Los giros de la vida

 

  • Abuela, ¿en qué momento te das cuenta de que la vida no es una línea recta?

Clara supo que debía dejar el libro a un lado y volcar toda su atención en la pequeña Jana. Aunque estuviera a punto de cumplir los dieciséis, para ella seguiría siendo su pequeña.

Jana era una jovencita risueña y alegre, algo insegura y sensible. A veces era capaz de mostrar su lado oscuro enseñando los dientes, o su parte más dramática asemejándose a una cantante de opereta barata. Pero tenía la cabeza bastante bien amueblada para su edad, y Clara siempre supo que se convertiría en una preciosa mariposa tras sufrir ese período llamado adolescencia. Jana le recordaba a ella misma cuando era niña. Siempre curiosa, siempre preguntando, con sed de saber más y más de todo: de la vida, de la muerte, del amor y el desamor, de la frustración y del dolor. La diferencia entre la una y la otra, básicamente, era que Clara no pudo hacer esas preguntas en voz alta, ya que los mayores la miraban extrañados y le decían que “una niña no tiene que preguntar esto”. Por ese motivo, cuando Jana empezó a despuntar con esas preguntas impropias para su edad desde bien pequeña, Clara sintió que la conexión que tenía con ella crecería con el tiempo. Y se prometió a sí misma intentar responder la mayoría de ellas, y si no, ayudarle a buscar la respuesta. A veces, las preguntas que nos hacemos en un momento dado de nuestras vidas se quedan sin contestar. De momento. Pero la vida misma te las va respondiendo durante el camino. Sólo hace falta estar atenta. Muy atenta.

  • ¿Por qué crees que no es una línea recta, Jana? Los minutos dan paso a las horas, las horas a los días, los días a los meses y éstos, a los años. Todo parece fluir en línea recta, ¿no te parece? –A Clara le gustaba dar vueltas a las preguntas para que Jana se planteara más cuestiones. Ese tipo de conversaciones la devolvían a sus años de juventud y se quitaba décadas de encima, aligerándole el peso del tiempo a sus espaldas.
  • Sí, eso es lo que parece, que todo fluye en línea recta. Pero estaba pensando en ese chico del que te hablé, de ese tal Edu que me gusta. Si yo no llego a ir de vacaciones al pueblo este verano, no me hubiera fijado en él, ni él en mí. Por tanto, mi vida en septiembre seguiría por otro lado. ¿Me entiendes, abuela? Y así, con muchas cosas que me pasan. Es como si tuviéramos que decidir continuamente hacia dónde ir, qué dirección tomar. Si nos dejamos llevar por la vida, iríamos en línea recta mucho tiempo. Recta y aburrida. Pero en el momento que tomamos cualquier decisión, el curso de la vida cambia, hacia un lado o hacia otro, pero cambia. ¿No crees, abuela? ¿No te ha pasado nunca a ti?

Clara sonrió con los ojos y los labios. Su mente se marchó al desván de la memoria, a buscar cajones escondidos tras cajas llenas de experiencias y recuerdos. Encontró una de ellas, llena de polvo por el tiempo que llevaba cerrada y la sacudió por encima, acariciando la tapa con la palma de las manos. Seguía sonriendo mientras la destapaba despacio y dejaba que anécdotas y pensamientos, recuerdos y sensaciones la abrazaran de nuevo. Y empezó a explicar una de esas historias que atrapaban a Jana, que conseguían que no se moviera de su lado, que la escuchara con todos los sentidos, mientras esos ojos adolescentes brillaban de emoción al imaginarse a su abuela de joven.

  • No recuerdo en qué momento apareció en mi vida. Ni cómo pasó. Ni por qué. Si hubiera sabido en ese momento que se convertiría en alguien tan especial para mí, hubiera hecho todo lo posible por memorizar o anotar esos datos. Pero la vida nunca te avisa de esas cosas. Así que debes estar siempre alerta.
    Nos conocimos de casualidad, un día de verano. Yo iba con mis amigas y nos topamos con un grupo de chicos. Todos ellos hacían el servicio militar en la ciudad; porque aquí teníamos un cuartel y todo, no te creas. En esa época era normal ver desfilar a jovencitos imberbes vestidos de soldado yendo o viniendo de maniobras. Yo solía verlos pasar desde el balcón cuando era como tú. Y los fines de semana, a los que no vivían cerca y les daban permiso para irse un par de días a ver a su familia, se quedaban en la ciudad y salían a pasear y a tomar algo antes de tener que volver al cuartel.
    A mí me gustaba un chico de Vigo y enseguida me di cuenta que yo también a él. A esa edad (debería rondar los 19 años) todavía crees que puedes conseguir todo lo que te propongas y que no hay obstáculos insalvables para el amor, y que todos comen perdices porque son felices. Como salíamos en grupo, aparte de este chico, Vicente se llamaba si no me falla la memoria, me hice muy amiga de un tal Carlos, un chico de mi misma edad y un poco… ¿cómo te diría? Iba de tipo duro y yo lo creía y admiraba, aunque el tiempo me enseñó que sólo eran corazas tras las que se escondía.
  • ¿Os enrollasteis, abuela? –preguntaba Jana, retorciéndose las manos de curiosidad.
  • Vigo estaba muy lejos de esta ciudad, y un mes más tarde yo me marcharía de aquí, y me iría a estudiar fuera. En esa época y a esa edad, todo iba más despacio que ahora. Se licenció del servicio militar y se marchó a la otra punta. Yo me fui a estudiar fuera y me escribía cartas a diario. A diario, ¿te imaginas? Todavía las guardo. Igual que guardo las de Carlos, su compañero de mili del que me hice súper amiga. Tan amiga que se lo contaba todo, cuándo había recibido carta de Vicente, cuándo me había llamado, cuántos planes teníamos… Y no era capaz de leer entre líneas las cartas de Carlos en las que se dibujaban guiños y miradas que no eran de amistad, sino de amor. Carlos se licenció y volvió a casa. Casualmente a la misma ciudad donde yo me marché a estudiar. Seguimos en contacto. Y no recuerdo ni cómo ni por qué, como te comentaba antes, pero despacio o de repente, me di cuenta que esa “pasión” que sentía por el de Vigo se había desvanecido. Y todos mis pensamientos y mis ilusiones, mis confidencias, mis deseos y mis sueños llevaban el nombre de Carlos.
    Empezamos a salir. Yo ya tenía 20 años y para mí era lo más importante que me había pasado en toda mi vida. Lo más importante y lo mejor. Los chicos que me habían gustado hasta entonces no le llegaban a la suela del zapato. Le quería de una manera que me era desconocida. Le admiraba. Era muy inteligente, divertido, apasionado.
    Salimos no recuerdo cuánto tiempo. Un año, dos… Sencillamente yo pensaba que duraría para siempre…
  • ¿Te dejó él o le dejaste tú, abuela?
  • Me dejó él. Y, sinceramente, no recuerdo el por qué. Pero siento que fue como un jarro de agua fría, sin ninguna explicación que me convenciera, sin ninguna excusa barata a la que agarrarme. Y recuerdo, como si fuese hoy, el dolor que sentí en el pecho, esa falta de oxígeno que me duró meses. No entendía qué había pasado, por qué me había dejado, y pensaba, ilusa de mí, que en cualquier momento volvería, arrepentido, diciendo que me echaba de menos. Nunca volvió. Y yo perdí un novio y un amigo a la vez. Y tuve que pasar mi proceso de duelo.
    Ahí empecé a plantearme que la vida no era una línea recta, sino que, a cada decisión que tomamos, el volante gira a la derecha o a la izquierda. Y, sin darte apenas cuenta, el curso de tu vida se va modificando.
  • ¿Volviste a saber algo de él, abuela?
  • Durante mucho tiempo, paseando por la ciudad, de golpe me parecía verlo a lo lejos y el corazón se desbocaba. En serio, no exagero. Tenía que apoyarme en alguna pared para reponerme. Me preocupaba que me costase tanto superarlo. Si hubiera tenido algo a lo que agarrarme… pero me sentía pequeña, insignificante, insegura; no había sido lo suficientemente buena para él. La culpa seguro que era mía aunque no supiera qué había hecho mal. Y a él, lo seguía admirando, idealizando, amando.
    Pasaron los años, conocí a más gente, salí con otros chicos, pero Carlos siempre ocupó un lugar especial en mi corazón. Guardé todas sus cartas, las que nos escribíamos mientras hacía la mili, y las he releído muchas veces. Y vuelvo a sentir esas cosquillas en el estómago.
  • Pero ¿lo volviste a ver alguna vez, abuela? –preguntaba Jana con los ojos muy abiertos, llenos de impaciencia.
  • Una vez, muchos, muchos años después, sonó el teléfono. Descolgué y pregunté: “¿Sí?”. Él sólo pronunció mi nombre y reconocí su voz enseguida. Sentí de nuevo ese cosquilleo en el estómago. Estuvimos hablando un buen rato, poniéndonos al día de nuestras vidas, de los caminos tan distintos que habían trazado la una de la otra. Un matrimonio, dos hijas, vivir en otra provincia… Fui consciente de que le había perdonado todo el daño que me había hecho, queriendo o sin querer, o porque a los 20-22 años no lo sabes hacer mejor. Y darme cuenta de ello me quitó un peso de encima. Me aligeró la carga. Sentía como si cerrase un círculo que había estado abierto demasiado tiempo.
  • Así que no os visteis… supongo.
  • En esa ocasión, no. Tuvieron que pasar muchos años más, que mi camino y el suyo siguieran dando giros a un lado y a otro, hasta que volvió a aparecer en mi vida. De repente. De casualidad. O no. Y retomamos el contacto. Con calma, con la serenidad que otorgan los años, con el cariño que guardas de las vivencias, con la sabiduría que te regala la vida. Y pudimos, por fin, darnos ese abrazo pendiente tras tantos años. Y presentarme a su nueva compañera de vida, y hablarme de su divorcio, de sus padres, que aún viven, de su trabajo, de su trayectoria vital.
  • Qué emocionante, abuela. ¿Y qué sentiste al verle?
  • Ternura, muchísima ternura. Me encantó poder presenciar que mi yo de 20 y su yo de 20 se habían reencontrado más de treinta años después, y eran capaces de charlar, compartir un café y unas anécdotas, sin rencores, sin dolor, sin tristeza, sin ira. La vida, es lo que tiene. Aunque el camino no sea una línea recta, muchas veces te permite estos pequeños o grandes regalos que son los reencuentros con personas que han sido muy importantes. Y aparecen de nuevo. Algunos, para no volver a marcharse. O sí.
  • Gracias, abuela. A veces me siento un bicho raro haciendo estas preguntas. Como si nadie me entendiera. Pero sabía que tú lo harías.

 

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