¡Felicidades!

Es el cumpleaños del que te dije. Y aunque llevamos tres días celebrándolo, hoy, siendo lunes, nos haremos un homenaje con un menú obrero.

Los cumpleaños se han de celebrar. Todos. Porque no somos conscientes de lo afortunados que somos al cumplir un año más.

Hablando de fortuna, ahora que el que te dije no me oye, tengo la gran suerte de haberle encontrado.

Nos conocimos allí por el 87, en el siglo pasado, pero ni sus musas ni mis hadas movieron un dedo por hacernos bailar mariposas en el estómago. He ido a contracorriente en muchas ocasiones y no siempre da buen resultado. Así que ese encuentro del que guardo recuerdos atados con lazo en uno de los cajones de la memoria, pasó a ser eso: recuerdos.

Pero la fortuna quiso volvernos a unir en la famosa cena del 50 aniversario del colegio en el 2004,  donde yo iba como ex alumna y él, como padre de alumnas. Y aunque esa cena marcó un reencuentro, tuvieron que pasar unos cuantos meses para que el que te dije se decidiera.

Yo lo tuve claro meridiano desde muy al principio, por primera vez en mi vida. Él andaba a un ritmo diferente al mío. Así que me senté y esperé.

Y, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que no me equivoqué. Formamos un gran equipo. En el 87 teníamos demasiadas cosas que aprender por separado. Una vez aprendidas, ya podíamos iniciar el camino juntos.

No es que sea el tipo perfecto. Ni hablar. Pero he aprendido a querer sus imperfecciones, como él quiere las mías. Tiene sus cosas buenas y las menos buenas. A veces me entran ganas de darle con la sartén en el cogote y otras, le miro cuando no me ve y sonrío diciéndole, sin que me oiga: “te quiero”.

El que te dije es una gran persona. Tiene una paciencia infinita cuando salimos por ahí y llevo la cámara al cuello. Disfrutamos de las pequeñas cosas que no cuestan dinero. Cuando uno se ha ido abajo, el otro se da impulso hacia arriba para estirarlo.

Le gusta verme reír y le gusta hacerme reír. Respeta mi espacio y mi independencia. Se ha hecho amigo de mis amigos y, eso, para mí, es muy importante.

Me ha enseñado a mirar el cielo en noches estrelladas y a encontrar constelaciones. Me ha hablado de los sonidos, los olores y colores de sus montañas y he aprendido a sentirlos, a disfrutarlos.

Es familiar y casero. Pero si vamos de fiesta, bailamos hasta que se hace de día. Le gusta escuchar música y cantamos juntos en el coche.

A veces tiene un punto de negatividad que lo compenso por mi lado. Está aprendiendo que del blanco al negro hay varios tonos de gris.

Admiro su fuerza de voluntad y su tenacidad, dos cualidades que desconozco.

El que te dije y yo ya no somos lo que éramos, con lo que hemos sido… pero seguimos andando al mismo ritmo, uno al lado del otro. Ni un paso más adelante, ni uno más atrás.

Cuando le “reconocí” en el 2004, supe que quería hacerme viejita a su lado. Hoy sigo pensando lo mismo.

Feliz cumpleaños, guapo.