Querido Antonio:

No recuerdo ni cómo ni cuándo apareciste en mi vida. No voy a mentirte diciendo que seguí tu historia desde el secuestro. Ni siquiera antes.

Pero un día, de repente, oigo tu nombre, Antonio Pampliega,  y se enciende una alarma. Y empiezo a buscar información. Me acerco a ti sin que lo sepas, te miro, te escucho, te sigo. Y te lloro.

Te escribo esta carta como tú escribías a tu hermana Aleja. No malinterpretes mi osadía. Lo hago desde el más profundo respeto.

Finalmente consigo tu libro, EN LA OSCURIDAD, de @ed_peninsula. No es un libro extenso, se podría leer en un par de días. Pero no puedo. Cada tanto debo parar a respirar hondo, a tomar distancia.

En La Oscuridad no es una novela, ni una historia inventada y bien documentada. Es la historia de tu secuestro durante 10 meses por Al-Nusra, la rama de Al Qaeda en Siria, explicada por ti mismo. Te leo y te pongo cara, y oigo tu voz. Y siento tus lágrimas. El hecho de saber que tu historia tiene un final feliz me calma. Pero eres tan capaz de transmitir sensaciones y emociones que, aun sabiendo que te liberan, estoy intranquila.

En cada palabra tuya, en cada línea, en cada página, te abres en canal, mostrando todos tus miedos, tus inseguridades. No vas de héroe en ningún momento. Pero lo eres. Te conviertes en héroe cada vez que eres capaz de mostrar tu yo más débil, más inseguro, más vulnerable.

Hablas de la soledad, desde la soledad. Lo peor no fueron los malos tratos y las humillaciones, cuentas. Lo peor era estar solo. Eso me hace reflexionar. Soy una persona que adora la soledad, que la disfruta, que la mima y la cuida. Que la respeta. Pero soy consciente que esa soledad es buscada, es querida. No es una soledad impuesta, como te ocurrió a ti. Las personas no estamos hechas para esa soledad impuesta.

Recuerdo cuando en navidad, sin tener nada, absolutamente nada, ni tan solo la esperanza de salir, te traen mandarinas. Y se convierten en un tesoro preciado, un regalo valioso junto a una carta de tus compañeros. Eres capaz de saber ver y valorar las pequeñas cosas que te pasan por delante. Me he emocionado cuando, a tu manera, celebraste el cambio de año, solo en tu celda, con los gajos de dos mandarinas, llorando. Y he sentido tu dolor. Quien me conoce sabe que ese momento del cambio de año, para mí, es un momento mágico, muy especial, igual que el día de mi cumpleaños. Y leer y sentir cómo pasabas tú el tuyo, con ese bollo de chocolate, me ha dado escalofríos.

Me ha impactado cuando has decidido, de repente, abrazar “a uno de los hijos de puta” que te tenían secuestrado, recordando el último abrazo que habías dado a tu padre hasta esa fecha, ese 8 de julio del 2015. Yo soy mucho de abrazar. Los abrazos reconfortan, recomponen y relajan. Incapaz de imaginar tanto tiempo sin dar o recibir alguno.

Admiro tu fuerza, tu fortaleza, tu capacidad de levantarte, tu resilencia. Admiro la frialdad con la que eres capaz de narrar una situación concreta y poco más adelante, ver cómo te derrumbas, hecho añicos, y mostrando todos tus miedos. Se ha de ser muy valiente, Antonio.

No odiar. Esa es una gran lección. Después de todo lo vivido, de todo lo sufrido, eres capaz de ponerte en sus zapatos y entender que no era nada personal. No maltrataban a Antonio, no humillaban al periodista que eres. Tú representabas occidente, lo indigno, lo malo, lo que ellos odian. Podía haber sido otro, pero te tocó a ti. Y has conseguido hacer esa reflexión.

Imagino tu vuelta a casa, con los tuyos. Tus silencios, tus miradas esquivas. Hablar de ello no ha debido resultar nada fácil. Supongo que a estas alturas pensarás diferente. Pero no me quiero quedar con las ganas de decirte que no lo sientas. No fue tu culpa. No dependió de ti. Tu familia, tus amigos sufrieron. Pero nunca te culpabilizaron. Estoy segura.

Y finalizo esta carta, dándote las gracias por dibujar con letras esa pesadilla que te tocó vivir. Por ser tan honesto, por no disfrazar de personaje esa gran persona que eres; por no dejarte perder, por luchar hasta el final, por no desfallecer.

Y como sé que te gustan mucho, te envío desde aquí, un largo y cálido abrazo

 

Pilu.