El baúl de los recuerdos (II)

Abrir una de las cajas de recuerdos no ha sido tan fácil como yo pensaba. Bueno, el hecho de abrirla literalmente ha sido ridículamente fácil. Hasta un bebé de siete meses la abriría. Me refiero en un sentido más sensitivo, más emocional.

La he abierto de repente, como muchas cosas que hago en mi vida, así, a bote pronto, sin meditarlas mucho, sin pensar en las consecuencias, sin buscar los pros y los contras.

Desde siempre, o desde que recuerdo, o como mínimo desde los 10 años que empecé a escribir mis primeras cartas a ese niño que conocí en los campamentos de Denia, Alicante, que era de Castellón de la Plana y tenía 14 años, y del que aún recuerdo su nombre y apellidos de carrerilla, y el que internet me ha devuelto en imagen 40 años después gracias a Google, que sigue teniendo esos ojos azules que me robaron el corazón de niña y… bueno, a lo que iba: desde que empecé a escribir mis primeras cartas, comencé a guardar las que recibía. No fue un acto meditado, más bien un indicio de síndrome de Diógenes que cada tanto pongo a raya haciendo limpieza y con  la misma pasión que guardo, me deshago de lo guardado. Ya me estoy desviando de nuevo… Como te decía, que me dio por guardar las cartas y postales recibidas. Reconozco que algunas de ellas las habré tirado por rabia, por indiferencia…o qué sé yo. Pero muchas se quedaron guardadas en la caja de recuerdos.

Cuando fui creciendo, decidí que esa caja sería algún día para mis hijos. Así que me hice con otra caja en la que empecé a guardar objetos. No he tenido hijos, por lo que lo dejaré a beneficencia o a alguien que se encargue de tirarlo al primer contenedor.

En esta caja he encontrado sin orden ni concierto:

  • Un antifaz, de un disfraz de Mata Hari de pacotilla que me hizo la madre de mi amiga Anna por el año 1985 y del que aún conservo alguna foto.
  • Mi primer abanico, que me cargué una de las guardas y antes de que me sacara un ojo decidí relegarlo al cajón desastre, que no de sastre, porque el mío era un desastre de cajón. Lo que ahí se acumulaba y llegaba a la categoría de reliquia, pasaba a la caja de los recuerdos.
  • El satén que envolvía el único ramo de novia que cacé al vuelo en mi vida, y que en el intento casi tiro a la suegra de la novia por los suelos. La señora se empeñó en saltar como una jovencita, y era una viuda con unos cuantos años a la espalda. Yo tenía casi 28 y pensé que ya era hora de pillar algún ramo. Me tiré en plancha empujando a la abuela-suegra. Conste en acta que ni lo hice a propósito ni sabía quién era la señora en cuestión, hasta que vi la cara de los novios.
  • Tarjetas gastadas del metro del año 92.
  • Vales del 50% de descuento del Papa Pollo (¿?)
  • Mi primer pasaporte, con foto asustada a mis 14 años. Supongo que para ir a Francia.
  • Mis primeras gafas de sol, de pasta negra, imitación de las Ray-Ban.
  • Un interruptor antiguo de baquelita, desmontado, por supuesto. De pequeña me encantaba mirar como mi padre cambiaba bombillas y arreglaba enchufes. Aprendí mirando y me convertí en una Mc. Giver de mucho cuidado.
  • El primer reloj que tuve cuando me tocaría hacer la 1ª comunión y que no hice, regalo de mi padrino de bautismo, porque bautizar, me bautizaron.
  • Una caja de cerillas. No sé ni de dónde la saqué ni por qué la guardé, pero me alegro de ello porque parece toda una antigualla. Aparentemente es una caja de cerillas normal, pero está hecha de madera, como las cerillas, y es de una fábrica de fósforos “Sao Paulo”, de la marca “Guarany”.
  • Dos cajas de cerillas más. Empiezo a preocuparme.
  • Mi primera calculadora Casio LC-820, dorada y en su funda marrón.
  • Una llave antigua, de latón. A saber qué puerta cerré o abrí con ella.
  • Tres mecheros. (¿Fui pirómana y no lo recuerdo?)
  • Un termómetro de mercurio, prohibido desde hace sólo tres años, pero algún día será una reliquia. Recuerdo jugar con las bolitas de mercurio cada vez que me cargaba uno.
  • Unos 300 números de la O.N.C.E. del año 1993. Fijo que no eran míos, me los debí encontrar y me los quedé. No me preguntes por qué.
  • Libretas de ahorro del 1989 al 1993. Impresionante lo apuradísima que llegaba a final de mes, pero nunca jamás estuve en números rojos.
  • Una chapa de Arco’86 que mi amiga Núria me trajo de su viaje a Madrid.
  • Uno de mis llaveros preferidos con una pequeña bola de base-ball, deporte que me dio por jugar una temporada hasta que me tragué la segunda base de un planchazo y vi pasar mi corta vida en segundos.
  • Un bolígrafo de publicidad de Interlaken, de mi semanita en Suiza con mi amiga Raquel cuando tendría unos 22 años.
  • Un colgante con un puño de jade que me regaló mi primer amor a los 14 y que llevé colgado al cuello 9 meses. No fue un embarazo sino lo que duró la tierna historia hasta que el susodicho encontró a otra.
  • Tres esferas de relojes que tuve y que juntos no valdrían ni 1€.

Después de todo este rato toqueteando los objetos, oliéndolos, mirándolos, queriendo y sin querer, se van abriendo esos cajoncitos de la memoria de los que siempre hablo; esos espacios de mi mente que estaban cerrados desde hace tiempo y, de repente tengo 14 años y salto a los 20, y vuelvo a los 16 para acabar en los 18 gracias a uno de esos objetos.

Mi adolescencia se entrelaza con los primeros años de mi juventud. Me asaltan recuerdos que no recordaba y se dibuja una sonrisa paciente en mi rostro. Me reconozco en cada una de esas edades aunque sea muy distinta a ellas.

Abrir estas cajas es lo que tiene. Si estás reconciliada con tu pasado, se convierte en un agradable paseo de primavera en otoño.

Del amor al odio

¿Cuántos pasos hay del amor al desamor? ¿Y cuántos del amor al odio?

He conocido tanto el amor como el desamor, aunque podría presumir de conocer más al primero. Y he tenido la gran suerte de no acercarme casi nunca al odio. Y digo casi nunca, porque en mi corta o larga vida, según se mire, lo habré tenido cerca alguna vez. Digo yo…

Miro atrás (lo hago a menudo por balance, no por anclaje) y recuerdo vagamente los momentos de desamor. Y digo vagamente porque tengo una gran habilidad en guardar los malos recuerdos en cajoncitos de la memoria, cerrados con dos vueltas de llave. Con mi memoria de aprendiz de elefante que no ha comido uvas pasas en su vida, tengo que hacer verdaderos esfuerzos hercúleos para encontrar la llave de esos cajoncitos y conectar con la que era entonces. En todos esos momentos de desamor me acompañó la rabia, la tristeza, la inseguridad, el miedo, la soledad… pero nunca, jamás, el odio.

El odio es primo hermano de la envidia, que también puedo presumir de no conocerla. Mis defectos, que no son pocos, distan lejos de este par. Y la venganza es amiga de ellos; uña y carne junto al odio. Así que tampoco quiero saber nada de ella. Ni ganas.

Por eso, cuando alguien me habla de amor o desamor, puedo conectar con esa persona. Si me hablan de tristeza o de miedo, también. A estos dos los conocí de cerca y acepté su compañía. No debes luchar contra ninguno de los dos. Deja que se acerquen, que te hablen, pero nunca te aferres a ellos ni te encariñes. Tal como vienen, se van.

Pero del odio no quiero saber nada. No odio al odio, pero le ignoro. El odio te transforma en otra persona, crece en ti el lobo negro, alimenta tu parte más oscura que siempre procuras tener encerrada en la jaula. El odio te empuja a hacer y decir cosas que ni piensas ni crees. Y te invita a creer que lo que haces y dices es la verdad absoluta. La única verdad. La tuya. Es una fiera que cuanto más le das de comer, más crece. Y cuanto más crece, más te transforma. Y las mentiras que llegaste a decir se convierten en sentencias, en manchas, en cicatrices, en llagas en los demás y quizá nunca, repito: nunca se olviden, se superen, o se curen.

Hoy he llorado. No de amor ni de desamor. He llorado de tristeza, de decepción. He hablado por teléfono con alguien que aprecio mucho aunque no se lo diga a menudo, y me he enterado de su desamor, de su tristeza y su miedo. Me he enterado del odio de su expareja, y de sus mentiras que cree verdades, de su venganza y de su rencor. Era capaz de conectar con las emociones conocidas, pero no sabía cómo se puede llegar a ser tan lobo negro con alguien a quien has amado, a quien le has dedicado la mitad de tu vida, a quien has convertido en tu persona.

No sé cómo debe sentirse después de acusarle con mentiras, de sangrarle hasta la médula, de humillarle delante de todos. No sé cómo puede mirarse al espejo cada mañana.

Hoy he sentido de nuevo la decepción por alguien a quien quise cuando alimentaba a su lobo blanco, y nunca pensé que acabaría dando de comer a su lobo negro. Y he sentido una infinita ternura por ti, que has tenido las agallas y la valentía de explicármelo.

Bichos raros

Neurótico, neurótica: que tiene relación con la neurosis.

Neurosis: trastorno mental que distorsiona el pensamiento racional y el funcionamiento social, familiar y laboral.

Se caracteriza por una presencia elevada de angustia. El sujeto que la padece, aun manteniendo una conexión con la realidad, presenta la necesidad de desarrollar conductas repetitivas con el objetivo de disminuir su nivel de estrés.

Carlos se dio cuenta muy pronto que habían sonidos que le sacaban de quicio. Tendría unos 12 años cuando se percató realmente. El tic-tac del reloj le sumergía en un estado de ansiedad preocupante.

Más adelante advirtió que le molestaba el sonido que producían algunas personas al masticar, sobre todo con la boca abierta. No soportaba verlas mascar chicle, ni comer cosas crujientes.

Los teclados del ordenador en clase le alteraban. La respiración profunda de su compañero de mesa le superaba. Padecía, lo que se llama, misofonía.

Pero no solamente eran sonidos lo que le desquiciaba. Existían disparadores visuales que le producían los mismos efectos, como es el caso de ver a alguien mascar chicle de lejos, sin oír ningún ruido. O el hecho de ver a alguien sentado balanceando las piernas cruzadas. Eso también le molestaba. Estaba convencido que padecía algún tipo de trastorno obsesivo-compulsivo, conocido como TOC.

Ya de adulto, conoció a Esteban y Laura, dos compañeros de trabajo con los que se llevaba muy bien. Pronto reparó en las “manías” de Esteban; sus tics nerviosos que repetía como un mantra. Mientras hablaba se tocaba, por este orden, el lóbulo de la oreja derecha, la nariz y la barbilla. Aparentemente sin ningún por qué, pero lo hacía tan a menudo que, sin padecer misofonía o TOC, te dabas cuenta de ello.

Laura, en cambio, necesitaba lavarse las manos continuamente. Y no solo con jabón. En casa lo hacía con lejía y las tenía siempre rojas e irritadas. Antes de entrar en una habitación se paraba, contaba hasta 21 de tres en tres con los ojos cerrados y abría el interruptor de la luz 3 veces seguidas. Si alguien entraba antes que ella, sin contar y abriendo el interruptor a la primera, se esperaba fuera e iniciaba su ritual.

Comían separados a la hora del almuerzo ya que Carlos no soportaba el ruido al masticar, aunque se masticara con la boca cerrada. A Esteban le molestaba hasta la ira el sonido de los cubiertos en los platos. Laura, con sus rituales cada vez más marcados, necesitaba un metro de distancia en su espacio vital para no sentirse violenta.

No iban nunca al cine ya que el olor de las palomitas les molestaba, el sonido que se produce al masticarlas les molestaba, el volumen tan fuerte de la película les molestaba, que se sentara alguien en la butaca de al lado les molestaba, que sorbieran refrescos con pajita les molestaba, que se respirase profundamente les molestaba.

Pero les gustaba pasear cerca de la playa, en silencio, sin decirse nada. Solo el hecho de sentirse acompañados por personas que entendían sus “manías” sin verlos como bichos raros, les hacía sentirse “normales” por un rato.

El baúl de los recuerdos

 

De vez en cuando, de tanto en tanto, se me da por abrir cajas que tengo cerradas durante años. y descubro de nuevo a esa Pilar que lleva tantos años acompañándome. La Pilar de hoy estaba a punto de cumplir 18 años. Leía a filósofos y estaba descubriendo un mundo nuevo. Conoció a un chico, un tal Andreu, del que se enamoró platónicamente y con el que aprendió tantísimas cosas y vivió momentos tan mágicos y especiales, que, casi 30 años después sigue ocupando un trocito de su vida. Aunque él no lo sepa. Siguen felicitándose la Navidad cada año. Anque sea con un mensaje.

Escribió este texto que he recuperado.

 

Un nombre. Una canción. Una ciudad. Un recuerdo. Tic tac. El tiempo pasa. Y yo, aquí, lejos, espero. Espero que pase más de prisa. Tic tac. El tiempo sigue pasando.

Una carta. Una llamada. Una sonrisa. Una mirada. Tic tac. El tiempo pasa. Cada vez me siento más cerca de ese nombre, de esa canción, de esa ciudad, de ese recuerdo.

Tic tac. El tiempo marca pausadamente el paso de segundos, de minutos, de horas. No se para. Continúa adelante. Hasta que el silencio de un beso le obligue a pararse. Un beso de segundo. Pero eterno. Y me perderé de veranos, de otoños, de años y de días.

Tic tac. El tiempo sigue pasando. Los segundos mueren   l  e  n  t  a  m  e  n  t  e .  Nacen nuevos. El tiempo pasa. Ha de pasar. No puede pararse. Tic tac. ¿Por qué? Ley de vida. Todo lo que es bueno, nace. Y muere. Y se acaba. Pero siempre quedará la dulzura del beso, el escalofrío de la caricia, el temblor de la mirada. Tic tac.

Un viaje. Una cita. Un abrazo. Una palabra. Tic… por fin. El tiempo se ha parado. No existe. Ha muerto. El SER es. El NO SER no es. No existe. El tiempo no es. Ha muerto. No existe.

Un nombre. Una canción. Una ciudad. Un recuerdo. Una palabra. Una sonrisa. Una mirada. Un abrazo. Y en el fondo, siempre yo.

Pienso, luego existo.

 

Octubre de 1984