Los giros de la vida

 

  • Abuela, ¿en qué momento te das cuenta de que la vida no es una línea recta?

Clara supo que debía dejar el libro a un lado y volcar toda su atención en la pequeña Jana. Aunque estuviera a punto de cumplir los dieciséis, para ella seguiría siendo su pequeña.

Jana era una jovencita risueña y alegre, algo insegura y sensible. A veces era capaz de mostrar su lado oscuro enseñando los dientes, o su parte más dramática asemejándose a una cantante de opereta barata. Pero tenía la cabeza bastante bien amueblada para su edad, y Clara siempre supo que se convertiría en una preciosa mariposa tras sufrir ese período llamado adolescencia. Jana le recordaba a ella misma cuando era niña. Siempre curiosa, siempre preguntando, con sed de saber más y más de todo: de la vida, de la muerte, del amor y el desamor, de la frustración y del dolor. La diferencia entre la una y la otra, básicamente, era que Clara no pudo hacer esas preguntas en voz alta, ya que los mayores la miraban extrañados y le decían que “una niña no tiene que preguntar esto”. Por ese motivo, cuando Jana empezó a despuntar con esas preguntas impropias para su edad desde bien pequeña, Clara sintió que la conexión que tenía con ella crecería con el tiempo. Y se prometió a sí misma intentar responder la mayoría de ellas, y si no, ayudarle a buscar la respuesta. A veces, las preguntas que nos hacemos en un momento dado de nuestras vidas se quedan sin contestar. De momento. Pero la vida misma te las va respondiendo durante el camino. Sólo hace falta estar atenta. Muy atenta.

  • ¿Por qué crees que no es una línea recta, Jana? Los minutos dan paso a las horas, las horas a los días, los días a los meses y éstos, a los años. Todo parece fluir en línea recta, ¿no te parece? –A Clara le gustaba dar vueltas a las preguntas para que Jana se planteara más cuestiones. Ese tipo de conversaciones la devolvían a sus años de juventud y se quitaba décadas de encima, aligerándole el peso del tiempo a sus espaldas.
  • Sí, eso es lo que parece, que todo fluye en línea recta. Pero estaba pensando en ese chico del que te hablé, de ese tal Edu que me gusta. Si yo no llego a ir de vacaciones al pueblo este verano, no me hubiera fijado en él, ni él en mí. Por tanto, mi vida en septiembre seguiría por otro lado. ¿Me entiendes, abuela? Y así, con muchas cosas que me pasan. Es como si tuviéramos que decidir continuamente hacia dónde ir, qué dirección tomar. Si nos dejamos llevar por la vida, iríamos en línea recta mucho tiempo. Recta y aburrida. Pero en el momento que tomamos cualquier decisión, el curso de la vida cambia, hacia un lado o hacia otro, pero cambia. ¿No crees, abuela? ¿No te ha pasado nunca a ti?

Clara sonrió con los ojos y los labios. Su mente se marchó al desván de la memoria, a buscar cajones escondidos tras cajas llenas de experiencias y recuerdos. Encontró una de ellas, llena de polvo por el tiempo que llevaba cerrada y la sacudió por encima, acariciando la tapa con la palma de las manos. Seguía sonriendo mientras la destapaba despacio y dejaba que anécdotas y pensamientos, recuerdos y sensaciones la abrazaran de nuevo. Y empezó a explicar una de esas historias que atrapaban a Jana, que conseguían que no se moviera de su lado, que la escuchara con todos los sentidos, mientras esos ojos adolescentes brillaban de emoción al imaginarse a su abuela de joven.

  • No recuerdo en qué momento apareció en mi vida. Ni cómo pasó. Ni por qué. Si hubiera sabido en ese momento que se convertiría en alguien tan especial para mí, hubiera hecho todo lo posible por memorizar o anotar esos datos. Pero la vida nunca te avisa de esas cosas. Así que debes estar siempre alerta.
    Nos conocimos de casualidad, un día de verano. Yo iba con mis amigas y nos topamos con un grupo de chicos. Todos ellos hacían el servicio militar en la ciudad; porque aquí teníamos un cuartel y todo, no te creas. En esa época era normal ver desfilar a jovencitos imberbes vestidos de soldado yendo o viniendo de maniobras. Yo solía verlos pasar desde el balcón cuando era como tú. Y los fines de semana, a los que no vivían cerca y les daban permiso para irse un par de días a ver a su familia, se quedaban en la ciudad y salían a pasear y a tomar algo antes de tener que volver al cuartel.
    A mí me gustaba un chico de Vigo y enseguida me di cuenta que yo también a él. A esa edad (debería rondar los 19 años) todavía crees que puedes conseguir todo lo que te propongas y que no hay obstáculos insalvables para el amor, y que todos comen perdices porque son felices. Como salíamos en grupo, aparte de este chico, Vicente se llamaba si no me falla la memoria, me hice muy amiga de un tal Carlos, un chico de mi misma edad y un poco… ¿cómo te diría? Iba de tipo duro y yo lo creía y admiraba, aunque el tiempo me enseñó que sólo eran corazas tras las que se escondía.
  • ¿Os enrollasteis, abuela? –preguntaba Jana, retorciéndose las manos de curiosidad.
  • Vigo estaba muy lejos de esta ciudad, y un mes más tarde yo me marcharía de aquí, y me iría a estudiar fuera. En esa época y a esa edad, todo iba más despacio que ahora. Se licenció del servicio militar y se marchó a la otra punta. Yo me fui a estudiar fuera y me escribía cartas a diario. A diario, ¿te imaginas? Todavía las guardo. Igual que guardo las de Carlos, su compañero de mili del que me hice súper amiga. Tan amiga que se lo contaba todo, cuándo había recibido carta de Vicente, cuándo me había llamado, cuántos planes teníamos… Y no era capaz de leer entre líneas las cartas de Carlos en las que se dibujaban guiños y miradas que no eran de amistad, sino de amor. Carlos se licenció y volvió a casa. Casualmente a la misma ciudad donde yo me marché a estudiar. Seguimos en contacto. Y no recuerdo ni cómo ni por qué, como te comentaba antes, pero despacio o de repente, me di cuenta que esa “pasión” que sentía por el de Vigo se había desvanecido. Y todos mis pensamientos y mis ilusiones, mis confidencias, mis deseos y mis sueños llevaban el nombre de Carlos.
    Empezamos a salir. Yo ya tenía 20 años y para mí era lo más importante que me había pasado en toda mi vida. Lo más importante y lo mejor. Los chicos que me habían gustado hasta entonces no le llegaban a la suela del zapato. Le quería de una manera que me era desconocida. Le admiraba. Era muy inteligente, divertido, apasionado.
    Salimos no recuerdo cuánto tiempo. Un año, dos… Sencillamente yo pensaba que duraría para siempre…
  • ¿Te dejó él o le dejaste tú, abuela?
  • Me dejó él. Y, sinceramente, no recuerdo el por qué. Pero siento que fue como un jarro de agua fría, sin ninguna explicación que me convenciera, sin ninguna excusa barata a la que agarrarme. Y recuerdo, como si fuese hoy, el dolor que sentí en el pecho, esa falta de oxígeno que me duró meses. No entendía qué había pasado, por qué me había dejado, y pensaba, ilusa de mí, que en cualquier momento volvería, arrepentido, diciendo que me echaba de menos. Nunca volvió. Y yo perdí un novio y un amigo a la vez. Y tuve que pasar mi proceso de duelo.
    Ahí empecé a plantearme que la vida no era una línea recta, sino que, a cada decisión que tomamos, el volante gira a la derecha o a la izquierda. Y, sin darte apenas cuenta, el curso de tu vida se va modificando.
  • ¿Volviste a saber algo de él, abuela?
  • Durante mucho tiempo, paseando por la ciudad, de golpe me parecía verlo a lo lejos y el corazón se desbocaba. En serio, no exagero. Tenía que apoyarme en alguna pared para reponerme. Me preocupaba que me costase tanto superarlo. Si hubiera tenido algo a lo que agarrarme… pero me sentía pequeña, insignificante, insegura; no había sido lo suficientemente buena para él. La culpa seguro que era mía aunque no supiera qué había hecho mal. Y a él, lo seguía admirando, idealizando, amando.
    Pasaron los años, conocí a más gente, salí con otros chicos, pero Carlos siempre ocupó un lugar especial en mi corazón. Guardé todas sus cartas, las que nos escribíamos mientras hacía la mili, y las he releído muchas veces. Y vuelvo a sentir esas cosquillas en el estómago.
  • Pero ¿lo volviste a ver alguna vez, abuela? –preguntaba Jana con los ojos muy abiertos, llenos de impaciencia.
  • Una vez, muchos, muchos años después, sonó el teléfono. Descolgué y pregunté: “¿Sí?”. Él sólo pronunció mi nombre y reconocí su voz enseguida. Sentí de nuevo ese cosquilleo en el estómago. Estuvimos hablando un buen rato, poniéndonos al día de nuestras vidas, de los caminos tan distintos que habían trazado la una de la otra. Un matrimonio, dos hijas, vivir en otra provincia… Fui consciente de que le había perdonado todo el daño que me había hecho, queriendo o sin querer, o porque a los 20-22 años no lo sabes hacer mejor. Y darme cuenta de ello me quitó un peso de encima. Me aligeró la carga. Sentía como si cerrase un círculo que había estado abierto demasiado tiempo.
  • Así que no os visteis… supongo.
  • En esa ocasión, no. Tuvieron que pasar muchos años más, que mi camino y el suyo siguieran dando giros a un lado y a otro, hasta que volvió a aparecer en mi vida. De repente. De casualidad. O no. Y retomamos el contacto. Con calma, con la serenidad que otorgan los años, con el cariño que guardas de las vivencias, con la sabiduría que te regala la vida. Y pudimos, por fin, darnos ese abrazo pendiente tras tantos años. Y presentarme a su nueva compañera de vida, y hablarme de su divorcio, de sus padres, que aún viven, de su trabajo, de su trayectoria vital.
  • Qué emocionante, abuela. ¿Y qué sentiste al verle?
  • Ternura, muchísima ternura. Me encantó poder presenciar que mi yo de 20 y su yo de 20 se habían reencontrado más de treinta años después, y eran capaces de charlar, compartir un café y unas anécdotas, sin rencores, sin dolor, sin tristeza, sin ira. La vida, es lo que tiene. Aunque el camino no sea una línea recta, muchas veces te permite estos pequeños o grandes regalos que son los reencuentros con personas que han sido muy importantes. Y aparecen de nuevo. Algunos, para no volver a marcharse. O sí.
  • Gracias, abuela. A veces me siento un bicho raro haciendo estas preguntas. Como si nadie me entendiera. Pero sabía que tú lo harías.

 

Bichos raros

Neurótico, neurótica: que tiene relación con la neurosis.

Neurosis: trastorno mental que distorsiona el pensamiento racional y el funcionamiento social, familiar y laboral.

Se caracteriza por una presencia elevada de angustia. El sujeto que la padece, aun manteniendo una conexión con la realidad, presenta la necesidad de desarrollar conductas repetitivas con el objetivo de disminuir su nivel de estrés.

Carlos se dio cuenta muy pronto que habían sonidos que le sacaban de quicio. Tendría unos 12 años cuando se percató realmente. El tic-tac del reloj le sumergía en un estado de ansiedad preocupante.

Más adelante advirtió que le molestaba el sonido que producían algunas personas al masticar, sobre todo con la boca abierta. No soportaba verlas mascar chicle, ni comer cosas crujientes.

Los teclados del ordenador en clase le alteraban. La respiración profunda de su compañero de mesa le superaba. Padecía, lo que se llama, misofonía.

Pero no solamente eran sonidos lo que le desquiciaba. Existían disparadores visuales que le producían los mismos efectos, como es el caso de ver a alguien mascar chicle de lejos, sin oír ningún ruido. O el hecho de ver a alguien sentado balanceando las piernas cruzadas. Eso también le molestaba. Estaba convencido que padecía algún tipo de trastorno obsesivo-compulsivo, conocido como TOC.

Ya de adulto, conoció a Esteban y Laura, dos compañeros de trabajo con los que se llevaba muy bien. Pronto reparó en las “manías” de Esteban; sus tics nerviosos que repetía como un mantra. Mientras hablaba se tocaba, por este orden, el lóbulo de la oreja derecha, la nariz y la barbilla. Aparentemente sin ningún por qué, pero lo hacía tan a menudo que, sin padecer misofonía o TOC, te dabas cuenta de ello.

Laura, en cambio, necesitaba lavarse las manos continuamente. Y no solo con jabón. En casa lo hacía con lejía y las tenía siempre rojas e irritadas. Antes de entrar en una habitación se paraba, contaba hasta 21 de tres en tres con los ojos cerrados y abría el interruptor de la luz 3 veces seguidas. Si alguien entraba antes que ella, sin contar y abriendo el interruptor a la primera, se esperaba fuera e iniciaba su ritual.

Comían separados a la hora del almuerzo ya que Carlos no soportaba el ruido al masticar, aunque se masticara con la boca cerrada. A Esteban le molestaba hasta la ira el sonido de los cubiertos en los platos. Laura, con sus rituales cada vez más marcados, necesitaba un metro de distancia en su espacio vital para no sentirse violenta.

No iban nunca al cine ya que el olor de las palomitas les molestaba, el sonido que se produce al masticarlas les molestaba, el volumen tan fuerte de la película les molestaba, que se sentara alguien en la butaca de al lado les molestaba, que sorbieran refrescos con pajita les molestaba, que se respirase profundamente les molestaba.

Pero les gustaba pasear cerca de la playa, en silencio, sin decirse nada. Solo el hecho de sentirse acompañados por personas que entendían sus “manías” sin verlos como bichos raros, les hacía sentirse “normales” por un rato.

¿Dónde se esconde?

Entró en la habitación y la buscó en los cajones de la mesilla. Nada. Miró debajo de la cama. Y nada. Abrió armarios, removió las perchas con las manos. Nada, que no la encontraba.

Siguió rebuscando por todas las estancias de la casa: recibidor, pasillo… Miró en el mueble zapatero, sacudiendo los zapatos, uno a uno, por si se le hubiera perdido dentro de alguno de ellos. Nada.

Entró en el baño y se dedicó minuciosamente a buscar entre los estantes, repletos de lociones, cremas, bastoncillos, hilo dental… y seguía sin aparecer.

No quiso desesperarse. Tarde o temprano debería hallarla, pero no recordaba dónde la guardó la última vez. Ni siquiera recordaba el momento de haberla guardado. Hacemos tantas cosas por inercia, sin ser conscientes, que parecemos robots, pensó.

Entró en la cocina, esperanzada. Abrió los armarios, por orden. Levantó vasos y tazas, separó platos y cubiertos. Nada. En el de las ollas tampoco estaba y entre las sartenes menos aún. Rebuscó entre la despensa, abarrotada de potes de conserva, de mermeladas de melocotón, de fresa y de pera al chocolate. Nada. Apartó las latas de atún y miró tras las de olivas con anchoa. Nada de nada.

Se sentó en la cama, pensativa. ¿Dónde se habrá metido? ¿Dónde la dejé la última vez? Pensó en que si se relajaba, si dejaba la mente en blanco, los pensamientos se irían ordenando en un hilo invisible hasta llevarla al momento exacto en el que la había usado.

Se tumbó, cerró los ojos y respiró profunda y lentamente. Decidió hacer un ejercicio de relajación para abrir la mente. Se concentró primero en sus pies, relajándolos hasta el extremo de no sentirlos parte de su cuerpo. Siguió la concentración en las piernas hasta obtener el mismo resultado. Pasó a fijarse en los dedos de sus manos, apoyados sobre la cama hasta dejar de sentirlos. Subió por las manos y brazos. La sensación de relajación era perfecta. Ese ejercicio que había practicado tantas veces, le seguía dando resultado.

Media hora después se despertó de un sobresalto. Se había quedado completamente dormida y seguía sin encontrar a la maldita inspiración. ¿Dónde narices se habría escondido?

El señor Nadie

El señor Nadie ya no recuerda en qué momento su vida se puso cabeza abajo. O si ya nació patas arriba. No le gusta mirar atrás. Hace tanto de ello que a veces olvida de dónde viene.

El señor Nadie tuvo infancia. Algún día fue niño. Pero como no guarda buenos recuerdos, no quiere hablar de ello.

El señor Nadie fue adolescente; un adolescente conflictivo y desarraigado. Iba de pelea en pelea, con sus puños por bandera, escondiéndose tras corazas de miedos e inseguridades.

El señor Nadie se convirtió en un adulto sin que nadie le hubiera pedido permiso, sin él quererlo, sin buscarlo.

El señor Nadie no sabe explicarme si la bebida le llevó a la calle, o la calle a la bebida. Envuelto en una manta vieja que ha encontrado en cualquier contenedor de cualquier barrio de cualquier ciudad, se protege de las frías temperaturas de este invierno crudo.

El señor Nadie tiene la mirada perdida, vacía, apagada. Su barba sucia y desaliñada está llena de migas de pan seco que encontró en otro contenedor. Sus manos, arrugadas y mugrientas, recogen colillas por los suelos.

El señor Nadie no está acostumbrado a charlar con otras personas. Y le cuesta encontrar las palabras. Prefiere resguardarse en su envase de vino barato, esconderse tras el calor del alcohol. Si se emborracha, no piensa en la comida. Y es más barato beber que comer.

El señor Nadie tiene la oportunidad de ir a un albergue. Allí dormiría en un catre, podría asearse y comer caliente. Pero no quiere. No está acostumbrado a seguir normas, ni órdenes, ni a compartir espacio. Ni quiere renunciar al alcohol. Y ahí lo tienen prohibido.

El señor Nadie no piensa ni en su muerte. Le da completamente igual. Le importa un bledo. Los dos o tres de euros que recoge durante el día mendigando, los acaba gastando en más alcohol que le hacen olvidar cómo llegó hasta ahí, cuándo empezó a ir todo mal y por qué acabó en la calle.

Te echo de menos

Hoy, como cada año por estas fechas, rememoro conscientemente lo que ocurrió aquel martes, 17 de noviembre de 1998.

Yo vivía en Barcelona por aquel entonces y acababa de cumplir 32. Uno de mis hermanos me llamó para decirme que habían ingresado a mamá por un ataque de asma. Me asusté, pero me calmó diciendo que estaba controlada y que me mantendrían informada.

Por la noche hablé con mi padre por teléfono. Me explicó que venía de la clínica, que le había dado la cena y que se había quedado tranquila.

Me acosté pensando que todo estaba en su sitio, bajo control.

Pero esa llamada de teléfono pasadas las 12 me hizo saltar de la cama. Mamá no estaba bien y tal vez no llegaría a tiempo para despedirme.

Fui a casa de mi hermana en taxi. Me estaban esperando para salir pitando hacia Lleida. No había soltado una lágrima. Solo pedía, en silencio, llegar a tiempo para darle un beso.

Recuerdo la cabeza en plena ebullición. Pensamientos desbocados saltaban de un lado a otro, a trompicones. Pero ni una lágrima.

Otra vez el puto teléfono a medio camino. Mamá se había ido.

No sé si era mecanismo de defensa o estado de shock. Pero seguía firme y serena. Llegamos a casa de uno de mis hermanos y estaban serenos también. Serían las 2 de la madrugada. Cada uno tenía una misión. Mi hermana y yo, sacaríamos la ropa de mamá del armario y recogeríamos todas sus cosas a primera hora de la mañana del 18. ¿Por qué tanta prisa? ¿Qué necesidad había? Nunca tuve respuestas, pero era una orden de mi señor padre.

Dormí poco y no muy bien. Pero ni una lágrima.

Al llegar a casa de mis padres, entrar en la habitación, ver la cama deshecha donde la noche anterior se había acostado mamá, ver sus cosas en la mesilla de noche, su delantal en la silla, me hizo creer que no había pasado nada. Que todo iba bien.

Como un robot, fui sacando ropa de mi madre del armario. Habían llegado sus dos hermanas, mis tías. Y les dije que si querían algo, algún bolso o alguna chaqueta, por practicidad o por ternura, podían quedársela. Nosotros no haríamos nada más que regalarla a alguna beneficencia.

Uno de mis hermanos nos pidió ropa para vestir el cuerpo de mamá, que lo llevaban al tanatorio. Mis tías discutían sin pelearse, comentando que si esta chaquetita oscura o esa falda marrón. Yo interrumpí diciendo que a mamá le gustaban los colores y que se iría con un traje chaqueta de color amarillo pálido, que llevó en la boda de mi hermano pequeño. Nadie rechistó.

Una vez cumplida la misión de la ropa, se marcharon todos al tanatorio. Me quedé sola en casa; en la que había sido mi casa de los 4 a los 20 años. Me senté en la cama de mis padres, justo en el lado donde dormía mamá y olí, profunda y reiteradamente, el cojín mientras cerraba los ojos. Conservaba su olor.

El teléfono no dejaba de sonar. Y yo, cual robot programado, sin una lágrima en los ojos, repetía como una grabación:

  • Sí, falleció anoche. Sí, llegamos de madrugada. Un broncoespasmo, sí. Están en el tanatorio. El entierro es mañana, día 19. Sí, una pena, tan joven. Sí, de repente. Gracias. Adiós.

El día transcurrió largo, lento, eterno, agobiante. Llamé a mis amigos para darles la noticia. Seguía sin derramar una lágrima. A mediodía fui hacia el tanatorio, no por ganas de estar allí, sino por obligación. Hubiera preferido seguir en mi casa de la infancia, tumbada en la cama de mamá, respirando su olor y sin pensar en nada.

Abrazos, besos, lágrimas… a mamá la quería mucha gente. Hasta las vendedoras del mercado se acercaron. Y todo el mundo con la misma canción:

  • Te acompaño en el sentimiento. Cómo te pareces a tu madre. Era una gran mujer. Siempre amable con todos, siempre con la sonrisa en la cara, tenéis que ser fuertes, cuida a tu padre.

Ya sé que es un puto protocolo. Y que la gente lo dice de corazón. Pero sólo son palabras, que suenan vacías, que no reconfortan, que no ayudan, que no sirven.

Cada uno lleva el duelo como puede. No como sabe, porque no nos enseñan a enfrentarnos a ello. Yo sentía rabia. Una rabia que iba creciendo con el paso de las horas y me impedía derramar una sola lágrima.

En el libro de condolencias dejé escrito: “Hoy ya me he tomado el vaso de leche que todo lo cura”.

El entierro fue al día siguiente. Recuerdo que me maquillé para la ceremonia. Me importaba un bledo el qué dijeran o pensaran los demás. Y lo hice a consciencia. Porque a mamá le gustaba verme mientras me maquillaba. Y ese guiño sería sólo nuestro.

Encontramos, entre sus papeles, una poesía que copió de algún sitio, con su puño y letra, titulada La Madre. Y decidimos que la leería en voz alta en la ceremonia.

Nos encontramos directamente en el cementerio. Nada religioso. Había tanta gente que había venido a despedirla que me sorprendió que esa mujer tan chiquita de cuerpo fuera tan grande para tanta gente. Mis amigos me rodeaban y me acompañaban muy de cerca. Leí la poesía de La Madre sin que me temblara la voz, serena, tranquila. Sin una lágrima.

Después de la ceremonia fui con mis amigos a tomar algo ya que habían venido desde Barcelona. Recuerdo las risas de ese encuentro, y los chistes que contaba. Me encantaba, me encanta hacer reír a mis amigos. Y ese día no era diferente. Visto con distancia, está claro que me mostraba ajena a todo lo que me estaba ocurriendo.

Ya había pasado todo. La gente fue desfilando, cada uno a su casa. Y yo me quedé con papá. El sábado 21 hubiera sido el cumpleaños de mamá y quedamos con mis hermanos en celebrarlo como ella hubiera querido.

Recuerdo estar en la mesa con mi padre, comiendo en silencio, los dos solos, y ponerse a llorar como un crío. Yo lo consolaba, sin derramar una sola lágrima. Él no sabía llorar, y lo pasaba muy mal. Porque no podía controlarlo.

Llegó el sábado. Comimos los canalones de mamá que había dejado preparados en el congelador. Nos echamos unas risas como a ella le hubiera gustado.

Y el domingo, de vuelta a casa. A mi casa. Recuerdo como si fuera ayer, el momento de abrir la puerta, entrar en mi refugio y desplomarme, llorando como nunca había llorado. Gritando de dolor, llamando a mamá sin recibir respuesta. Me asustaba mi propio llanto. Nunca antes había sentido ese dolor en el pecho que me impedía respirar. Nunca antes había sentido ese agujero, ese vacío inmenso.

Y fue justo en  ese momento que empezó mi duelo. Y que duraría un año. Hasta cerrar el círculo.

Cumplir un sueño

Ya comenté hace un tiempo, que un viaje dura lo que quieras que dure.

Acabo de llegar de una escapada de unos días por La Toscana. Un viaje en coche con el que te dije, que nos ha acercado a rincones impensables y paisajes conocidos, imaginados y fotografiados hasta la saciedad.

Llevaba tiempo soñando con La Toscana. Era una de mis asignaturas pendientes. Y, para celebrar mis cincuenta, que están a punto de caramelo ¿qué mejor sitio que este rincón de ensueño?

Durante meses preparé el viaje. Soy agotadoramente meticulosa: leyendo blogs de viajes, buscando rutas fotográficas, rincones poco turísticos, informándome desde qué carretera comarcal se hizo la dichosa foto…

Diseñé siete rutas para siete días; calculando, a ojo de buen cubero, distancias en coche, recorridos por diferentes pueblos, paisajes; aquí me paro y me bajo a hacer fotos… Y me mentalicé, sobre todo, a no crearme expectativas. Las fotos que había visto de la zona, la mayoría estaban maquilladas con edición. Es una zona preciosa en cualquier época del año, especialmente en primavera. Y mi viaje era la primera semana de octubre, por lo que, aunque técnicamente era otoño, los colores de esta estación llegan a finales de mes.

Nos agenciamos un GPS Garmin que nos dejó mi hermano mayor, y lo bautizamos como “Carmen”. Casi nos cuesta el divorcio. Está visto que en una relación, tres son multitud. Gracias a “ella”, discutimos más de una vez. Y por culpa de ella, o por no querer hacerle caso, nos perdimos en más de dos ocasiones. No la tiré por la ventana, sencillamente, porque no era mía.

Cruzar Francia en coche es una delicia. Respetan enormemente las normas de tráfico, todo está muy bien señalizado. Si debes conducir a 110, la inmensa mayoría respeta esa velocidad. Dejan siempre que pueden, el carril de la izquierda libre, mantienen la distancia de seguridad.

Conducir en Italia es otra cosa. Totalmente distinta. Las normas se las pasan por el forro de los pantalones. Si pone velocidad máxima de 130, entienden que esa es la mínima. Las líneas continuas son puramente decorativas. Si quieren adelantarte, te adelantan. Es más, aunque no quisieran adelantarte, te adelantan. Son acosadores por naturaleza. Se te pegan al coche por detrás para intimidarte y que te apartes. Yo frenaba y levantaba el índice para que me vieran bien. Entonces, me adelantaban con un vafanculo en toda regla. En las distancias cortas, el italiano es un encanto, amable, gentil… pero montado en un coche se transforma.

Hicimos noche en Varazze, a casi mil kilómetros de casa, para descansar y buscar información sobre el origen de mi apellido, ya que los primeros datos que tengo de principios del 1600 son de esa ciudad costera. Encontramos una callejuela con mi apellido a la que inmortalizamos en una foto. Mientras la buscábamos, preguntamos a gente del lugar y nos confirmaron que mi apellido es bastante común en la ciudad.

Nuestra primera parada fue en Pisa. No sé cómo nos lo hemos montado, o es que lo de ser pobres te agudiza el ingenio, pero hemos aparcado gratis en todos los sitios donde hemos estado. Es cuestión de buscar información, guiarnos por las señales y buscar zonas blancas. A 15 minutos andando el centro no está tan lejos.

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Pisa es una ciudad pequeña. Sólo nos enseñan la Piazza dei Miracoli con la torre inclinada (bastante más pequeña de lo que me imaginaba). Pero si callejeas por el centro histórico, con sus porches y comercios; la zona del río, con sus casas de colores, disfrutas de la ciudad más que los turistas de autocar haciéndose la foto con la torre en posturas imposibles.

Como nuestra amiga Carmen no estaba actualizada, no reconocía algunas de las rutas que pillábamos, por lo que empezaba a dar vueltas sobre sí misma, loca perdida, buscando conexión satelital. A veces, parecía que viajáramos en una dimensión desconocida porque no pintaba ninguna ruta en rosa, sino que parecía que flotáramos en medio de La Toscana. Pura aventura.

Antes de llegar a nuestro campamento base, nos dimos una vuelta por Monteriggioni, un precioso, pequeño y pintoresco pueblo.

Segundo día. Disfrutamos de Lucca y sus murallas. Es una ciudad estudiantil, llena de bicicletas y callejuelas empedradas. Tiene una plaza circular con casas color ocre y una zona de paseo por la muralla, con sus mesas de pic nic.

De ahí nos acercamos a Pistoia, que también merece la pena conocer sin tanto agobio turista.

El tercer día nos escapamos a Volterra, San Gimignano y Siena. El primero, me encantó. Aunque había turistas, no agobiaban. San Gimignano es otra cosa. Conocido como la Manhattan de La Toscana, por sus torres elevadas al cielo, si tengo que ser sincera, me gustó más el perfil del pueblo desde una curva de la carretera que el pueblo en sí. No digo que no sea bonito, ni mucho menos. Es casi, casi, perfecto. Absolutamente diseñado para el turista. Tiendas de recuerdos, restaurantes, heladerías con premios mundiales… Para mí, un verdadero agobio. Aunque antes de adentrarnos en el pueblo, saboreamos un blanco Vernaccia de San Gimignano.

Siena… Siena se escribe con mayúsculas. Siena me recordó a mi ciudad de adopción, Barcelona. Pasear por su casco antiguo me transportó al barrio gótico y el Born de Barcelona. Y me sentía como en casa. Su Duomo es de lo más espectacular que he visto en catedrales. Y la plaza del Palio, un sueño.

Al día siguiente hacíamos la ruta roja (les pusimos colores para no liarnos). Disfrutamos de Pitigiano, Sorano y Sovana.

En el primero, nos fuimos al bar del pueblo, donde trabajadores y jubiletas de la zona se sentaron cerca nuestro, y disfrutamos de sendas copas de vino blanco de Pitigliano.

En Sovana, un pueblito de una sola calle, encantador, pillamos la wi-fi del Comune (ayuntamiento) mientras estaba cerrado al mediodía y nos sentamos a descansar en sus escaleras.

De ahí nos dirigimos hacia Saturnia, donde encontramos unas termas naturales impresionantes, con el agua a 37º todo el año. La gente iba a pasar el día, con hamacas, albornoces y chanclas. Un regalo de la naturaleza.

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Después de un día perfecto, nos paramos a cenar cerca de casa, en un restaurante que encontré en un blog, el Bar dell’Orso, donde degustamos jabalí y pecorino.

Otra ruta que marcamos y cumplimos fue Anghiari, Arezzo y Cortona. El primero es muy poco turístico, pero es realmente precioso.

En Arezzo aparcamos en el cementerio (ríete, pero es gratis, cerca del centro y tiene lavabos). Aquí se rodó la película “La vida es bella”. En el centro, no en el cementerio. Intentamos hacernos una selfie con palo (odio a muerte hacerme selfies con el móvil, y más con palo) y tuvimos que intentarlo 15 veces. El palo no sincronizaba el móvil por bluetooth, sin gafas no veía el retardador de 10 segundos para disparar, si me ponía las gafas del serca, el sol me reflejaba en la pantalla y no veía donde debía tocar, por lo que la foto se disparaba a dos palmos de mi cara, con las gafas por las narices, el que te dije partiéndose la caja y yo empezando a mosquearme. Al final lo conseguimos y dos camareros casi nos aplauden.

En Cortona, se rodó “Bajo el sol de la Toscana”. Vale la pena pasear por sus callejuelas, descubrir sus plazas.

De ahí, y calculando la caída del sol, nos dirigimos a casa por la ruta de las Crete Senesi, una carretera comarcal sinuosa, que nos llevó a una de las zonas más fotografiadas de La Toscana. Conducir por esa zona, con luz de tarde, un cielo espectacular, y parar cada dos por tres a captar ese impresionante paisaje con la cámara no tiene precio. Descubrimos un punto paisajístico en lo alto de una colina, donde el sol, cerca del ocaso, tenía una luz preciosa. Montamos el trípode y captamos ese momento para la posteridad.

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Tras un día perfecto, pasamos por el súper a agenciarnos quesos pecorinos, diferentes embutidos de la zona y un Chianti Classico para disfrutar de una verdadera cena italiana.

Siguiente ruta: volver a pasear por la zona de las Crete Senesi, con luz de mañana y de cabeza a la Val d’Orcia, Patrimonio de la Humanidad. Un valle precioso, con viñedos y cipreses. Montalcino nos lo podríamos haber saltado. El paisaje, sí. Pero el pueblo no me mató. Lo que casi me mata es el precio del Brunello, su vino estrella. De ahí nos dirigimos a la Abadia Sant’Antimo, una preciosa joya del románico toscano.

Nos dirigimos a Pienza. Perderse en sus calles, oler a pecorino por todas partes, subir y bajar cuestas nos abrió el apetito. Nos metimos en un restaurante chiquitín a degustar pici toscani, una especie de espaguetis más gruesos, con ragú blanco y trufa. Deliciosos.

Después de trabajar los cuádriceps subiendo a Montepulciano, tomamos la ruta a La Foce, para seguir la carretera que va desde este pueblo a Radicofani. Allí encontraría el famoso camino de curvas con cipreses que te lleva a un caserón. Me había costado Dios y ayuda localizar el punto de esa foto, tras muchas horas de navegación cibernética. Para mí, era La Foto, en mayúsculas. Y lo cuadré todo para pillar luz de tarde.

Decepción absoluta. La luz ha de ser de mañana, y en primavera. Casi lloro. No saqué ni la cámara.

Nos fuimos directos a encontrar las termas naturales y escondidas de San Filippo; un rincón donde el agua emerge a 37º, dispone de diversas pozas y, gracias a los compuestos del agua, las paredes de la montaña han creado diferentes formas y colores.

La vuelta a casa, con el amargo sabor de boca de no haber podido conseguir la imagen de La Foce, me regaló una luz de tarde en un punto de la carretera en la que pude captar una de las fotos que más me gustan de este viaje.

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El último día lo dedicamos a la zona de Chianti. Amaneció lloviendo, pero al poco de salir de casa se fue abriendo el cielo, asomando un sol tímido entre nieblas bajas. El paisaje, precioso; diferente a lo que habíamos visto hasta entonces; bastante más familiar. Pueblecitos llenos de rincones, con sus macetas de geranios, y con sus tiendecitas de vinos con denominación de origen.

Encontramos una tienda de embutidos y quesos de la zona donde pudimos hacer degustación de vinos. Te cargaban una tarjeta con dinero, ibas a la máquina expendedora de vinos y seleccionabas el que querías catar. Nos hicimos con sendas copas de Brunello para que no se dijera que no lo habíamos probado, y lo acompañamos con unas tapitas de salami de trufa blanca. Delicioso.

Ese día hicimos un pic nic en toda regla en un campo de olivos, mientras oíamos a los recolectores de uva cómo trabajaban en una ladera cercana.

Y de vuelta al campamento base. Tocaba recoger y hacer las maletas. Al día siguiente partiríamos rumbo a casa después de unos días inolvidables. Nos quedaban, todavía, 1.262 km por delante.

Arrivederci, Toscana.

 

Choques culturales

Adoro los días de otoño que parecen primavera. Tener las ventanas abiertas y escuchar sonidos de otras casas. Me gusta oír la vida. No sólo verla.

Tengo una vecina nueva que toca la flauta travesera. No como para dar conciertos, pero tampoco se hace cansina tocando sólo la escala. En nada se parece a aquel chino que le realquilé una habitación en mi piso de las Ramblas, hijo de unos amigos de un amigo mío que había vivido en China. Vaya tipo raro.

Con apenas 18 años, había salido por primera vez de casa y aterrizó a más de 8.000 km para aprender castellano y violoncelo. No me preguntes. Yo no lo hice. Lo de preguntar, digo.

No hablaba absolutamente ni una sola palabra de castellano; y yo, de chino, ya sabes, chulín y poco más. Decidimos hablar en inglés. Qué gracia, cómo si yo supiera…

En esa época, yo tenía internet en casa. Pero no era como ahora. La tarifa barata era de 20h a 8h. Así que le expliqué como pude, en qué horarios podía conectarse con su portátil.

Era muy silencioso. No sé si porque no nos entendíamos y prefería no hablarme, o por cultura. A veces me olvidaba que  vivía en casa y me levantaba de la cama y al aparecer en el comedor: ¡susto! Ahí estaba, sentado en el sofá, con el anorak puesto y en chancletas.

  • ¿Qué coño haces con anorak? – le preguntaba en mi inglés playero, pero sin el coño.
  • Tengo frío – respondía sonriendo. Siempre que respondía algo, lo hacía sonriendo. Y no era por simpático sino por su educación oriental. Hasta cuando le pegaba bronca me sonreía. Y eso aún me cabreaba más.
  • Prueba a ponerte calcetines, que el frío entra por los pies.
  • 谢谢 – que significa gracias en chino y se pronuncia xièxiè.

Realmente había venido a aprender violoncelo porque no tenía ni pajolera  idea de tocarlo. Plantaba ese trasto enorme en medio de su habitación y se pasaba horas y horas tocando el DO-RE-MI-FA-SOL-LA-SI-DO-SI-LA-SOL-FA-MI-RE-DOOOOO. Como era de esperar, se equivocaba. Y vuelta a empezar. Yo me subía por las paredes. Acabó haciéndome un agujero entre cuatro baldosas con la pica del instrumento.

Había traído también un aparato eléctrico que hervía el arroz. Porque no se hierve en una cazuela normal con agua,sal y una hojita de laurel, y luego se escurre en un colador, no. Eso lo hacemos los occidentales, que no tenemos ni idea de comer arroz. Él ponía una medida exacta de agua y otra de arroz, lo enchufaba y aparecía el arroz hervido y sin líquido. Pura magia.

Era un poco cerdo comiendo. Hacía ruido con la boca al masticar y eso sí que me saca de quicio.

  • Esquius-mi. Jiar, güen yu it, yu it laik mi. Luk-mi!- Y me llenaba la boca con comida, masticaba con la boca cerrada sin hacer ruido- Du yu andesten?
  • Ok, ok- me respondía asintiendo a la vez con la cabeza y sonriéndome, como si mi inglés le hiciera gracia. Y entonces, bebía agua haciendo más ruido, si cabe, que masticando.
  • Esquius-mi. Jiar, güen yu drink, yu drink laik mi. Luk-mi! – y me acercaba el vaso de agua a la boca y bebía sin hacer ruido-Du yu andesten?
  • Ok, ok –y volvía a asentir con la cabeza y a sonreír.

Un día, llegando de sus clases de castellano en la Escuela Oficial de Idiomas, me preguntó:

  • Qué difelencia hay entle la L y la L?
  • Ninguna.
  • Sí, hay difelencia. Esta L y esta L – Y me enseña dos palabras que tenía escritas en el cuaderno: Rabia y Labia.
  • Coño, pues ahora sí que veo diferencia. – Y me acordé de ese chiste tan malo de “los perros del Curro no me dejan dormir” pronunciado por un chino. Lloraba de la risa. no pensaba que me llegara a ocurrir eso nunca. ¿Y cómo se lo explico en inglés?

La dimensión desconocida

Algunos no me creerán, pero estoy convencida de que hay vida más allá de la que conocemos. Y no hablo de dimensiones paralelas, ni del cielo y el infierno, ni de reencarnaciones. Hablo de mi cocina.

La batidora, por ejemplo. Es discreta, no llama la atención. Pasa bastante desapercibida. Pero cuando la saco a paseo le gusta cantar con unos ritmos pegadizos y acabo moviendo la cintura y tarareando su son.

La cafetera. No se parece en nada a la batidora. Tiene bastante mal carácter. Me adelanta por la derecha, imagina. Es rencorosa, la acercas al fuego y no dice nada. Pero te olvidas de ella un momento y empieza a hacer ruido, toda enfadada ella, expulsando café por todas partes como se te ocurra levantarle la tapa. Yo, como ya la conozco, a la que empieza a quejarse, le bajo el fuego y dejo que hable sola un rato. Perro ladrador, poco mordedor, dicen. Mientras se queja, me deleita con uno de los aromas más agradables del mundo mundial.

El microondas: ese gran desconocido. Para mí, claro. Sólo lo uso para calentarme la leche en invierno y para descongelar pan. Un día decide descongelarlo en 10 segundos. Otro, en 40. Cada día es diferente. Unas veces me sale el pan congelado y tengo que volver a ponerlo. Otras, se ha descongelado tanto, que se ha secado y no me sirve ni para hacer crostones. Me dejaría una muela.

La que me encanta es la lavadora. Es agradecida, alegre, pausada. Hace unos ruiditos candentes y rítmicos. A veces, acompañados en la percusión con los botones de camisas y pantalones. Nunca, nunca, se me tragó un calcetín. Me devuelve todo lo que le doy con un agradable olor a suavizante.

Pero no sólo los objetos inanimados tienen vida en mi cocina. Las frutas, que han estado un tiempo creciendo en sus árboles tan ricamente, cuando quiero convertirlas en mermelada, se transforman. En el frutero son dulces y apetitosas; pero a la que las trituro, las pongo en la cazuela, les añado el azúcar y enciendo el fuego, se convierten en monstruos malvados. No puedes olvidarte de ellas. Ni ignorarlas. Debes ser paciente, acariciarlas muy a menudo con la espátula para que no te dejen la pared salpicada de fruta triturada. Porque si se seca… es peor. Y, aun así, como no vigiles, te escupen en la mano un caldo hirviendo que tienes que recurrir a tu amigo, el aceite crudo, para que te cure.

Tal día como hoy

15 de abril del 2004

El colegio donde fui de pequeña celebra su 50 aniversario y ha organizado una cena para alumnos y ex-alumnos el próximo 29 de mayo. He oído que irán unas 800 personas. Por un lado me haría ilusión asistir. Por el otro, me da pereza, ya que casi no mantengo relación con los ex-compañeros, salvo con Núria.

25 de abril del 2004

Núria confirma asistencia, así que yo también me apunto. La aventura es la aventura. Me lo puedo pasar genial o de pena, pero quien no arriesga, no gana.

29 de mayo del 2004
13:00h

Hoy es la cena de aniversario y no me apetece nada ir. Parezco una vieja gruñona. Con la de cosas que tengo pendientes por hacer y ahora tengo que coger el tren. Pico algo para comer y preparo la mochila con lo primero que encuentro. La cena ya la he pagado y he quedado con Núria, así que, actitud mental positiva.

19:30h

Casi pierdo el tren. He tenido que correr para llegar a tiempo. Suerte que un libro me ha hecho el viaje más llevadero. Todavía estoy cruzada. Me he encontrado con Núria y vamos juntas hacia el colegio. Sigo refunfuñando, sin ganas de ir a la cena y Núria sigue riéndose de mí, como siempre que me cabreo. Creo que me tiraré al alcohol por no cortarme las venas.

20:00h

El patio está lleno de niños que corren, de padres en corrillos, de ex-alumnos saludándose con alegría. Ambiente de fiesta. Paseamos mirándonos los unos a los otros, a ver si nos reconocemos. Es una situación muy extraña. Miramos sin saber qué encontraremos. Llevaba 21 años sin pisar esta escuela.

Nos acercamos a la barra. Con una cerveza en la mano es más soportable la situación. Algunos rostros me suenan pero soy incapaz de ponerles nombre.

21:15h

Seguimos dando vueltas por el patio con Núria. No hemos visto caras lo suficientemente conocidas como para acoplarnos con ellas a la cena. Y las que hemos visto, iban en familia. Así que acabaremos cenando solas entre 800 personas. Genial. Nos podríamos haber ido por ahí, como dos marquesas, y no aquí, que parece el banquete de una boda gitana.

21.30h

Empezamos a desfilar de manera ordenada después de entregar un tiket a unos padres de la AMPA, que organizan todo el tema de la fiesta, y caminamos  hacia la gran carpa donde se sitúan 20 mesas largas de 40 personas cada una. ¡Me va a dar algo! No sabemos dónde sentarnos. No conocemos a nadie.

Nos encontramos al padre de Núria y a su pareja. Así que decidimos sentarnos los cuatro juntos. Como yo no tengo el cuerpo jotero, decido buscar una punta de mesa y ocupar esos 4 asientos para bloquear mi izquierda con mi querida Núria y no tener a nadie a mi derecha, ahorrándome conversaciones de ascensor. Las risas de Núria son directamente proporcionales a mi cabreo. Cuanto más me cabreo, más se ríe ella.

Encuentro una mesa libre y ahí que me lanzo a guardar 4 asientos. No me doy cuenta que el resto de las 800 personas se sientan ordenadamente siguiendo instrucciones de los organizadores. Se me acerca uno de ellos, impertinente hasta las cejas, y me dice que allí no me puedo sentar, que la gente se sienta llenando las mesas de manera progresiva y esa mesa aún no ha empezado a llenarse. Iluso… no sabe quién soy yo.

  • Perdona, pero yo me siento aquí. Así que, si quieres, puedes empezar a llenar la mesa a partir de esos cuatro asientos reservados.
  • Es que estamos sentando a la gente para que no queden huecos en las mesas y se empezará a llenar por la otra punta.
  • Me da igual por dónde sentarás al resto. Yo me quedo aquí y de aquí no me voy a mover.

El impertinente me deja por borde y se marcha a continuar con su labor. Otros organizadores me vienen a amonestar y yo les señalo al cabecilla, al impertinente. Él les hace signos con las manos y se le entiende perfectamente lo que está diciendo: “dejadla, que está loca”.

Núria no para de reírse mientras crece mi cabreo en esa cena absurda. El impertinente me reta con la mirada y yo se la mantengo. ¿Quién se habrá creído que es?

22:00h

Empieza la cena. Camareros arriba y abajo, críos correteando por la sala dando por saco a los que no tenemos críos. Voy a dejar temblando el tinto este, a ver si entro en calor y me apaciguo.

Musiquita cada vez que entran un plato. Estoy Almodóvar total, al borde de un ataque de nervios. Esto parece una boda de horteras. Sólo falta que alguien se levante agitando la servilleta y gritando: “vivan los novios”.

Justo en ese momento, el impertinente más impertinente de todos los impertinentes del mundo mundial se levanta, servilleta en mano y grita: “viva el Sant Jordi” y 798 corean: “viva”. Yo, no.

Núria continúa riéndose y yo continúo bebiendo tinto para entrar en una nueva dimensión.

00:00h

La cena se ha acabado. Con el puntillo todo se ve diferente. Paseando entre las mesas encontramos a compañeros de nuestra clase y nos sentamos a tomar algo con ellos.

La carpa se despeja de mesas y empieza a tocar la orquesta.

02.00h

Salimos a la pista a bailar. Empieza a quedar lo mejor de cada casa. Después de varios bailoteos y un par de gin-tonics, me encuentro cara a cara con el impertinente.

  • ¿Ya te has podido sentar? –me pregunta achinando los ojos.

Capto la ironía y le sonrío mientras me invaden los remordimientos:

  • Perdona por mi comportamiento anterior. Ya sé que tu trabajo era sentar a la gente de manera ordenada, pero es que estaba cruzada.
  • No te preocupes. He conseguido sentar a las otras 798 personas sin ningún problema.
  • ¿Eres ex-alumno?
  • Soy padre de dos alumnas y estoy en la AMPA. ¿Y tú?
  • Yo sí soy ex-alumna. Vine de los 6 a los 16 años.
  • Tu cara me suena. ¿No serás la madre de algún niño de P4?
  • No, no tengo hijos. He venido con una amiga, pero ya se ha marchado. ¿Y tú, con quién estás?
  • He venido solo. Estoy separado. ¿Vives aquí, en Lleida?
  • No, vivo en Barcelona. Me marché a estudiar Periodismo y allí me quedé.
  • Perdona, me llamo Alfred. ¿Y tú?
  • Ah, sí, es verdad que no nos hemos presentado. Soy Pilar.

Su cara cambia de repente. Como si le hubieran golpeado la cabeza. Palabras como “Pilar, Periodismo y Barcelona” le abren cajones de recuerdos que tenía cerrados con llave. Y su mente viaja al verano de 1987.

  • Pilar, soy Alfred. –me repite, con los ojos muy abiertos mientras alza las manos.
  • Ya… ya me los has dicho. (¿A ver si además de impertinente va a ser tonto?)
  • Pilar, ¿tú no tenías una amiga, Anna, que trabajaba en La Unión y el Fénix?
  • Claro, Anna, que se fue a Barcelona; se enamoró de un parisino y se marchó a vivir a París. Todavía tenemos contacto.
  • ¿No te acuerdas de Sisco y de mí, de esas cuatro noches que salimos de fiesta con Anna?

De repente, a la que le cambia la cara es a mí, que viajo de golpe a 1987 y recuerdo con detalle esas cuatro noches que pasamos, llenas de risas y complicidades, de anécdotas y recuerdos que no habíamos olvidado ninguno de los dos. Cuatro noches en las que no pasó nada porque yo ya tenía un novio. Y diecisiete años más tarde la vida, traviesa, decide reunirnos de nuevo.

29 de mayo del 2016

Hoy, compartiendo vida, casa y sofá, celebramos como cada año, nuestro reencuentro en esa cena de ex-alumnos. Y pienso, pensamos que hemos sido muy afortunados al volvernos a encontrar.

Mi coreano favorito (Último capítulo)

Bueno, eso de favorito, favorito… Habían pasado dos semanas desde la última visita y no tenía ningunas ganas de ir a la sesión se acupuntura. Me vino a la cabeza el cuentito del argentino que se fue a vivir a Toronto. Te paso enlace por si nunca lo escuchaste.

https://www.youtube.com/watch?v=R6zzbxq7ezI

Un día hace gracia, dos me río. Pero era la visita número 10 y ya estaba harta de agujas, de besitos, de coreanos, de moxas, de ventosas, de abrazos, de señoras y de cariño. Y sobre todo, harta de abrir la cartera y ver volar billetes.

En dos meses que llevo entre la acupuntura y la fisioterapia he ganado bastante movilidad. Hoy, justamente, me visitó el traumatólogo del centro de rehabilitación y me felicitó diciendo que era muy buena paciente. Yo me lo he tomado como un cumplido.

¿Por dónde iba? Pues eso, que he llegado con 10 minutos de retraso. Me ha abierto la siesa de su mujer con una sonrisa falsa y aburrida y me ha hecho pasar a la salita.

Mientras esperaba he echado una ojeada a los diplomas del maestro y he visto su fecha de nacimiento: 19 de mayo. Hoy era su cumpleaños.

Al momento me ha venido a buscar, saludándome cortésmente pero sin aspavientos (había una cliente delante) y me ha acompañado al cuarto.

Como ya me conozco el protocolo de pura desidia, me he descalzado, me he quitado la camiseta y me he tumbado en la camilla esperando que la hora pasara lo más rápido posible.

  • Hola Pilar. ¿Cómo estás? –mientras se abalanzaba para darme dos besos.-
  • Muy bien.
  • ¿Y el hombro? –Me cogía de la muñeca para tomarme el pulso de esa manera tan rara que hace él.-
  • Bastante mejor. Hoy creo que haré la última sesión.
  • ¿Cómo es eso?
  • Porque llevo 10 y el bolsillo se resiente.
  • Dinero, dinero…
  • A ti te sobra. A mí me falta. Es así de sencillo. Por cierto, maestro, felicidades. Hoy es tu cumpleaños, ¿verdad?
  • ¿Cómo lo sabes?
  • Yo sé muchas cosas. Soy muy lista.

Y se volvía a tirar en plancha para darme más besos.

  • Bueno, maestro. Ya vale de tanto besuqueo. Que la línea es muy fina.
  • Huy, que hoy estás enfadada, cariño. No te enfades conmigo.

Realmente me he dado cuenta de lo importante que es la actitud al hacer las cosas. Ya he salido cruzada de casa sabiendo que era la última visita y estaba el plan lady Dóberman.

Después de tomarme el pulso veinte veces en cada muñeca, apretando con saña para ver no-se-qué por dentro, me ha clavado tres agujas en el dedo gordo del pie derecho que me han hecho soltar un taco de camionero tal que ha entrado su mujer a ver qué pasaba.

  • ¡Joder! Que vengo por la capsulitis del hombro izquierdo. ¿Cómo me clavas tres agujas ahí si no lo has hecho nunca?
  • Lo siento, cariño. ¿Duele? Es que en el dedo casi no hay carne.
  • ¡Pues será por carne! Tengo lorzas por todas partes.
  • ¿Lorzas?
  • Déjalo.

Creo que se ha debido acojonar un poco porque ha salido de la habitación sin decir ni mú y me ha dejado sola.

Al rato:

  • ¿Estás enfadada?
  • No.
  • Estás muy seria. -Y seguía tomándome el pulso, ya me dirás tú para qué narices.-
  • ¿No me encuentras el pulso hoy o qué? A ver si va a resultar que estoy muerta…
  • Calla que no me concentro.

Me ha sacado las agujas, me he tumbado de espaldas y me ha hecho uno de esos masajes inventados que me cagoentodoloquesemenea.

Yo creo que como sabía que era el último día, se ha ensañado conmigo.

Tendría que haberme callado la boca.