Día del Libro y de la Rosa

Ayer, 23 de abril, fue el día del Libro y de la rosa. Es uno de los días más bonitos de mi tierra, donde, aun siendo un día laborable, las calles están abarrotadas de gente que van de aquí para allá, buscando un libro para regalar y una rosa a quien entregar.

Sant Jordi se vistió de Fiesta aunque fuera lunes. El que te dije aprovechó su descanso del desayuno para traerme una rosa. Hemos instaurado en casa una tradición que dura ya desde la primera que me regaló: saco la flor de su envoltorio y, en lugar de ponerla en agua, la cuelgo boca abajo, pegada a un espejo de nuestra habitación y se quedará así hasta el próximo 23 de abril. Ayer, después de dicho ritual, llevé la rosa del año pasado, cerrada y seca, al jarrón de rosas que, año tras año, van acumulándose.

Después salí a la calle expectante. Adoro el ambiente que reina en mi ciudad. Paradas de libros por todas partes, vendedores de rosas de todos los colores, texturas y tamaños. Rosas de verdad, rosas de papel, rosas de lana, rosas de caramelo.

Ayer, además, me estrené como voluntaria de la asociación de Amics de la Gent Gran, (amigos de la Gente Mayor). Me habían encargado llevarle una rosa y un libro a una señora de 87 años, que vive sola.

Pasé por el estand que la asociación tenía montado al lado de la Catedral, a recoger la rosa y el libro, y me fui a buscar el autobús. Me di cuenta que estaba emocionada de vivir esa experiencia y que sería muy enriquecedora. Me gusta salir de mi zona de confort y encontrarme en situaciones que no controlo y aprender a moverme entre ellas.

Cuando la sra. Rita me abrió la puerta, supe que todo sería muy fácil. Me acompañó a una salita donde me ofreció asiento y empezó a hablar. Y a hablar. Y a hablar. No me hacía falta preguntarle casi nada, porque ella era como Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como. Pero me hacía reír.

Me contaba, entre mil cosas, que a ella sólo le falta dinero, porque de lo demás tiene de todo. Tiene úlcera de hiato, dos quistes en el cerebelo, las rodillas trinchadas, arritmias y cataratas. Pero no ha perdido el sentido del humor.

Me explicaba que se puso a trabajar a los 14 años y que, aunque no estudió, se ha licenciado en Mundología. Opina que los médicos, después de terminar la carrera de medicina, deberían hacer alguna de Humanidad y Psicología.

Me sentí muy a gusto con ella. Me explicó muchísimas cosas en la hora que estuve haciéndole compañía. Así que, cuando me despedí de ella me dijo:

  • ¿Y ahora, qué?
  • Pues no sé. Hablaré con la asociación, a ver qué dicen.
  • Pues si me preguntan a mí, les diré que eres muy amable y muy cariñosa, y que me gustaría que fueras tú mi voluntaria.

Me agarró por el brazo y me dijo:

  • Cuando salgamos a pasear, me agarraré así para no caerme. Y si nos cansamos, nos sentamos a tomarnos un café.

No pude evitar abrazarla con una sonrisa. Y ella se dejó abrazar y me abrazó también. Supe en ese momento que quería ser su acompañante.

Volví al estand y expliqué todas las sensaciones y emociones que se habían removido por dentro. Así que nos pusimos de acuerdo en que la señora Rita y yo, pasaríamos más tiempo juntas.

Hoy la he llamado y hemos quedado para pasado mañana por la tarde. Y sonrío, sólo de pensarlo.

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