Espíritu navideño

Ya han pasado las dichosas fiestas de Navidad. Quien me conoce de cerca sabe lo poco que me gustan.

No es que no valore reunirme con los míos, ni pasarme horas en la cocina preparando canelones. Eso me encanta. Y disfrutar de los más pequeños de la casa, tercera generación que sube licenciada.

Pero no me gustan estas fiestas, no por su espíritu navideño, sino por todo lo contrario: la carencia  de tal. El gasto desmesurado, totalmente innecesario de comida y regalos. Regalos en exceso para niños que ya tienen de todo y que no lo valoran. Personas vacías que llenan esos huecos con cosas materiales, regalos “de marca”. Ridículos.

Cada mes de diciembre, a medida que se van acercando estas fechas me convierto en el Enanito Gruñón. Ni hago regalos ni los espero. Me gusta regalar en cualquier ocasión del año, así, sin venir a cuento. Y los regalos sorpresa porque sí. Pero no porque sea navidad.

Todo esto lo pensaba mientras volvía una tarde a casa y me encontré una manta doblada en un rincón de mi escalera. Los inviernos en esta ciudad son muy fríos y ese es un buen lugar para algún sin techo que busque cobijo, para algún Sr. Nadie que quiera resguardarse.

Al día siguiente, al salir a la calle, un indigente que había pasado la noche en el rincón, me saludó con un: “buenos días, señora.” “Buenos días” le contesté yo también. Le recordé que era una escalera privada de la comunidad de vecinos y que procurara no ensuciarla si se quedaba allí. “No se preocupe, señora. Que Dios la bendiga”.

Poco más tarde lo encontré en la puerta del supermercado que está justo al lado de mi casa, con un vaso de plástico, pidiendo limosna. “Buenos días, señora” me volvió a decir.

Los días desfilaban y él se encontraba bien en este barrio tranquilo, con su manta plegada en un rincón de mi escalera. Siempre saludaba cuando me veía.

Una noche le bajé un par de bocadillos por si no había comido. Otro, le hice uno caliente para llevarse algo al estómago. Durante el día, siempre lo puedes encontrar en la puerta del súper pidiendo limosna. Nunca lo he visto bebido y siempre, siempre, tiene una palabra amable.

El día de Nochebuena, andaba yo preparando los canelones de las fiestas y me acordé de él. Bajé a la calle y le pregunté si le importaría que charlásemos un rato. Me dijo que no. Quería saber cosas, quería ponerle nombre, quería que dejase de ser el Sr. Nadie y darle una vida, quería que fuese visible y no invisible como la mayoría de ellos.

Se llama Julio y tiene 55 años, aunque aparenta unos cuantos más. Es menudo y delgado y le faltan algunos dientes. Es de Madrid y hace 4 meses se vino a mi ciudad, Lleida.

Yo iba haciendo preguntas y algunas las iba esquivando. Se lo volvía a preguntar de otra manera y seguía esquivándome. Le miré a los ojos unos segundos y le pregunté por tercera vez: “Qué te llevó a vivir en la calle?”

Me comentó que era camionero, que tuvo un accidente y le quitaron el carnet. Intuí la historia, pero quería que me la contara él. Acabó abriéndose en canal, explicándome que tuvo problemas con la bebida. Muchos problemas. Bebía para olvidar. Y un día conduciendo, invadió el lado contrario y tuvo un accidente.

Me contaba que son 4 hermanos, dos chicas y dos chicos. Ellos intentaron ayudarle al principio, pero Julio no se dejaba ayudar. Y el alcohol le separó de su familia. Y el alcohol le llevó a la calle.

Lleva 6 años sin beber. Alguna cervecita de vez en cuando, me explicaba. Pero no a diario. Tiene una paga de invalidez de 325€ según me dijo y eso no le permite tener una casa.

-Qué crees que te ayudaría a salir de la calle, Julio? –le pregunté. “Tener un techo donde dormir sería lo más importante. Así podría dedicarme a buscar trabajo porque también pinto, aunque a mi edad es muy difícil encontrar algo”.

Lo más duro de todo es pasar las noches a la intemperie. Durante el día pide limosna. Suele recoger unos 10-12€ que usa para comer y comprarse algo de ropa que le abrigue. Me comentaba que hay gente de todo: personas amables que le saludan y le dan algo. Y otras que le dicen de todo menos guapo.

Antes de volver a subirme para casa le pedí si podía darle un abrazo. Me dijo que sí y se dejó abrazar, aunque él no supiera hacerlo.

Feliz Navidad” me dijo antes de irme. Y fui consciente que él la pasaría de nuevo solo, envuelto en una manta.

Al llegar a casa, le preparé una bandejita de canelones gratinados con bechamel, un pote de caldo caliente, un poco de vino, vasos, cubiertos y plato desechables, dulces de postre y un par de velas para que tuviese algo de luz. Le bajé la cena recién calentita antes de irme a cenar a casa de unos amigos.

Feliz Navidad, Julio. Que el 2018 te saque de la calle.

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