquito más y me hacían reír. Seleccionados. Así llegaba el sábado y quedábamos en un punto céntrico de la ciudad: Canaletas. Yo vivía en la misma Rambla, a escasos 100 metros de la famosa fuente.

Ese día había quedado con Jordi, un chaval de mi edad, muy simpático, con el que me reía mucho vía internet. No buscaba nada más que pasar un buen rato.

Quedamos a las 17h en Canaletas. A esa hora queda media Barcelona en ese mismo punto. Me había citado con un desconocido que se había descrito (no habían fotos de por medio). Así que, sorteando la multitud que había en la calle vi a un tipo alto y moreno que me miraba. A unos 10 metros de distancia le sonreí y moví los labios pronunciando su nombre: “¿Jordi?” Me devolvió la sonrisa mientras se acercaba a mí y al encontrarnos, nos dimos dos besos y decidimos pasear Rambla abajo, dirección al puerto.

  • Bueno, al menos nos hemos encontrado entre tanta gente –rompí el hielo.
  • Sí.
  • ¿Hacía mucho que esperabas?
  • No.
  • ¿Sueles quedar mucho por “Meetic”?
  • A veces.

(Qué tipo más sieso… Con lo que me reía con él por internet… Ya me toca de nuevo hacer de Charito la Fantástica y sacar temas de conversación o me dormiré de pie.)

Seguíamos caminado por la Rambla:

  • ¿Así que vives en Esplugues?
  • En la calle Aribau.
  • Vaya, perdón. Qué lapsus… Trabajabas en una librería, ¿no?
  • Soy contable en un bufete de abogados.
  • Vaya, estoy sembrada…
  • Perdona, tú eres Jordi, ¿verdad?
  • Soy Toni. ¿No eres Vanesa?
  • Soy Pilar. Vanesa y Jordi están esperándonos en Canaletas.

Me cogió uno de mis ataques de risa mientras sorteábamos a la gente que bajaba por la Rambla. Teníamos que llegar a la fuente antes de que se nos fueran nuestras citas…

El señor Nadie

El señor Nadie ya no recuerda en qué momento su vida se puso cabeza abajo. O si ya nació patas arriba. No le gusta mirar atrás. Hace tanto de ello que a veces olvida de dónde viene.

El señor Nadie tuvo infancia. Algún día fue niño. Pero como no guarda buenos recuerdos, no quiere hablar de ello.

El señor Nadie fue adolescente; un adolescente conflictivo y desarraigado. Iba de pelea en pelea, con sus puños por bandera, escondiéndose tras corazas de miedos e inseguridades.

El señor Nadie se convirtió en un adulto sin que nadie le hubiera pedido permiso, sin él quererlo, sin buscarlo.

El señor Nadie no sabe explicarme si la bebida le llevó a la calle, o la calle a la bebida. Envuelto en una manta vieja que ha encontrado en cualquier contenedor de cualquier barrio de cualquier ciudad, se protege de las frías temperaturas de este invierno crudo.

El señor Nadie tiene la mirada perdida, vacía, apagada. Su barba sucia y desaliñada está llena de migas de pan seco que encontró en otro contenedor. Sus manos, arrugadas y mugrientas, recogen colillas por los suelos.

El señor Nadie no está acostumbrado a charlar con otras personas. Y le cuesta encontrar las palabras. Prefiere resguardarse en su envase de vino barato, esconderse tras el calor del alcohol. Si se emborracha, no piensa en la comida. Y es más barato beber que comer.

El señor Nadie tiene la oportunidad de ir a un albergue. Allí dormiría en un catre, podría asearse y comer caliente. Pero no quiere. No está acostumbrado a seguir normas, ni órdenes, ni a compartir espacio. Ni quiere renunciar al alcohol. Y ahí lo tienen prohibido.

El señor Nadie no piensa ni en su muerte. Le da completamente igual. Le importa un bledo. Los dos o tres de euros que recoge durante el día mendigando, los acaba gastando en más alcohol que le hacen olvidar cómo llegó hasta ahí, cuándo empezó a ir todo mal y por qué acabó en la calle.

Virtudes y defectos

Las virtudes, como los defectos, nos acompañan desde que nacemos. ¿Qué digo? Desde antes de nacer. Los llevamos en los genes. Aunque se pueden moldear, intensificar, suavizar, paliar o fomentar en función de en lo qué queramos convertirnos.

Podemos excusarnos en frases como: “no soy constante, no soy tenaz”. Escondernos tras: “no tengo fuerza de voluntad, no tengo paciencia”… Pero todas estas excusas sólo son eso: excusas. Si no somos o no tenemos esas virtudes es, sencillamente, porque no queremos. Ya es hora de ir asumiéndolo, sin engañarnos a nosotros mismos, sin querer engañar a los demás.

Todas las virtudes y todos los defectos los tenemos de serie. Solo que a medida que crecemos y aprendemos, reforzamos y alimentamos unas y otros.

Hablando de paciencia, hoy pensaba en ella en la cola del Mercadona. Si eres de esas personas que dicen: “Yo no tengo paciencia”, o, incluso, si eres de esas personas que todos te llaman “impaciente” y tú no eres consciente de ello, te invito a ir a cualquier supermercado un sábado entre las 12 y las 13h. Es la Magic hour, la hora mágica en la que el mundo se acaba. Tienes que sortear carros llenos de comida, niños con patinetes y bicicletas de 4 ruedas, cestos con más ruedecitas llevados por gemelos de 3 años, cada uno el suyo para que no se peleen, abueletes despistados buscando a sus abueletas pizpiretas, grupos de adolescentes que sólo buscan picotear cualquier cosa insana…

Y tú, con la lista de la compra en la mano, con el tiempo cronometrado, te preguntas por qué cada sábado vas a comprar justo a la Magic Hour. Tú, que muchas veces eres la impaciencia personificada; tú, que saltas a la yugular, cual Dóberman, cuando la mala educación te rodea. Y justo en ese momento, sudando en la cola por llevar puesto el anorak, respiras hondo y sonríes. Sonríes porque eres completamente consciente de que son esos momentos, mientras otros cargan los carros como si se acabara el mundo, los que debes aprovechar para trabajar un poquito más esa paciencia que a veces te falta. Y te das cuenta que tú sola has encontrado respuestas a las preguntas que te haces.

En lugar de preguntarnos: ¿por qué me pasa esto siempre a mí? preguntémonos: ¿qué es lo que debo aprender para que no me pasen siempre las mismas cosas?

Brindo por tí

Ya ha pasado un año; 365 días desde que decidí cumplir otro de mis sueños. Y voy tachándolos de la lista para concentrarme en los que quedan pendientes.

Hace un año nació Reflexiones de Lady Dóber gracias al apoyo, el ánimo y el empuje de mucha gente que me quiere.

Recuerdo cuando, entre todos, me ayudabais a buscarle nombre. Fue divertido y gratificante.

Y pienso celebrarlo. Y eso me lleva a pensar que tendríamos que celebrar más cosas, brindar más a menudo. Tenemos millones de motivos.

Levantarte por la mañana y tener 1440 minutos por delante, un día entero para hacer cosas, para organizar y desorganizar, para decidir, para hacer o deshacer, para fluir, para parar, para seguir, para charlar, para compartir, para pensar, para cocinar, para reír…

Yo brindo por ti, por mí, por habernos conocido aunque sea por aquí. Brindo por seguir caminando juntos, brindo por haberme acompañado durante este año o por haber aparecido por casualidad. Brindo por haberme apoyado con tus comentarios, interactuando, y haciendo de este medio algo más cercano.

Gracias, de corazón. Gracias a Luís, David y Ángel porque me empujasteis a plantearme la creación del blog. Gracias a todos los que siempre me habéis leído y me animabais a seguir escribiendo, gracias a los incondicionales que siempre estáis ahí.

Un abrazo largo y cálido. Brindo por ti.