Perdiéndome entre líneas

Sigo sintiendo ese sabor agridulce cada vez que doy por finalizado un libro. En las últimas páginas ralentizo la lectura para saborearla, consciente de que esa historia que me ha atrapado, me dejará marchar.

Recuerdo que, con unos 10 años, empecé a devorar los libros del Círculo de Lectores que había por casa. Tiempo del Este, tiempo del Oeste; La Noria; Matar a un ruiseñor… No eran libros para mi edad, pero fui aprendiendo a viajar sin moverme del sofá.

En todas las casas donde he vivido, me han acompañado cajas de libros que se trasladaban conmigo. El ritual empezaba al entrar en una librería, acariciar las portadas, esperando que alguna de ellas me atrapara para quedarse conmigo, llegar a casa y oler sus páginas con los ojos cerrados y leer la contraportada antes de empezar a ventilarlo. Buscaba esos momentos míos, absolutamente míos en los que, no sólo leía líneas y párrafos, si no que olía los aromas, veía los colores, oía los ruidos, me perdía por esas calles y me convertía en protagonista de esa historia.

He tenido épocas en que engullía casi literalmente los libros y épocas en los que era incapaz de empezar uno. Y si conseguía entrar en alguna nueva historia, por dejadez, aburrimiento y falta de compromiso, abandonaba sin piedad la lectura.

Ahora estoy de nuevo en esa época hambrienta de lectura. Mi vida y mi tiempo me permiten poder pasarme horas leyendo sin pensar en nada más. Y eso es un verdadero lujo.

Disfruto de frases construidas con una arquitectura recia, párrafos que me arrancan carcajadas y que releo varias veces para paladear cada una de las letras que se entrelazan con una maestría artesanal. A cada página que paso, espero el momento de encontrar pistas o desvelar secretos, pero hay algo que me mantiene en vela y me empuja a continuar saboreando línea tras línea.

Adoro el momento en el que soy consciente que se me ha erizado el vello al leer una descripción, o tener que dejar de leer porque las lágrimas me emborronan la visión por algo que me ha conmovido. Cuando alguien es capaz de escribir así, de transmitir emociones, de levantar pasiones, de sacudirte de dentro a fuera como si fueras de trapo, de construir frases de colores bellísimos , de enlazar palabras hasta convertirlas en música, no puedo continuar como si nada. Leo y releo esa página o ese párrafo saboreándolo como si se tratara de un helado de chocolate.

Hoy he terminado la cuarta y última entrega de la saga de El Cementerio de los Libros Olvidados: El Laberinto de los Espíritus. Los otros tres ya me los había leído hace años, pero para cerrar el círculo decidí empezar de nuevo por el principio y releerme los cuatro seguidos. Ha sido un verdadero placer perderme entre esas páginas de secretos y misterios, que dibujaban una ciudad que reconozco por ser parte de mí; una Barcelona en la que, aunque ambientada en otras épocas, podía pasear por sus calles que fueron mis calles durante los más de 20 años que viví allí.

Momentos que no tienen precio

Llego a casa a tope de energía, las pilas recargadas. Los besos y abrazos de estos dos últimos días me han llenado por una temporada. Miradas de ternura, mesas largas, ruidosas, palabras a trompicones, conversaciones banales, confesiones, risas, muchas risas.

Una vez al año nos reunimos la familia. Y la reunión es en el pueblo de donde eran mis abuelos maternos, donde nacieron y crecieron mi madre y sus hermanos, donde correteábamos de pequeños por los mismos rincones que lo hubieran hecho mi madre y su hermana si no les hubieran obligado a llevar el almuerzo y la comida al campo mientras sus hermanos y demás mozos de casa trabajaban. La infancia de la post-guerra no se parece en nada a la de ahora. Se hacían mayores de repente, sin tiempo para jugar casi.

A lo que iba. Me gusta pasear con mis primos y tíos por el pueblo, volver a la “Font Vella” (fuente vieja) donde niñas y mujeres lavaban la ropa a mano, frotándola en la piedra, aclarándola con esa agua helada que te abría las manos.

Mi tía siempre me habla de mi madre, su hermana, que perdí hace casi 19 años, y la imagino por esos lares. Mi tía, a la que adoro, se autonombró suegra del que te dije en cuanto lo conoció. Mi tía, que es como una segunda madre, nos observaba este fin de semana continuamente. Sus ojos vidriosos, sus manos arrugadas y cálidas, su sonrisa y su mirada, llenas de ternura. Cuando iba a abrazarla, porque sí, porque me apetecía, porque quería sentirla muy cerca, ella se abandonaba al abrazo y me decía siempre lo mismo: “estos momentos juntos, no tienen precio”.

He podido, un año más, abrazar a todos mis tíos. Pero no abrazos de cortesía, si no abrazos entregados desde el corazón, de esos que das con los ojos cerrados, de esos que te llenan. Y a todos les he recordado lo mucho que les quiero. Estos abueletes son de una generación en la que estaba casi prohibido mostrar sentimientos y hablar de emociones. Sé que les cuesta dejarse llevar, pero a la que los abrazas, se entregan, se funden, se emocionan. Y en cuanto oyen la palabra “te quiero” te responden con esa voz temblorosa y llena de emoción: “yo también te quiero”. Y como dice mi tía, esos momentos no tienen precio.

En cada comida nos cambiamos de sitio. Hablas con unos, comentas con otros, te levantas y charlas con el de más allá. A mí me pierde mirar a los mayores, hermanos y cuñados de mi madre. Cada uno con su vida, con sus achaques, con sus historias, con la familia que han formado. Y un fin de semana de junio, todos juntos, podemos ser entre 30 y 50 si consiguiéramos venir todos. Y pienso una vez más en mamá, que no está presente, pero está en cada uno de nosotros, sus hijos, y en sus hermanos. Y pienso en tío Martín, que tampoco está, pero sus dos hijos y esposa siguen aquí, empujando el barco hacia adelante. Y tía Juanita, que también se marchó, pero su legado continúa a través de los suyos.

Y todo ello me lleva a mis abuelos, Ramón y Luisa. Y me gusta pensar que, desde algún rincón, junto a Pilarín, Martín y Juanita, disfrutan de nuestros encuentros, de nuestras risas, de nuestros abrazos.